Entrevista completa a Rafael Reig

Retratos: Rafael Reig es un buen tipo

Da la sensación de que con tus últimas obras has comenzado a tener un reconocimiento mayor que antes. ¿Crees que ha cambiado algo en tu obra o ha sido la percepción del público lo que ha evolucionado? ¿Crees que vivimos en un momento en el que la gente entiende lo que escribes de una forma diferente?

Ha sido un salto brutal, del 300%, pero teniendo en cuenta de donde partíamos, no es nada [risas]. Es como si dices: “me han aumentado el sueldo un 300%, pero antes me pagaban un euro”. No es tanto el reconocimiento.

Y sí, mi obra -bueno, lo que escribo- va cambiando, pero yo creo que por sentido de la responsabilidad. Uno va haciéndose mayor y no es lo mismo la primera novia que tienes en el colegio que el tercer matrimonio. Se afronta todo de una forma muy diferente, con una idea más clara de adonde quieres llegar y de qué medios dispones. Ya no te fijas metas tan inalcanzables o tan ajenas a tu forma de ser.

Alguna vez he escuchado que lo de ser escritor, a nivel laboral, es un cartel que te sirve para conseguir otros trabajos que te pueden dar de comer, más que lo que te aporta económicamente escribir novelas. ¿Es así?

Sí. El mundo de la literatura es como el del ajedrez: Karpov, Kasparov, Carlsen y los grandes campeones -seis o diez personas en todo el mundo- pueden vivir del ajedrez y, además, ganar mucho dinero. El resto somos proletarios, no ganamos nada. Somos el lumpen de la literatura. Lo hacemos porque queremos, por ansias de inmortalidad, por pasar a la historia, por ligar o para que los amigos se queden asombrados. Y eso nos sirve para conseguir los famosos bolos: dar una charla no sé dónde -en la que te pagan un poquito-, ir a un congreso, publicar un articulín en una revista –que a veces, hasta pagan-. Esas cosas.

Es un trabajo como el de los periodistas. Estás muy cerca de cosas en las que se mueve dinero: te invitan a comer a buenos restaurantes, te invitan a las copas… Como solían decir los viejos periodistas: “¡La cantidad de langostinos que hay que comer para comprarles arroz a los niños!” [Risas]

Habiendo ganado el Tusquets, por Todo está perdonado, ¿qué opinión tienes de los premios literarios? ¿Hasta qué puntos son necesarios para el sistema editorial y para la literatura actual?

Hombre, para el sistema, yo creo que son muy necesarios y que no están mal. El Premio Planeta tiene, a lo mejor, cien mil lectores cada año. Esa gente, si no, se compraría una Play Station, se iría de vacaciones con esos veinte euros o se lo gastaría en cañas. Los premios literarios están bien, siempre que uno no confunda el culo con las témporas. Siempre que uno no crea en los Reyes Magos.

Si alguien piensa que el Planeta es un premio honradísimo y que premia realmente a nuevos valores de literatura de vanguardia… Francamente, a esa persona, le diría que dónde ha estado los últimos años o qué sustancias ha estado tomando. Pero, si los ves con escepticismo, como lo que son, una oportunidad para autores jóvenes y noveles o un retiro honroso -o no- para otros autores que dicen:

-Mira, ya estoy harto de todo. Voy a ganar el Planeta. Y me llevo un millón de euros u ochocientos mil y me compro una casa en Kengsinton.- Como Eduardo Mendoza, por ejemplo.

Ese tipo de cosas. Pero, es que no deben ser más. Hay gente que piensa que los premios son una cosa casi mística.

¿Cómo llega uno y dice: “voy a ganar el Premio Planeta”?

Supongo que a través de un agente. Yo no tengo agente, pero un representante tuyo deberá dejar caer que tú estarías dispuesto a presentarte y ganarlo y tendrán que estudiarlo: cuántos lectores tienes, qué visibilidad pública tienes… Claro, si eres un tío o una tía ciezo y aburrido y tienes que hacer una gira por España y Latinoamérica impresionante, pues dicen: “Mira, se lo voy a dar a un presentador de la tele que, por lo menos, es guapo y lo hará bien.”

Te he leído un par de veces que el auge de la novela negra tiene mucho que ver con la crisis del capitalismo en la que estamos inmersos. Explícame un poco esa teoría.

