Entrevista completa a Joshua Edelman

Retratos: Joshua Edelman o la Ítaca polimórfica

Llevabas viviendo en Madrid desde el 86, con un estudio de grabación propio, plenamente asentado en la ciudad… ¿Por qué decides venirte a vivir a Bilbao?

La vida da muchas vueltas y la mía en concreto las ha dado, así que creo tienes que estar siempre preparado para los cambios. Bilbao es una ciudad con mucha proyección de futuro, que ha experimentado una transformación modélica. De una ciudad industrial, con mucha contaminación y dificultades sociales se ha reconvertido en su actividad, en su aspecto y a todos los niveles. Como yo tengo niños pequeños, gemelos de seis años, nos apetecía un cambio hacia una mayor calidad de vida y más tranquilidad. Personalmente, necesitaba enfocarme un poco más en un proyecto de enseñanza e investigación, pero haciendo una vida un poco más estable. Y yo creo que hemos acertado.

Estamos teniendo muy buena acogida aquí, hemos tenido la suerte de encontrar un sitio muy céntrico, que tiene mucha magia, mucho ángel y que está atrayendo el interés de las instituciones y a muchos públicos diferentes. Tenemos un público infantil que está aprendiendo jazz, un grupo de jóvenes músicos que quieren dedicarse profesionalmente a ello y hacer las pruebas de acceso al superior de jazz y tenemos profesionales de muchos ámbitos: médicos, notarios, abogados, repartidores, camareros, empresarios. La verdad es que es un elenco muy interesante de alumnos.

Después de tomar la decisión de salir de Manhattan y de cruzar el charco, ¿cualquier cambio parece pequeño en comparación?

Yo creo que ese tipo de cambios siempre son importantes. Aunque los hayas experimentado anteriormente en tu vida, suponen empezar de nuevo. Te encuentras en un sitio diferente, en una casa diferente, rodeado de personas diferentes, con una cultura, una lengua y una gastronomía distintas. Es un cambio importante y, además, Madrid no está muy bien comunicado con Bilbao. No está a una hora de viaje en AVE. Es un viaje serio, así que son cambios que te sobresaltan y que te nutren.

España hasta ahora había sido un país de acogida de músicos: norteamericanos, cubanos, de toda Latinoamérica en el mundo del jazz, pero también de Europa del Este en la música clásica… ¿Crees que ahora con la crisis se puede producir un proceso a la inversa y que la gente que llegó hace unos años se plantee marcharse?

No sé qué va a quedar de todo esto, pero hay que pensar siempre en positivo. Estamos atravesando una época difícil, con muchas complicaciones y cambios. Gente muy válida y con trayectorias importantes de nuestra profesión lo está pasando muy mal, pero siempre hay que enfocarse hacia lo positivo, hacia el futuro. Esto nos obliga a reciclarnos, a pensar mucho, a trabajar y a inventar nuevas soluciones. Aún no sabemos cuál va a ser el resultado.

Además de esta colonia de músicos de fuera, que han aportado muchísimo tanto a nivel interpretativo, como pedagógico para formar a músicos españoles que después han aparecido, también está ocurriendo que muchos jóvenes músicos españoles tienen como primer objetivo irse a estudiar o a buscar trabajo fuera. ¿Crees que la gente que se está planteando irse en estos momentos regresará o es un patrimonio que vamos a perder y que difícilmente recuperaremos en el futuro?

Eso es un poco imprevisible, porque no sabemos dónde puede estar España dentro de cinco o diez años. Se está pasando un momento en el que la gente lo está viendo todo muy negro, pero eso no puede durar toda la vida. Tiene que haber un resurgimiento de la economía, de la actividad cultural, de la ilusión y de muchas otras cosas.

