Por encima de nuestras posibilidades

No recordamos cómo ocurrió, pero debió de ser algo así. Estudiábamos, trabajábamos, vivíamos más o menos bien, teníamos unas razonables expectativas de futuro. Suponíamos que nuestro horizonte vital estaba basado en pasar unos tiernos años de infancia, otros tempestuosos años adolescentes y universitarios, para concluir depositados suavemente por la nube de la formación en un razonable puesto laboral que nos brindara la estabilidad suficiente.

La sociedad nos enseñaba que en la autopista de consumo no había peajes, que los aeropuertos también eran para aterrizar los egos de las personas y que los paraísos de vacaciones eran siempre demasiado baratos para dejarlos escapar.

De repente, alguien nos susurra que esto no es así. Un gallego nos pone en la piel de un Ciudadano A, que descubre que no solo hemos vendido Europa a los americanos, sino que todo nuestro mundo está plagado de mediocridad y de mentira.

Suena la alarma. Han llegado los enterradores del Estado del Bienestar. Podría ser en un pueblo como Reinosa, fruto de la reconversión industrial en los ochenta, o en cualquier otro lugar. La reconversión de la sociedad de consumo en una sociedad consumida. “Corre, defiende tu pan. Hoy te lo quieren quitar”. Corre, porque la banca internacional no solo quiere tu pan, sino que es amablemente atendida por los Estados, sufragada, mimada y complacida. Alimentada por tu virginidad en vocablos como participaciones preferentes, cláusulas-suelo hipotecarias, aviso de desahucio…

Mientras tanto, el perfecto banquero piensa:

“We went to war on the floor of the exchange
To all of us it was just a big game
But God I loved it, making a profit from somebody’s loss
I never knew exactly whose money it was
And I did not care as long as there was lots for me”

“Fuimos a la guerra en el parqué de la Bolsa
Para todos nosotros no era más que un gran juego
Pero Dios, lo amé, hice beneficio de las pérdidas de alguien
Nunca supe exactamente de quién era ese dinero
Y no me importó, siempre que hubiera mucho para mí”

Descubrimos un país sumergido en la desesperanza y familiarizado tan rápido con la precariedad, la rigidez alemana en el estímulo económico, la prima de riesgo, los mercados internacionales… Y pensamos que algo había que hacer.

Había que intentarlo, aunque no llegara el éxito. Había que buscar esas luces que nos indicarían el camino a casa. Había que despertar, porque el trabajo ya nos escupió como al hueso de una cereza. Había que cambiar, cambiar el ritmo del camino, dejar de leer telediarios como telegramas. Descubrir que la historia está para ser vivida, no para ser sufrida. Tomar conciencia.

“Come senators, congressmen
Please heed the call
Don’t stand in the doorway
Don’t block up the hall
For he that gets hurt
Will be he who has stalled
There’s a battle outside
And it is ragin’.
It’ll soon shake your windows
And rattle your walls
For the times they are a-changin'”

“Vamos, senadores y congresistas
Escuchad la llamada
No os quedeis en la puerta
No bloqueeis el paso
Porque el que saldrá herido
Será el que se ha quedado atrás
Fuera hay una batalla
Y es brutal
Pronto sacudirá vuestras ventanas
Y hará temblar vuestras paredes
Porque los tiempos están cambiando”

Y así estamos. No sabemos si los dirigentes estarán escuchando nuestra voz, pero sospechamos que siguen viviendo, al menos en parte, en una urna de cristal. Pero sí sabemos una cosa, que ya poco queda que perder. Ahora no se trata de otra cosa, sino de pensar, crear, y recuperar el espacio perdido. Equivocarse una y mil veces. Pero no dejar que digan por nosotros las cosas que queremos decir. Ni que nos etiqueten por encima de nuestras posibilidades.

 

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