La novela negra empezó como crítica al capitalismo en los años veinte. Hammet escribía sobre huelgas sindicales. De hecho, él había trabajado como agente de la Pinkerton, que era propiamente un ejército privado de la patronal. Lo que empieza es la forma de realismo del siglo XX, el vehículo más adecuado para poner de manifiesto las contradicciones, la explotación y la brutalidad del sistema capitalista.

Luego, por una parte, la novela negra ha muerto de éxito. Cuando ya escribe novela negra hasta César Vidal, quiere decirse que se ha convertido en una cáscara vacía, que puede usarse sin relación ninguna con el que era su propósito original. Así que, digamos que es una bomba de crítica política y social que hoy en día está desactivada, de puro manoseada.

Como le pasó a la picaresca. No hay libro más corrosivo y más revolucionario que El Lazarillo, pero cuando ya escribía novela picaresca hasta un caballero de la orden de Santiago, tan ultraconservador como Francisco de Quevedo, quiere decir que la picaresca ya había perdido esa fuerza inicial de escandalizar, de levantar la conciencia…

Por otra parte, el capitalismo, que en aquella época era primitivo, hoy en día es una forma de  imperialismo al que llaman globalización, y es de una crueldad tan fabulosa y de una injusticia tan flagrante… Creo que para contar eso habría que recurrir a un género de terror, de zombis nazis o algo así, porque la novela negra se queda un poco estrecha para contar lo que está ocurriendo hoy en día.

En tus textos, una fuerte crítica social o política suele ir acompañada de mucho humor. ¿Es la risa una herramienta necesaria para la toma de conciencia?

Y para levantarse cada mañana. Yo creo que el humor es parte de la existencia y yo soy muy partidario de la felicidad y del humor. El humor, básicamente, es una visión exterior. Siempre pongo el mismo ejemplo a los chicos, cuando daba clase. Si yo me caigo y me pego una culada impresionante, tú te ríes, evidentemente. Y, si de repente ves que estoy llorando, ya dices: “¡coño!”.

Cuando te ríes, lo estás viendo desde fuera, porque el que me he caído he sido yo, y entonces tiene mucha gracia. Cuando ya te asustas, es porque has cambiado totalmente la perspectiva y te has puesto en mis zapatos. Lo ves desde dentro y dices: “¡qué daño se habrá hecho, el pobre!” Así que, yo creo que la literatura tiene que ir en estéreo. Tiene que ver a la vez las cosas desde dentro, con compasión, viviendo en los zapatos del otro y, al mismo tiempo,  con humor, desde fuera, como si no importara, como si yo no fuera el que me caigo. Esa visión estereoscópica es la que nos hace ver en relieve. Por eso tenemos dos ojos, si no veríamos todo plano.

Yo creo que una novela que no tenga humor o no tenga compasión, es una novela plana. La única forma de ver en tres dimensiones y crear un efecto de realidad es mezclar la visión interior y la visión exterior.

En varias de tus obras has creado un Madrid distópico que puede acercarse más a la literatura fantástica o a la ciencia ficción que a la novela negra, que es el género que has cultivado en estas obras. ¿Cómo mezclan esos dos ingredientes?

Bueno, no he sido el primero. Eso ya lo hizo Philip K. Dick y, más que en sus novelas, en la adaptación cinematográfica: Blade Runner. Creo que la anticipación reciente es una gran manera de acercarse a la realidad presente y la distopia -un universo paralelo en el que todo sea básicamente igual, pero con otra posibilidad cuántica de lo que podría haber pasado- nos ayuda a comprender lo que de verdad ha pasado. En ese sentido, es un procedimiento de extrañamiento que a mí me gusta mucho y luego me permite mucha libertad.

Porque claro, para escribir una novela policiaca tienes que hacer cursos –como el que damos aquí en el Hotel Kafka de True Crime– o tienes que pasarte horas en comisaría para saber cómo se investiga, cómo funciona… y yo soy muy perezoso. Yo siempre digo que escribo novelas porque cuando no sé qué poner, me lo invento todo y me quedo tan campante. Mis conocimientos de técnica de investigación policial están basados en películas norteamericanas [risas], así que me viene muy bien que esto sea una provincia de Estados Unidos.

