Movida en Manchester

Sergio Menéndez | Falso9

Una convulsión azota el noroeste de Inglaterra estos días. A tan sólo unas horas de concluir una liga que lleva ganada semanas, los últimos acontecimientos del planeta fútbol en aquel país no han hecho sino cebarse con la fabril ciudad de Manchester. Primero, ratificando la consecución de la Premier League a cargo del United, tras hacer matemático lo virtual, despojar al voluntarioso vecino de un clavo que quemaba demasiado y consumando así la revancha por lo del año anterior. Luego, para mayor escarnio del City, llenando a Mancini y la boca de todo su plantel con las briznas de una verde lona, la que besaron cayendo en la final de la FA Cup frente a un Wigan que hace unas horas consumaba su descenso a la Championship, división de plata del futbol inglés.

El inicio del baile

Con todo el pescado vendido por arriba, todo hacía pensar que llegaría la calma. Al menos, hasta que el resto del continente diera por zanjada la temporada y el mercado de fichajes empezara a moverse. Nada más lejos de la realidad. Manchester quiso adelantar la fecha de un baile que comenzó la semana pasada con un sorprendente anuncio a cargo de los red devils, una noticia que, si pretendía arrojar una cortina de humo sobre la probable victoria celeste ante los chicos de Bobby Martínez en Wembley, nubló la vista y torció el culo de los muchos incrédulos que no podían dar crédito a lo que leían: Sir Alex Ferguson, dueño y señor de los infiernos de Old Trafford durante veintiséis años, colgaba el tridente.

La decisión, aunque presumible, pues serán 72 las velas que sumará a su próxima tarta de cumpleaños, corrió como un reguero de pólvora por las redacciones y su estallido dejó en grito sordo el ridículo de los citizens, la destitución de su manager, el hombre de la eterna bufanda, y casi ha hecho pasar desapercibida la retirada de un futbolista cuya lealtad por el Manchester United queda fuera de toda duda si echamos un vistazo a su trayectoria. Porque él, al igual que Bill Foulkes, Ryan Giggs o Gary Neville, juró mantenerse fiel a unos colores hasta que se descalzara para siempre.

“Entrenar por la mañana, recoger a hijos del colegio, jugar con ellos, beber té, acostarlos y ver un rato la televisión”. Paul Scholes no lo sabía, pero llegó a su primer y último club siendo ya un veterano, el mismo que allá por 2004 resumía de este modo su día perfecto. El de Salford, cuya mayor extravagancia en la vida es haber nacido pelirrojo, es una de las excepciones que de vez en cuando brotan entre los futbolistas de élite. No tanto por lo de asmático, que también, sino el miedo que tenía a jugar demasiado bonito y acaparar más atención de la justa por parte de los medios. Quizá por ello le cedió el turno a Fergie.

Paradigma de la humildad, siempre tuvo clara su misión y cuando creyó no estar capacitado para desempeñarla, prefirió decirlo, reconocer la evidencia, no aferrarse a la titularidad e incluso renunciar a la selección cuando ni tan siquiera había cumplido la treintena. Bueno en la contención y la faceta creativa, es quizá uno de los futbolistas más completos de cuantos quedaban en activo, y ahora obliga a que los encargados del Hall of Fame del “Teatro de los sueños” le hagan un hueco en la pared.

Estamos en Madchester

Ferguson se retira, Scholes dice que no juega más y Ferdinand pasa de la selección. Los viejos rockeros, herederos en lo balompédico de lo que The Stone Roses, Happy Mondays o Inspiral Carpets supusieron para la música, sacuden una ciudad que resucita estos días el espíritu de finales de los 80 y principios de la década siguiente.

Porque el fútbol, como en la forma de vestir, el arte, las lavadoras y la vida en general, es cuestión de ciclos que, tarde o temprano, de una forma u otra, se suceden con el tiempo. Manchester, en este caso, vuelve hoy a parecer aquella casa de locos donde casi todo puede ocurrir, recupera el sonido baggy y las noches de éxtasis en The Haçienda. Cambiad los rótulos de bienvenida. Estamos en Madchester.

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