España tiene unas características geográficas especiales, como punto neurálgico de confluencia de culturas, que yo siempre he pensado que tiene que producir resultados interesantes, como así ha sido. Y yo creo que seguirá. La crisis, aparte de ser un problemón, es un estímulo. De esta gente que se ha ido, o que se va a ir, algunos regresarán y traerán aprendizajes, otros puntos de vista, otras ganas y hábitos de trabajo. Todo eso puede contribuir a que pasen cosas.

Tus abuelos ya tuvieron que emigrar en un momento complicado para el pueblo judío en Europa del Este, teniendo que irse a Estados Unidos, como muchos otros. Háblame de tus orígenes, de las personas entre las que creciste y de cómo eso te ha llevado a ser la persona que hoy eres.

El ambiente de mi infancia y de mi juventud era muy estimulante, muy creativo y muy exigente. Era una época muy intensa a nivel social e histórico. En el 68, yo tenía 14 años y estábamos en plena época de las protestas contra la guerra de Vietnam, de mucha transformación social, mucha sensación de que iban a pasar grandes cosas, grandes cambios y en la que se cuestionaba todo.

En mi familia había mucha tradición de estudio, de arte, de arquitectura y en Nueva York la cantidad de gente interesante, creativa y comprometida que había por todas partes era increíble. Eso te marca.

Se han comparado mucho con el 68 las protestas sociales que hemos vivido en los últimos años, que en muchos casos han dado lugar a creatividad artística y cultural. Si antes hablábamos de que la crisis puede ser un punto de impulso, ¿crees que de esos movimientos puede aparecer algo interesante? ¿Cómo los has percibido tú y qué diferencias notas entre estas dos épocas?

Es un poco difícil de analizar. Este momento es mucho más pesimista y tiene una mucha mayor incertidumbre y presión económica. En aquella época, la incertidumbre era social y política. Estaban llamando a gente joven a filas para ir a la guerra. De hecho, yo tenía un número en el sorteo.

Finalmente, fui de la primera quinta que no llamaron a nadie, pero estaba en la frontera, con las maletas hechas para irme a Canadá, porque no pensaba participar en todo ese fenómeno. No lo tuve que hacer, pero mucha gente sí. Pese a todo, aquel momento era más optimista que este.

Háblame de ese plan para evitar ir a Vietnam. ¿Sentiste miedo de que pudieran llamarte?

En nuestro entorno había mucha gente que se libraba o porque estudiaba o porque se iba. Creo que era un problema de clases sociales, porque los que iban a las peores tareas a la guerra era la gente más pobre, con menos recursos y no era nuestro caso. Yo tenía clarísimo que no iba a ir, pasara lo que pasara. Conocía los bosques cerca de la frontera de Canadá porque había estado allí haciendo senderismo y tenía claro que yo me iba.

Además, el movimiento de protesta era muy fuerte. De nuestro grupo del instituto hubo mucha gente que sufrió palizas de la policía en las manifestaciones. Yo tuve que ir de testigo a un juicio a un compañero al que habían pegado una paliza… Era un momento muy duro.

Siguiendo con la política. Hace unos años veías en Barack Obama una esperanza de cambio para Estados Unidos respecto al neoconservadurismo anterior. Ahora, con un mandato y una reelección a sus espaldas, ¿qué valoración haces de él?

A mí me sigue inspirando confianza, a pesar de todos los reveses que haya sufrido. Creo que es un hombre con valores y con mucha integridad. Creo que él y su mujer son personas muy inteligentes y eso es muy importante. El mundo no se puede permitir gente que no está preparada en el poder. Eso hace estragos hoy en día.

Esas reacciones emocionales de “los que están en el poder han fracasado así que vamos a votar al otro partido, al que sea, por cambiar”, no pueden ser. Llega al poder gente que no está preparada, ni tiene ética, ni visión política, ni experiencia a nivel internacional y eso es una tragedia para un país y para la política internacional. Obama tendrá sus defectos, como todo el mundo, pero pienso que es un punto positivo para el país.

Tú siempre dices que crees en las conexiones. ¿Qué son esas conexiones para ti?