Luego, me gusta el expresionismo en blanco y negro, un muelle con una farola… Son imágenes con las que me gusta escribir. Como Madrid es tan seco, tan palurdo y tan aburrido últimamente, no había más remedio que inundarlo y convertirlo en una ciudad portuaria con putas, marineros, estafadores internacionales… Si contamos la verdadera historia de los tíos con corbata de colores del PP y los tontos con gafas Yves Saint Laurent del PSOE, eso se vuelve totalmente farragosísimo.

Esa mitología propia que tienen tus novelas, a la hora de hora de escribir, ¿te ha ayudado o te has sentido un poco encorsetado, más allá de Sangre a borbotones?

Me he sentido un poco encorsetado. No me ha ayudado especialmente, porque a mí no me gusta repetirme. Yo me planteo cada novela como un problema distinto. A un problema distinto hay que enfrentarse con una solución diferente y con una técnica diferente. Lo cierto es que, después de Sangre a borbotones, las otras dos veces que lo he usado es más bien postizo. Es una especie de marco. Lo he usado porque me seguía haciendo gracia, pero no sé si debía haberlo hecho. La solución al problema va por otro lado.

En Guapa de cara, la solución al problema era más intimista y no necesitaba eso. En Todo está perdonado era una solución galdosiana, sinfónica, con varios personajes, varias familias… y no estoy seguro de que eso aporte algo sustancial. Pero vamos, tampoco estorba y yo me he divertido, así que ya está.

Además has hecho una cosa, que a mí me ha parecido bastante curiosa y es que ese marco ha sido bastante flexible. No has seguido unas normas estrictas. Sin contradecirte, sí que has tomado cosas que te interesaban más en un momento determinado que en otro.

Sí. Lo he ido cambiando un poco. He ido precisando la cronología cuando me ha hecho falta. En algunas ocasiones me interesaba que sucediera en el año 2000 y que todo fuese un recuerdo, en otras me interesaba que el golpe de Tejero estuviera ya metido en ese contexto. He hecho un mundo muy fluido, no una cartografía que luego me viera obligado a seguir. Es un abanico de posibilidades, un horizonte que pudiera desencadenar en cosas distintas. En ese sentido, tampoco descarto volver a usarlo, porque puede ser útil. Pero sí tendré más cuidado en que eso contribuya en algo a la solución de la ecuación, a la incógnita que plantea cualquier novela.

Hay muchos novelistas que se plantean siempre el mismo problema y lo resuelven cada vez mejor. Por ejemplo, Juan Marsé. Yo creo que es uno de los grandes, pero su problema novelístico es casi siempre el mismo. Lo único que pasa es que con el tiempo lo va resolviendo de una forma mucho más precisa. Yo soy un poco más torpe. Nunca resuelvo bien un problema y, en lugar de afinar, lo que hago es irme por otro lado a ver si ahí tengo más suerte [risas].

Pregunta de fan. ¿Volverá Charlie Clot a protagonizar una novela tuya?

Sí. No lo descarto. Pero, a mí Charlie Clot me gusta en primera persona, cuando habla él. Es un personaje tramposo, que tiene demasiado encanto. Es un tipo al que es difícil ver desde fuera, como un personaje más real. Como voz narrativa es perfecto. Bueno, muy agradable para mí de usar. Pero, como personaje equiparable a otros, no funciona tan bien. Creo que no volveré a ponerlo de comparsa. Si Carlos Clot tiene que aparecer, en su contrato está que tiene que ser protagonista. Si no, no acepta ninguna película.

¿Por qué decides entonces en Guapa de cara y en Todo está perdonado darle ese papel secundario?

Por cariño, y por qué en Guapa de cara sí que necesitaba algún tipo de detective que resolviera el asunto y que además fuera un tipo maleable, de una moral no muy alcanforada, no muy rígida, no almidonada, como un puño de camisa. Necesitaba más bien una moral remangable. Entonces, claro, la maldita pereza. Dije: “¿voy a inventarme otro? Si ya tengo uno. Lo voy a utilizar aquí.”

Luego, en Todo está perdonado, la situación era muy distinta. Comprendí que la metáfora del Madrid sumergido era de un gran valor para mí, para contar la Transición política. Y, ahí decidí rescatarlo. Luego, es un Clot crepuscular, porque aquí ya tiene cincuenta años, está muy enfermo, en las últimas… En esa novela, que es muy elegiaca, en la que todos los personajes están como despidiéndose del mundo, me parecía un buen guiño.

