Un amigo más

Julián Carpintero | Falso9

Lo tengo asumido. Con resignación, pero lo reconozco: cada vez me cuesta más emocionarme con el fútbol. Es ésta una afirmación que me duele hacer porque el universalmente aceptado como deporte rey ocupa una gran parte de mis pensamientos a lo largo del día. Sin embargo, sin que mi DNI marque siquiera el cuarto de siglo, no puedo evitar sentir una honda nostalgia y melancolía por algo que no he vivido y que sólo he podido reproducir en mi mente –siempre en blanco y negro, claro, uno tiene que ser clásico para todo– después de haber leído la narración de tal o cual partido o la forma en que acariciaba el balón aquel húngaro represaliado por Stalin.

En ese sentido, uno de mis episodios favoritos tiene lugar en México, en las semifinales del Mundial de 1970. Y lo es porque tiene todos los ingredientes para serlo. En el Estadio Azteca comparecían Italia y Alemania Federal, potencias del Eje hacía apenas tres décadas y que ahora se enfrentaban con el mismo objetivo que entonces tenían entre ceja y ceja: dominar el mundo. Sandrino Mazzola y Overath; Facchetti y Vogts; Riva y Gerd Müller; Valcareggi y Schön. El choque, considerado por los entendidos como el ‘Partido del Siglo’ terminó con victoria italiana por 4-3 en la prórroga, después de que Schnellinger igualara en el minuto 90 el tanto inicial del ‘beatlesco’ (permítaseme la licencia) Boninsegna y los más de 100.000 espectadores que allí se daban cita vivieran una prórroga de infarto con sucesivos giros de guión en forma de alternancias en el marcador.

No obstante, la emoción que imprimía aquel resultado tenía lírica, pero la lírica sin épica no es nada. En esas estaba Franz Beckenbauer cuando, en plena batalla, se fracturó la clavícula, una parte de su cuerpo que no consideró imprescindible para seguir comandando a su selección como si fuera el Cid, ya sin cabeza, encima de Babieca Es entonces cuando se produce una de las demostraciones de orgullo más increíbles que ha dado el arte del balompié, con todo un ‘Káiser’ vendado, con el brazo en cabestrillo, tirando del balón –y de sus propios compañeros– hacia arriba para intentar buscar otro milagro alemán que no terminó de ver la luz. La derrota en esa guerra, porque en aquel terreno de juego se estaba viviendo una lucha sin cuartel, no hizo sino dar un aura aún más místico a la imagen de Beckenbauer. “Perder es lo normal”, que diría Axel Torres, pero no de esa forma. La escena no sería igual de emocionante si la RFA hubiera terminado ganando el partido, pues se habría parecido más una película de Disney que a una epopeya de Ridley Scott.

No en vano, cuando hace solo diez días me disponía a ver, abnegado, la vuelta de las semifinales de Champions entre Real Madrid y Borussia de Dortmund nunca me habría imaginado observar unos paralelismos tan evidentes entre dos partidos tan alejados en el tiempo. De acuerdo, las similitudes existen: también era una semifinal, también había alemanes y, presumiblemente, también iba a haber emoción en los últimos minutos del partido. Pero nada más.

Es importante que un servidor reconozca su madridismo, al que se siente apegado desde que tiene memoria y que escapa a cualquier sentimiento cercano a la razón. Leyendo al imprescindible Javier Marías he podido llegar a saber que el Real Madrid, lejos de ser un equipo cercano a Franco, era la escuadra preferida por los derrotados republicanos y la gente de izquierdas, que lo veían como el último reducto de la asediada capital de España durante la funesta Guerra Civil. Otra cosa es que la Dictadura quisiera salir en la foto y hacer suyos los éxitos que los pupilos de Santiago Bernabéu empezaron a coleccionar en Europa a mediados del Siglo XX.

Precisamente ese recuerdo de las letras de Marías vino a mi cabeza observando cómo Sergio Ramos se batía con el cuchillo entre los dientes con el polaco Lewandowski cada vez que un balón sobrevolaba el área de Diego López. Aquello parecía la batalla de Guernica, con la Luftwaffe alemana bombardeando a una España que resistía como podía para llegar viva al final de la guerra.

Y fue Ramos quien, durante todo el partido, no cejó en su empeño de darle la vuelta a una eliminatoria que para cualquier equipo habría parecido imposible remontar excepto para el Real Madrid. Él era Goyo Benito, Camacho, Pirri y Hierro en una sola persona. El auténtico ‘espíritu de Juanito’ levantando a sus compañeros y al público de Chamartín con su gol en el 85. Y sus lágrimas, cuando la guerra se perdió del todo, fueron las de todo el madridismo, que no sabíamos si nos caían de pena o de orgullo.

Esa noche con que se despedía el mes de abril volví a ver a Beckenbauer, con el mismo 4 a la espalda, solo que su dolor no lo podía mitigar ninguna venda. La derrota humaniza, nos hace iguales, por eso entendí que el que lloraba desconsolado en el centro del Bernabéu era un amigo. Sólo que, desgraciadamente, esta vez lo veía en color y no me lo tuve que imaginar.

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