Cuando estamos enfocados en un deseo o un objetivo… No sé si es magia o la manera en la que funciona el universo, pero cuando estás realmente enfocado en algo, empiezan a suceder cosas y dices “uy, ¡qué casualidad!”, y llega un momento en el que te planteas si son casualidades o una conspiración del mundo. A mí me suele pasar mucho. En nuestra familia ya estamos acostumbrados. “Oye, tengo que llamar a Luis”, suena el teléfono y es Luis.

Hace unos cuantos años estuvimos en Málaga, en Coín, donde mi mujer estuvo viviendo muchos años. Allí nos enamoramos locamente de un cortijo que estaba lleno de aguacates y naranjos, y estuvimos a punto de comprarlo. Al final no fue posible, pasaron muchas cosas, cambiamos de planes y vinimos aquí. Pero, hace un par de meses, se presenta en la escuela un guionista sevillano que quiere aprender a tocar el piano. Nos hicimos amigos y, hablando sobre los sitios donde habíamos vivido…

-Yo también estuve viviendo en Málaga.

-¿Dónde?

-En Coín.

Al final, resulta que él había vivido en el mismo cortijo que nosotros íbamos a comprar. En la misma habitación que iba a ser la nuestra. Ese tipo de cosas nos pasan tanto, que llega un momento en el que ya parece normal.

Nos pasa un poco así con todo.  Cuando encontramos este local, no estuvimos pateando Bilbao para encontrarlo. El local vino y nos guiñó un ojo y dijimos “éste es” y así fue. Y luego resulta que la configuración cósmica es muy buena: viene gente todo el rato, preguntan por las clases, nuevos alumnos, nuevos contactos. No sé por qué sucede, pero funciona.

A pesar de haber viajado mucho, tienes tendencia a arraigarte rápido o, al menos, a coger un cariño especial a los lugares. Eso aparece en tu música, con Calle del Rosario, con Luces de Bertendona… Háblame de ese cariño y de las diferencias entre las ciudades en las que has vivido.

Nueva York es la ciudad donde nací, de mi infancia y de mis raíces. Es una ciudad en la que la vida es tan intensa que en cuanto bajas del avión parece que te han metido un chute de adrenalina. Hay mucha gente emprendedora, creativa, con fuerza de voluntad, que se esfuerza por un proyecto de música, de arte, de investigación, de negocios. Todo el mundo se está esforzando y eso genera un estímulo que se respira.  Nueva York es la excelencia, en la música, en el arte, en la estética. Es el esfuerzo humano por superarse.

También he vivido en Oregón, que es otra cosa. Naturaleza, calidad de vida, el mar, la montaña, los bosques, la bondad de la gente. Una visión muy optimista y positiva. Muchos de los negocios jóvenes empiezan en esa zona: Oregón, Seattle, California… Es un lugar con una energía totalmente diferente.

Luego me fui a Lliria.

Un lugar donde la música se vive muy a flor de piel.

Sí, hay mucha música. Es un pueblo muy antiguo del interior de Valencia. Un poco, la Valencia profunda. Otro mundo que no tiene nada que ver. Muy tradicional, mucha huerta, buen tiempo. Otro ritmo, otra forma de ver las cosas. Me decían “Chiquet, ¿per què estudies tant? ¡Et vas a escalfar el cap!” Te vas a calentar la cabeza, y yo alucinaba. Fue un choque de culturas total.

Es un pueblo del que han salido músicos brillantes, una de las canteras más grandes del viento en España. La Banda Primitiva…

Tú sabes lo que es ese gremio.

¡Es todo un lobby!

Sí, sí. Luego me fui a Valencia, volví a Nueva York y viví en Coín, que es la versión andaluza de Lliria.