La verdad es que le hice unas cosas en esa novela al pobre Charlie, que no sé si me las va a perdonar. Tendré que dedicarle una novela a él solo para que me lo perdone.

En tu obra hay un cierto recelo hacia EE UU que hizo que me sorprendiera averiguar que tú habías estudiado el doctorado y que habías dado clases allí. ¿Cómo casan estas dos realidades?

A mí Estados Unidos me gusta mucho. Yo he vivido allí en muchas ciudades durante muchos años y he sido muy feliz. Es un país muy agradable, porque siempre es agradable vivir con los ricos, con los de arriba [risas]. No tengo nada contra EE UU ni contra la cultura americana, en general, pero creo que políticamente es un imperio medio criminal, básicamente.

No es recelo. Creo que el enemigo es la política norteamericana, la Merkel es, bueno, un peón más. Los verdaderos amos del mundo no están en Berlín, ni desde luego en Madrid. Están más bien en Washington y en Wall Street.

Háblame de la universidad americana. ¿Hasta qué punto crees que la universidad europea debe acercarse o alejarse de su modelo?

La Universidad americana es un sistema complejo, que tampoco se puede ver con independencia del resto del sistema educativo. En EE UU, la enseñanza primaria y secundaria es pública mayoritariamente. Pública y gratuita: los libros te los dan en el colegio, ni siquiera hay el negocio que hay en España con los libros de texto. Allí tú tienes un hijo y lo único que tienes que hacer es decir por internet: “vivo en tal sitio” y te dicen que te presentes tal día en tal colegio. Y, si eres homeless, si no tienes casa, basta con decir por donde paras y te designan un colegio para tus hijos. Ese sistema público es la base de que luego, la educación superior sea mayoritariamente privada, porque digamos que lo básico está bien garantizado.

Aquí es más bien al contrario. Mayoritariamente, la enseñanza media y básica han sido privadas, y encima en manos de los curas. La universidad es la que ha sido pública. Lo bueno sería tener una universidad pública con la calidad que tienen las universidades privadas americanas, aunque ellos tienen también universidades públicas. Yo estudié el doctorado en una universidad pública.

A mí, la universidad americana me parece que es un concepto muy distinto del español, que tiene sus ventajas. Es un modelo no democrático. En EE UU no se piensa que forme parte de los derechos humanos el acceso a la universidad. El acceso a la universidad, y sobre todo a ciertas carreras, está muy limitado. No solo por la capacidad económica, sino por la exigencia intelectual. Aquí el acceso a la universidad está garantizado, no hay ningún problema.

Yo soy partidario de una universidad más democrática, más abierta a todo el mundo, y asumo, me resigno y no veo mal que no sea una universidad para eruditos. Para eso está, quizás, el segundo ciclo, los doctorados… Yo sí creo que todo el mundo tiene que tener las máximas facilidades para llegar lo más arriba que pueda en su educación. Es fundamental. Y creo en la igualdad de oportunidades real, que para mí no existe si se permite la enseñanza privada.

Yo pienso que no tendría que haber ni educación ni sanidad privadas. Ese no es un derecho. Ese derecho a elegir… Quien no puede pagárselo no puede elegir. Yo no puedo elegir que mi hija vaya al Liceo Francés. No tengo dinero. Entonces, lo único que garantiza la igualdad de oportunidades es lo público para todos y obligatorio, que no exista otro tipo de enseñanza.

¿Qué pasa? Que muy poca gente es partidaria de la igualdad real. La mayor parte de la gente es partidaria teórica de la igualdad, ¿pero de la igualdad real? “¿Qué mis hijos van a tener las mismas oportunidades que el de enfrente? No, yo quiero que tengan más.” Entonces, es difícil. Pero bueno, poco a poco, entre fusilamientos, persuasión y demás, iremos convenciendo a la gente de que vamos a ser más felices cuando seamos iguales.

Da la sensación de que aquí, en España, existen ciertas reticencias a eso de enseñar y aprender a escribir o a crear. ¿Es distinto en EE UU? ¿Se tiene allí más asumido que se puede aprender a escribir una novela o a dirigir una película?

