Un “me gusta” vale más que mil palabras

No sé si a ustedes les pasará, pero de un tiempo a esta parte he presenciado una interesante transformación en mi muro de Facebook. A las fotos de la playa, los anuncios de viajes a Londres y la consecución de récords en juegos de granjas y conquistas se ha sumado con fuerza la crítica política. Enlaces a artículos, vídeos y, sobre todo, fotos satíricas con algún tipo de mensaje. Este fenómeno es una lógica consecuencia de la crisis económica y de la desafección política que impera en la sociedad, lo que sumado a que cada vez pasamos más tiempo en las redes sociales, provoca que Facebook o Twitter se conviertan en reflejos precisos del clima social.

Hasta aquí todo bien, pues aunque las encuestas electorales vaticinen una participación en las urnas por debajo del cincuenta por ciento, es innegable que la política ha vuelto a la primera línea del debate público. Que un programa como Salvados suela ser líder de audiencia los domingos o que Arguiñano se prodigue en el contenido político mientras cocina una merluza no dejan de ser indicativos de este cambio. Hasta el sábado por la noche, otrora templo sagrado de marujeos en televisión, ha pasado a ofrecer una competición entre dos programas de debate político con temas tan atrevidos como la legitimidad de la monarquía o el deber de la desobediencia civil. Si nos lo dicen en 2006 nos caemos de la silla entre el susto y el ataque de risa.

La profundidad como pasatiempo

Si bien esto debería ser motivo de alegría, no puedo evitar cierta preocupación ante la impresión de que el aumento de la presencia de la política en nuestra vida se está produciendo sólo cuantitativamente, mientras que la profundidad queda como un pasatiempo para cuatro motivados y unos cuantos periodistas y escritores que se leen unos a otros.

Una de las razones de que esto sea así es la propia naturaleza de las redes sociales, con diseños basados en la simplicidad más absoluta. Compartir, me gusta, retuitear, responder y marcar como favorito son los botones más importantes de estas redes, y ninguno de ellos invita a la conversación y la reflexión argumentada. Además, en una época de sobreinformación, en la que todavía estamos modelando nuestra manera de comportarnos en un entorno digital totalmente nuevo, coleccionar titulares está convirtiéndose para muchos en sinónimo de informarse y más en uno de mejor.

De esta manera, sumando simplicidad, prisa y falta de experiencia en el uso de las redes, la veda está abierta para que contenidos de dudosa veracidad pasen nuestro filtro y se sumen como uno más a nuestras fuentes de información. El ejemplo más claro de todo esto es el ya mencionado anteriormente, los grupos de Facebook con viñetas satíricas como la siguiente.

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No creo que tenga que explicar que la cárcel cuesta dinero público, así que poco más que añadir. La viñeta está sacada del grupo de Facebook Humor Indignado 99%, una página con nada más y nada menos que medio millón de seguidores. No voy a censurar la actividad del grupo, pues algunas de sus fotos dan en el clavo, pero es necesario recordar que la fiabilidad de un medio, por muy satírico y acorde con nuestras ideas que sea, no es algo que venga de serie, sino que hay que ganárselo.

Viralidad no es igual a veracidad

No piensen ni mucho menos que tengo algo en contra de esa página en concreto, sólo la pongo como ejemplo por su inmensa popularidad. En realidad lo más común son grupos con muchísimos menos seguidores, pero cuyas fotos se hacen virales por la facilidad de darle a “me gusta” o “compartir” y automáticamente mostrárselas a todos nuestros amigos. Y aquí está la trampa. Al aparecer en tu muro bajo el nombre de tu amigo, la autoría real de la imagen se diluye, y podemos otorgarle a lo que vemos la veracidad con la que contaría nuestro amigo como fuente. No me canso de insistir que esto no es una enmienda a la totalidad, pero muchas veces esta es la forma en que datos o informaciones totalmente parciales e interesadas se han extendido como la espuma y han acabado formando parte del argumentario nacional. Un ejemplo muy célebre fue la foto del número de políticos en España y Alemania que se hizo tan popular hace aproximadamente un año y que resultó ser completamente falsa.

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Y es que este tipo de viñetas están hechas por alguien. Es una perogrullada, pero a diferencia de las de El Roto o Manuel Fontdevila, rara vez vienen firmadas, así que no podemos conocer a su autor y por tanto no podemos saber si hay alguna intención poco lícita para querer extender ciertas percepciones a la sociedad. Es capital que nos demos cuenta de eso y confiemos en lo que leemos en la medida que lo hagamos en la fuente que nos lo ofrece. La red nos ha abierto caminos para informarnos y conversar totalmente revolucionarios, pero la libertad que ofrece también es un riesgo para que crezcan los bulos y las medias verdades. El único consejo que puedo darles es que no se crean a ciegas todo lo que les pongan delante.

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