Sin planteármelo, cojo una conexión con determinados sitios, y ahí se genera una vida. Conocer a gente, contactos con los músicos, con los vecinos. Se genera un microclima, un micromundo con todo tipo de personajes. La Calle del Rosario, en Madrid, fue así, muy divertida mientras duró. Mucho ir y venir de músicos, mucho ensayo, mucha actividad, conocer a todo el mundo…

Eso se refleja muy bien en el disco, ese cariño, ese arraigo, no sólo con el estudio, si no con el mundo de alrededor. Cuando se escucha el sonido del mercadillo… A veces la música transmite algo más allá de las notas que se pueden tocar y yo creo que en ese disco se transmite.

Yo creo que mi caso a lo mejor es una cierta tendencia a generar una… Aquí, me hace mucha gracia porque hay mucha tradición de “cuadrillas” de amigos de toda la vida, que son casi familias. Yo eso lo tuve de pequeño… Parece que no, pero Nueva York es toda una compilación de pequeños barrios y grupos. Donde yo me crié, aunque fuera el centro del mundo, en la opinión de mucha gente, era mi pueblo. Y yo allí conocía a todos los niños. Con unos jugábamos y con otros peleábamos. Todo el mundo se conocía. Había sastre de la esquina que me controlaba si cruzaba en rojo. El de la farmacia y el de la tienda de alimentación que estaba en la esquina… Había un ambiente de pueblo. Y, de hecho, ahora hay un grupo en Facebook de “Los niños de Greenwich Village en los años sesenta” en el que nos comunicamos. Bueno, yo no les hago mucho caso, pero ha habido comunicaciones con gente que conozco desde la primera infancia. Al no tener ya eso, lo buscas.

Es lo que comentábamos antes de las conexiones: entre lo ancestral, los hijos, los músicos con los que tienes conexión musical y personal, los maestros, los ídolos… hay muchas conexiones. En el disco de Conexiones trataba de reflejarlo, con músicos con los que he tenido mucha amistad, con los que he trabajado muchos años, con repertorio que venía de diferentes épocas de mi vida, de diferentes maestros que había tenido o personas con las que había conectado. Todo tiene un sentido histórico-cultural-biográfico.

Sigamos con las ciudades de tu vida. ¿Cómo se vive la música en cada una de ellas y el jazz en concreto?

Cada sitio tiene su carácter, su estilo y sus rasgos peculiares. En Nueva York tienes a muchos maestros que son los modelos a imitar. Hay mucha actividad, con músicos que se juntan en sus casas a hacer sesiones, a practicar juntos… En Nueva York se trabaja la música de una forma muy seria, con mucha dedicación y muchas horas. Sin tener muy en cuenta los horarios convencionales de las personas. Allí vas conectando con diferentes sectores de un ambiente que es muy amplio y muy complejo.

En Madrid hay otro ambiente. Hay mucha noche, mucha música nocturna. La música latina y el flamenco están muy presentes. Madrid tiene otro carácter, más extrovertido, de puertas para afuera, de mucha reunión y de compartir con la gente. También es un sitio muy internacional, en el que se juntan músicos de toda España y de todo el mundo. De Latinoamérica, de Suecia… Madrid es bonito porque la nacionalidad no pesa mucho, porque es una ciudad que, de alguna manera, es de todos o no es de nadie. No existe una mayoría autóctona, si no que todo el mundo viene de algún sitio… Eso a mí siempre me gustó.

Aquí es diferente. Hay muchos músicos clásicos. También hay un núcleo de músicos de jazz que, quizá, no tienen la presencia que hay en Madrid, pero aquí hay músicos y muy buenos, con gente de fuera que lleva muchos años viviendo aquí. En cualquier caso, yo soy nuevo y estoy empezando a conocerlo.

Háblame un poco del Euskadi y del Bilbao que te has encontrado al llegar aquí, más allá de lo cultural y lo musical. En lo social o lo político.

Yo estoy encantado con la vida que tengo aquí. Vivimos en un sitio precioso, a 20 km del centro, en Berango. Con campo, verde, lleno de granjas… Parece un cuento de hadas. Hay mucha calidad de vida y la ciudad es una gozada. Hay muy pocos problemas a nivel urbanístico. Hombre, habrá de todo, pero yo conozco lo que me toca y eso me encanta: donde tenemos la escuela, donde vivo o el metro, que es superagradable. Es una ciudad que va en muy buen camino.

