Entre páginas

Este fin de semana comenzó en Madrid la Feria del Libro. Una excusa para sacar la lectura a la calle, para forzar a los escritores a ganarse el afecto del público a base de garabatos y buen tiempo. Y un momento también para reflexionar sobre las lecturas que marcan la vida de uno. Lástima que esta sea una sección de música. O no, porque las lecturas también tienen su banda sonora, su sonido característico en el que se despliega la acción, se abren las páginas y los personajes cobran vida. Intentémoslo.

Conviene empezar poniendo las bases. Se dice que para valorar algo hay que perderlo, o estar a punto de hacerlo. Hay que tener la capacidad de añorarlo para reconocerlo. Ray Bradbury nos presentó en 1953 uno de los relatos más escalofriantes sobre un futuro de pensamiento controlado, en su obra “Fahrenheit 451”. Las brigadas de bomberos quemando la palabra escrita, o la tiranía del entretenimiento personalizado y alienante se respiran en esta antiutopía de lectura obligada, para la cual sin embargo tenemos que tener siempre por debajo una música que invite a la esperanza, como en esta composición homónima del alemán Hans Zimmer.

Necesitaremos para este recorrido entre músicas y libros atrevernos a dar el primer paso. Lanzarnos sin dilación por la madriguera del conejo para caer en un lugar fuera de los espacios habituales. Podemos hacerlo gracias a uno de los libros infantiles con más jugo de la historia de la Literatura, “A través del espejo” (1871) de Lewis Carroll. La historia de Alicia, tan sugerente para Disney como para el maño Enrique Bunbury, que le dedicó una de sus canciones, expulsándola del País de las Maravillas.

A vueltas con algunas obsesiones

“Ni el propio Tertuliano Máximo Alfonso sabría decir si el sueño volvió a abrirle los misericordiosos brazos después de la revelación tremebunda que fue para él la existencia, tal vez en la misma ciudad, de un hombre que, a juzgar por la cara y por la figura en general, es su vivo retrato”, la cita pertenece a una historia que el escritor portugués José Saramago plasmó en 2002 con una novela titulada “El hombre duplicado”.

Con el estilo inquietante, agobiante y la dureza habitual del escritor luso, Tertuliano viaja con nosotros en un carrusel de preguntas acerca de la identidad, de lo irrepetible de cada persona, de lo que cada uno pensamos que nos hace indistinguibles. Y lo pone todo en duda. Y nos hace frágiles a la vez que nos entretiene en un “thriller” de misterio hecho novela. El mismo ambiente presuroso e inestable que un músico cercano en sus orígenes geográficos, el gallego Iván Ferreiro, nos interpela en este “El viaje de Chihiro”. La misma obsesión en la primera persona, de un artista que el avezado lector -que no deja pasar una, y hace bien- habrá descubierto que es uno de mis músicos de cabecera.

Hay escritores a los que es fácil encasillar, pero que si les das una oportunidad te pueden revelar otras muchas cosas que uno desconocía. Es el caso –para mí- de Juan José Millás. Es fácilmente incluible en determinada forma de escribir, según cómo lo hace en la prensa, o en determinada manera de entremezclar ficción y realidad. Pero también es capaz de inventar mundos en los que el juego llega al lenguaje mismo, a la base de los ladrillos con los que se construye la literatura.

La obra es “El orden alfabético” (1998), un mundo descabellado, un poco en crisis como el actual, en el que los sustantivos y los adjetivos se compran en las tiendas, las preposiciones resultan sosas al gusto y los libros levantan el vuelo perdiendo palabras en el aire. Una historia, pero también algo de juego, como el que hace el argentino León Gieco con esta familia Orozco. Toda una canción, con una sola vocal. Difícil, pero no imposible. Para muestra, solo hay que escuchar.

Y para volver a cambiar el paso, recuperemos el tono oscuro para presentar la historia de una obsesión. El relato de una persecución, de una vida rondando lo paranoico. Pero a la vez una reflexión sobre lo que uno considera importante en su vida, cómo lo hace y por qué lo hace. Nos referimos a “El túnel”, del argentino Ernesto Sábato. La delgada línea que separa la obsesión y el amor, que para mí tiene como banda sonora este “Some Devil” de la David Matthews Band, que se puede escuchar aquí. Aunque me podría haber atrevido con un tema de Aventura, que me habría granjeado la expulsión inmediata de la sección.

Seguimos en un ambiente de oscuridad, de bourbon, de ríos cenagosos en los que se deja caer a los ladrones de poca monta y a los que se interponen en el camino de éste o aquél mafioso. Y sin embargo, hablamos de Madrid. Un Madrid deslocalizado de su tiempo y su espacio, hecho “más interesante” según esta misma semana nos reconoció el autor de “Sangre a borbotones”, Rafael Reig. Un thriller en el que el suspense se entrelaza con algo de reflexión y juego metaliterario. Y una voz profunda para identificarlo: la de Tom Waits.

Y algo de luz

Terminamos proponiendo novelas para alimentarse de luz, o al menos de esperanza, de alegría o de entretenimiento. Comenzando por una historia de sufrimiento, recuperación y misericordia, pero también de pérdida y de cobardía. Me refiero a una novela del escritor afgano-estadounidense Jaled Hoseini, “Cometas en el cielo”. Vidas que transitan entre la guerra y la inmigración, con la añoranza y el perdón como vehículos en ese viaje. Y con una canción noventera de Seguridad Social sobre la amistad en segundo plano.

“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”. Uno de los principios más célebres de la historia y una de las grandes obras del siglo XX. Un cuento familiar, mágico, cultural, histórico en su mismo desarrollo. El transcurso del tiempo y la sensación de que todo es cíclico en la familia Buendía y en la vida en general, momentos mágicos aparte. “Cien años de soledad” y la prosa de García Márquez saben a latinoamericano, a ecléctico, a mezclado, como es el continente del que procede la literatura del realismo mágico. De la misma forma que Jorge Drexler suma acentos y religiones en esta “Milonga del moro judío”.

Cien años de Soledad, de Gabriel García Márquez

Dado que ya llegó hasta aquí, supongo que dejará que cierre esta serie de lecturas con una obra que no por lo leído y utilizado deja de tener muchos sentidos e interpretaciones. “El Principito” de Antoine de Saint-Exupéry ha sido maltratada por la literatura de autoayuda, pero también muy valorada por todos aquellos que vemos los corderos dentro de las cajas, que pensamos el mucho tiempo que necesitaremos para contar todas las estrellas o nos preocupamos por la invasión de los baobabs. La ternura bien la podríamos tener en este tema de Coque Malla.

Y hay canciones que en sí solas ya cuentan una historia. Lo hizo Sabina en muchas ocasiones, en este caso nos quedamos con el ejemplo del que podríamos considerar en algún sentido un continuador de una tradición de la canción del autor. Otra de mis recurrencias musicales, Ismael Serrano, nos relata la curiosa historia del diputado que se enamora de una estudiante. Una tierna historia de amor con la que cerramos la lista de esta semana.

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