Claro, es distinto sencillamente porque llevan muchísimos más años haciéndolo. En EE UU ya hay una generación entera de escritores, o dos, que han ido a los cursos de literatura creativa de Brown o de otras universidades, que tienen una escolarización superior en literatura creativa, no en historia de la literatura. Y son escritores respetables, los más importantes de EE UU. Eso en España es impensable. Aquí todos son genios de nacimiento. No tenemos ese testimonio de una generación que haya aprendido a escribir de una forma organizada.

Claro que se puede aprender a escribir, no sé de qué se extraña la gente. ¿No van los tíos a clase de parto? ¿Habrá algo más natural que parir? ¿Hace falta dar clases para parir? Vamos, que yo sepa no. Y, sin embargo, van y van los tíos. Por muchas clases de parto a las que vayas, si eres tío no vas a parir, porque no tienes útero. Por muchas clases de escritura a las que vayas, si no tienes lítero, en vez de útero, tampoco vas a escribir una gran novela. Pero, a lo mejor, vas a leer mejor. Como el que va a clases de parto va a entender mejor lo que le pasa a su señora. Y leer mejor es un avance en la vida maravilloso.

Luego, aquí es que no tenemos término medio. Aquí todos somos o Marcial Lafuente Estefanía o Proust. Parece que no hay escritores medianos, cuando hay muchos tipos de escritores y se puede ser un escritor dignísimo de novelas con una ambición modesta y no pasa nada. No es “o César, o nada”. Hay una gran satisfacción en escribir, en articular y tramar una novela, en llevarla a término aunque tenga un número de lectores limitado. No todo el mundo tiene que ser Kafka.

En las clases que das de escritura creativa, ¿te has encontrado mucho paciente, que  te pregunte “doctor, me duele aquí, qué tengo que hacer para que lo mío vaya bien”? ¿Tiene mucho de autoayuda?

Tiene un poco de terapia. Hay gente que va a esto como quien va a Yoga, porque tienen dinero y tiempo libre, hay gente que va a hacer amigos… Pero hay mucha gente que cree que, por lo que sea, no ha tenido la oportunidad de dedicar tiempo y esfuerzo a aprender cómo escribir. Porque yo no he ido a clases de literatura creativa como estudiante, pero he estado dedicando horas a eso desde que tenía nueve años, así que he ido a muchas más clases, por así decir, y con amigos que estaban igual de pirados que yo y hacían lo mismo.

De los estudiantes, algunos tienen una ambición literaria y otros, sencillamente, consideran que está muy bien escribir un poco, como hay mucha gente que pinta los fines de semana y no quieren ser Matisse, quieren pintar una acuarelita de un río y disfrutar más de la vida y aprender un poco de pintura. A mí, ese tipo de alumnos me parecen excelentes también. Hay algunos que son realmente muy buenos y son ya grandes escritores. Muchos de los que han pasado por aquí ya tienen obra publicada.

A mí, los que más me chinchan son los que no vienen a aprender, vienen a enseñar. En todas las clases, no sólo de literatura, siempre hay tipos que vienen a enseñar lo que saben. Esos son incómodos, pero se aguanta todo.

Háblame del proyecto del Hotel Kafka.

Es un desencadenante, un punto de encuentro. Hay un lado formal, que son las clases, en el que el profesorado es excelente, porque son escritores en ejercicio, guionistas de cine, policías, psicólogos penitenciarios –en el caso de True Crime-, músicos… Son gente que muestran lo que es el arte, entre comillas, vivido como oficio y creo que de eso se puede aprender mucho.

Pero, además, es un punto de encuentro, porque tenemos este salón y una gran cantidad de actividades, como presentaciones de libros… que lo que hacen es provocar sinapsis, conexiones de neuronas y, por lo tanto, surgen ideas nuevas, proyectos de muy distinto tipo. En ese sentido, lo que me gusta del Hotel Kafka es que siempre es imprevisible lo que va a pasar, cómo va a acabar una tarde aquí. A lo mejor acaba preparando un curso nuevo o decidiendo que nos vamos a ir todos a dar clases a La Habana, como ha pasado en alguna ocasión, dependiendo de quién haya y de qué conexiones se produzcan.

Más allá de la escuela, el hotel se ha expandido al periodismo con la atípica sección de cultura de eldiario.es. ¿De dónde surge este proyecto?