Creo que hay una proyección integracional interesantísima en Bilbao, que tiene mucho que ver con el Guggenheim, pero en la que éste es sólo una parte del proceso. Se ha planificado muy bien la transformación en la ciudad. Se está llevando a cabo un proyecto verdadero, que no es sólo una campaña publicitaria, y eso consuela, inspira confianza e ilusión. Creo que hemos venido a caer a un sitio muy interesante.

Luego, la gente que está viniendo a la escuela es impresionante, tenemos todo tipo de alumnos de todo tipo de profesiones y edades. Cada uno aporta cosas a nivel humano y eso me encanta. Todos generan redes y son personas interesantes con las que te apetece tomar un café y charlar. Eso es muy bonito.

Los lazos que se producen entre el alumno y el profesor en música son distintos a los de cualquier otra enseñanza artística, sobre todo con tu profesor de instrumento con el que la relación es tan directa y tan profunda.

Yo creo que la música es lo más grande [risas], que te voy a decir. Nos lleva a niveles de comunicación y entendimiento que son diferentes a otras disciplinas, sin desmerecer a nadie. La música reúne facetas diferentes: intelectuales, emocionales, físicas o toda la faceta de comunicación con el músico que tienes al lado y con el público. La música son un montón de dialectos y diferentes idiomas y es muy bonito establecer lazos con gente que habla el mismo idioma que tú y profundizar en la amistad, en el repertorio o en la comunicación. Eso es lo más grande que hay.

Háblame de los profesores que te han marcado hasta llegar al lugar en el que estás ahora.

Yo he tenido la suerte de tener muy buenos profesores y, además, bastantes, en diferentes épocas de la vida. De niño, tuve un profesor que se llamaba Robert Abramson -pianista y especialista en el método Dalcroze- que era una maravilla. Un hombre muy creativo, con un nivel musical impresionante y muy suelto: le daba igual ponerse a bailar en la clase, que enseñarte un blues, que una obra muy seria de clásica. Potenciaba mucho la parte emotiva y creativa de la música. No tenía barreras de estilos e improvisaba mucho. Para mí fue muy importante y estudié con él en diferentes épocas de mi vida, desde los seis años hasta los veinte o por ahí.

Luego, tuve otro profesor de clásico que fue una influencia grandísima en mi vida, que fue Joseph Prostakoff, discípulo de Abby Whiteside, una pianista que fundó escuela y que desarrolló un concepto de enseñanza del piano muy revolucionario y muy diferente. De hecho, hoy en día, la fundación Whiteside sigue en activo y tienen un concierto con Barry Harris la semana que viene en el Carnegie Hall. Hay una discípula de ella que todavía sigue dando clases, con sus noventa y pico años, que se llama Sophia Rosoff. Es la profesora de Barry. Ella también fue profesora de Fred Hersch, que a su vez fue profesor de Brad Mehldau. Ósea que esa escuela ha tenido mucha repercusión. Prostakoff fue una experiencia increíble para mí y, además, en esa época Barry Harris empezó a dar clases con él, así que tenemos muchas anécdotas de aquellos momentos y de las cosas que enseñaba. Era un hombre extraordinario como pedagogo, como pianista y como conocedor de toda la tradición clásica. Era una cosa increíble, fuera de serie total.

Además de ellos he tenido muchos pianistas que me han enseñado, algunos con una sola clase. Estuve durante un tiempo yendo a clase con John Mehegan, autor de uno de los primeros métodos de jazz en los años sesenta. Era profesor de Juilliard y amigo de todos los grandes pianistas de la época. Wynton Kelly, Bill Evans, Horace Silver y todos aquellos pululaban por su casa.