En aquel momento, cuando apareció eldiario.es, no tenía noticias culturales. Era un periódico político, económico, social y nada más. Nosotros lo leíamos y algunos escribíamos allí, pero la verdad era que nos aburría un poco tanta concentración política. Pensábamos que hay otras cosas en la vida y que sería buena idea tener una especie de suplemento cultural. Decidimos planteárselo a Ignacio Escolar, él aceptó y empezamos.

En algunas cosas hemos acertado y en otras nos hemos equivocado. Nuestra opción era una sección cultural inactual. Hablar de lo que nos apeteciera y no de lo que marcara la agenda. Y no sé si no deberíamos haber sido más ambiciosos y haber decidido marcar nosotros la agenda, a partir de la actualidad. Pero bueno, es un proyecto que, de momento, está en marcha pero no sé lo que durará porque ¿qué os voy a contar a vosotros? El grifo está muy cerrado y en estas cosas hay que tener algo de financiación, así que no sé cómo terminará la historia. De momento estamos muy contentos, muy satisfechos de lo hecho y de la audiencia, porque sí ha conectado con mucha gente.

Además del Diario Kafka, en eldiario.es participas con tus cartas con respuesta, la misma sección que tenías en Público, hasta que la dirección te ofrece cambiar opinión por cultura. ¿Cuál fue el detonante de aquella situación y de tu salida del periódico?

Mi crítica al PSOE y a personas concretas del PSOE. Evidentemente, era un periódico que, como todos, responde a los intereses de una empresa, y mis opiniones, a partir de un momento, entraban demasiado en colisión con los intereses de esa empresa y, sobre todo, con figuras como Javier Solana, pongamos, o por la crítica directa al partido que en aquel entonces estaba en el gobierno.

Yo había entrado desde el número cero para crear la sección de opinión, entonces a la oferta –entre comillas- de “vete a hacer entrevistas y críticas literarias” dije no. Eso casi lo hago en otro lado, porque esto es desactivar algo. Y me fui. Los dos años o tres que estuve, estuvieron muy bien y cuando me fui también me fue muy bien.

La carta con respuesta era una sección que, al parecer, muchos lectores recordaban y decidimos reproducirla. Lo que pasa es que, la periodicidad de una vez a la semana, frente a la otra que era diaria, siete días a la semana, cambia mucho el ritmo. No es exactamente la misma cosa.

¿Cómo ves el panorama mediático actual?

En derribo, ¿no? Salvo el As y el Marca –la prensa libre-, el resto de la prensa en papel -que responde a intereses empresariales- está mandada a recoger, va a durar muy poco porque parece que nadie la lee.

Internet es un espejismo de libertad. Ojalá me equivoque y gente como vosotros o nosotros haga cierto lo de que es un terreno libre en el que, sin gran capital, se puede mantener una cierta visibilidad e influir… Pero creo que internet se va a convertir en el gran monopolio de los grandes grupos mediáticos.

Entonces, veo que la prensa está difícil. Habrá que volver a la vietnamita, el ciclostil y las octavillas por la calle, porque va a ser la única manera de contar la verdad.

Mientras escribías en ABC, ¿hubo mucha gente que te dijera qué hace un chico como tú en un sitio como éste?

Siempre hay mucha gente que dice esas cosas. Yo también he sido columnista de La Razón. A mí me importa un rábano. Si alguien tuviera la paciencia de leerse lo que he escrito en ABC y viera que es exactamente lo mismo que escribiría en Mundo Obrero… Si alguien me dijera: “Oye, lo que escribes en ABC… ¡Cómo te cuidas, ahí no dices nada!” Entonces, sí me sentiría avergonzado. Pero, yo vivo de esto y sí me pagan en ABC…

Además, yo no escribía en ABC, sino en el suplemento cultural, que es algo un poco diferente. Mi prioridad es hacerme oír. En cualquier sitio que dejen hacerme oír, siempre que no me obliguen o me sienta yo obligado a decir algo diferente de lo que pienso, pues mira. ¿Que les estoy haciendo el juego? Yo no les estoy haciendo el juego. Estoy diciendo lo que pienso, así que tienen al enemigo dentro.

Además de los Cuadernos de eldiario.es, Diario Kafka participó en Five, la conjunción de varias plataformas online que se unían para imprimirse. Además de esta revista, está la versión impresa de Jot Down, Orsai de Hernán Casciari… Muchos nuevos medios en papel que están haciendo algo diferente y que han surgido en estos dos últimos años. ¿Qué valoración haces de este nuevo fenómeno?

A mí me parece muy interesante, pero ahí el cuello de botella es, evidentemente, la distribución. El coste de la impresión en papel ha bajado tanto que se puede hacer. Pero, claro, poner eso a las ocho de la mañana en todos los quioscos en España es imposible. La distribución es un poco marginal. Hablamos de Diagonal… Nunca se sabe porque, por ejemplo, Mongolia sí está funcionando bastante bien, con una distribución buena. Sin embargo, donde se estrangulan todos esos proyectos es en el monopolio de la distribución.

Cambiamos de tema radicalmente. En Todo está perdonado cargabas contra la Transición, tal y como se llevó a cabo. ¿Crees que la crisis que estamos viviendo puede acabar con ese sistema que se creó con la muerte de Franco?

Yo creo que el sistema no se creó con la muerte de Franco. Se creó en la época de Cánovas del Castillo [risas]. Es el sistema oligárquico de la oligarquía financiera española, que es la que domina. Ha tenido varias evoluciones. El franquismo se adaptó a ese sistema oligárquico, metió a su gente también allí, como lo hicieron luego los que nos hicieron la Transición, que se la hicieron en beneficio propio.

El objetivo fundamental era que la Transición no la hiciera la izquierda. Con la muerte del dictador, lo normal habría sido que el Partido Comunista hubiera tenido una gran presencia, porque había sido el único que había estado en la lucha antifranquista. El PSOE no aparecía por ninguna parte. Que eso lo hiciera la izquierda no se podía consentir, así que al final la hizo la derecha, la gente del franquismo. Entonces, seguimos con lo mismo.

Yo creo que esto no se va a acabar tan fácilmente, a no ser que haya una salida de rebeldía o de revolución, porque no me creo que haya ninguna otra solución ya a cómo funciona esto.

¿Ves posible esa rebeldía?

Siempre es posible pero, hombre, en esta situación nos acercamos más que en la situación de los sesenta, con la minifalda y el seiscientos, o antes de la crisis, con Pau Gasol, la Roja, al euforia nacional y el “¡qué gran país, qué gran país!”, el orgullo de ser español. Así no se hace nada. Ahora que estamos convertidos en un país de camareros y chachas, tenemos más posibilidades de sublevarnos.

En la obra también arremetías contra esa élite, esas familias de Cánovas que habían colocado a sus hijos en los partidos y que se alegraban de que los metieran una noche en el calabozo por su participación política. ¿Crees que, si nos ponemos a revisar los DNI de los participantes en escraches o en las asambleas del 15M encontraremos alguno de esos apellidos?

Puede ser, pero no estoy seguro. No lo creo, porque es un movimiento –y esa es su debilidad- que no está muy organizado y no quiere aprovechar el sistema, sino más bien descomponerlo. Donde está claro que los encontramos es en el PP y en el PSOE, donde estos Bustelos y Sotelos están por todos lados.

Yo confío en esos movimientos, en cierto modo, porque yo creo que están muy lejos del estereotipo que quiere dar la prensa de derechas –o sea El País- [risas]. Yo he ido a algunas asambleas y el estereotipo de que son niños pijos disfrazados de revolucionarios, pero con un iPad, no es verdad. Está lleno de personas de mucha edad, de marujas, de señores cincuentones como yo, también hay jóvenes, pero muchos trabajan en un taller mecánico. Desde luego, los pijillos de Malasaña están, pero no son la base.

Pero no son lo que va a quedar.

Yo no creo que sea lo que va a quedar, desde luego. Los del Starbucks, los hípsters que van con el Mac no son los verdaderos revolucionarios.

Entre una novela a tu elección y una botella de Loch Lomond, ¿con qué te quedas?

[Risas] Yo he probado el Loch Lomond y yo me leo una novela en el mismo tiempo en que me puedo beber una botella de whisky, o sea en una tarde. El Loch Lomond yo pensaba que era un invento de Tintín, pero existe y yo nunca lo había probado. Después de escribir Sangre a borbotones, me regalaron una botella, y la verdad es que está tan rico, que elijo la botella de Loch Lomond. Salvo que la novela sea Fortunata y Jacinta, en cuyo caso, a lo mejor escogía la novela.

Entrevista realizada en Madrid el 6 de mayo de 2013

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