Luego me dieron clase muchos otros profesores. De todo el mundo se aprenden cosas. También, he tenido amigos que me han enseñado muchas cosas, como Vicente Borland, con el que he tenido la suerte de aprender y compartir mucho.

Me hablabas de Barry Harris. En el mundo del jazz, la gente le tiene un cariño especial por lo que ha hecho por su pedagogía. Él fue prácticamente un pionero…

Él ha sido un pionero incansable. Lleva dando clases desde 1950, más o menos, y no se cansa. Sigue, sigue y sigue y tiene discípulos por todo el mundo. Yo me encontré con Kirk Lightsey en París, que había sido pianista de Dexter Gordon o Woody Shaw. Hablando con él, salió Barry en la conversación. Me dijo “uff [suspiro de respeto], a Barry le llamo father”, [risas]. Y Paquito d’Rivera, que vive en Nueva Jersey, cerca de él, me dijo “Ese hombre es dios” [risas].

Quiero decir que es muy querido por todo lo que aporta y lo que representa. Es uno de los últimos representantes de una época dorada, de una forma de ver la vida y la música. También es importante tener en cuenta la figura de La Baronesa, de Nika Rothschild, porque ella también contribuyó mucho a que todo eso sucediera, ayudando mucho a músicos importantes: a Monk, a Barry, a Charlie Parker… Yo tengo un libro que hizo ella que se llama Tres Deseos, de fotos de su casa, y ahí está todo el mundo. Esa aportación es muy importante. De hecho, Barry ha vivido muchos años en su casa y eso le ha permitido hacer lo que ha hecho.

Este centro es un homenaje, una muestra más del legado de Barry Harris.

Yo tenía un cierto reparo en ponerle este nombre al sitio y, de hecho, le pedí permiso. Muchas veces [risas]. Yo lo veía como una grandísima responsabilidad y tampoco pretendo hacer las cosas como las ha hecho él, tengo que hacer las cosas a mi manera, con muchísima influencia y muchísimo respeto a él como músico y como persona. Yo no podría hacer lo que hizo él pero, a mi manera, espero poder aportar y formar parte de ese legado, como un pequeño tentáculo de aquel centro.

Me he inspirado mucho en la forma de trabajar de Barry, musical y humanamente. He tomado nota de muchas cosas extramusicales, aparte de las musicales y creo que es muy importante generar un ambiente humano. No debemos crear solamente una enseñanza técnica, sino una enseñanza que contribuya a mantener la tradición, a estrechar los lazos entre las personas y a fomentar el respeto, la convivencia, la comunicación y la preocupación por los demás, de una forma natural y orgánica. No dando sermones o publicando artículos ni nada por el estilo, si no con los hechos. Me gustaría que este centro tuviera algo del ambiente que había en el Jazz Cultural Theatre de Nueva York.

Para terminar, ¿te acuerdas de la primera vez que te subiste a un escenario para tocar el piano?

No exactamente, pero más o menos. Yo tenía mucho respeto al tema de actuar en directo. Fui un poco tardío con respecto a muchos amigos míos, que se lanzaron. Yo empecé a tocar y a estudiar jazz con 14 o 15 años y hasta los 21 o 22 no salí a tocar en público. Me imponía mucho. Sin embargo, la experiencia fue interesante, porque yo sabía que tenía que prepararme bien para ella.

Cuando yo salí a tocar al escenario ya era cinturón negro de karate, así que tenía más experiencia en el escenario de karate que de música. Así, para salir a actuar pensé que tenía que prepararme igual que cuando hice la prueba para el cinturón negro: entrenando y llegando en forma. Y eso es lo que hice. Y me funcionó. A partir de ahí, empecé a tener experiencias, no todas positivas, de todo tipo, pero creo que todo forma parte de un larguísimo aprendizaje y hay que estar siempre tratando de prepararse, de mejorar, de aprender y de aportar algo.

Entrevista realizada en Bilbao el 7 de marzo de 2013

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