Mareas altas

Mario Becedas | Falso9

Todavía no ha llegado San Juan, pero las hogueras ya han abrasado a más de uno. Las noches de junio son las más cortas, pero quizá también las más trágicas. Cada año, el infierno del descenso se traga a tres víctimas que se resisten a yacer en el devastador erial de la Segunda División. Este amargo paso conlleva desde ladrillazos a los cochazos de los jugadores hasta el dispendio de abonos de temporada por las calzadas aledañas al estadio. Otra consecuencia lógica son las despedidas. Unas para bien, otras para mal. Unas por dinero, y las otras por el inexorable paso del tiempo.

Ha sido éste el caso vivido por la hinchada brigantina tras un nuevo descenso del Depor. Aún no habían supurado las cicatrices del anterior. Menos de 700 días para morir dos veces, y otras tantas ir a parar a Dite, es demasiado para una carroza que se sostiene con mimbres de cartón. Atrapado por las deudas, como tantas familias españolas, y con un cartel de saldo, el antaño glorioso conjunto blanquiazul ha visto cómo las mareas altas se han vuelto a tragar todo lo que sujetaba Riazor. Esa pleamar que es el paso de las temporadas ya se había llevado a lo mejor de la tripulación. Irureta o Mauro Silva aguardan en el fondo del mar del recuerdo. Ahora que las aguas han vuelto a subir, la corriente se ha agenciado al último baluarte de las grandes expediciones, Juan Carlos Valerón.

El mago de Arguineguín

Complexión enjuta y doblada. De mirada lánguida y triste. Con una mueca de sonrisa trágica, de chiste antes del patíbulo; el primer mago de Arguineguín deja el reino deportivista del mismo modo que Frodo embarcó al final de la saga anillesca. El tesón y coraje desprendidos por el canario no han servido para frenar una caída ya firmada. Le ha pasado a Valerón como a los románticos. Se ha aferrado al pasado, no quería colgar las botas. A sus 38 años ha estirado el chicle hasta ver si alcanzaba para dejar un Depor parecido al de las épicas gestas. Qué difícil es decir basta y volar solo. Atrás quedan lustros de pase y precisión. Partidos inenarrables. Asistencias que hacían brillar las noches de Europa sobre Riazor.

Era Valerón la suavidad con el balón. El hombre de los guantes en la bota. Empujando el cuero a empellones, como si pesara kilos, casi teniendo que utilizar las dos piernas para moverlo hacia delante, el flaco conocía como nadie el perímetro de los tres cuartos. Un descuido, una mirada al compañero y su línea recta construía el pase imposible. La autovía hacia el área por donde sólo había piernas. Esas retinas tristes, casi llorosas, más apagadas que su ya legendaria voz de pito, veían el desmarque perfecto a cada golpeo. Cada vez que cogía la pelota, se hacía el silencio. Todos le miraban, y sin embargo nadie adivinaba el pase hasta que lo fabricaba.

Juan Carlos Valerón - Majorshots

Juan Carlos Valerón, el mago del Deportivo (Foto: Flickr – Majorshots)

Imposible olvidar la eclosión de 2002. Un Atlético que había descendido con el canario en sus filas un par de años antes no servía de ejemplo. Fue un cadáver tan hermoso que nadie pudo hacer autopsia, sólo copar el mercado veraniego. Eran otros tiempos cuando el Centenariazo y lo de Corea. Iniesta estudiaba álgebra en La Masía, Xabi Alonso perfeccionaba sus primeros pases largos en la Real y Xavi aprendía a girarse sobre sí mismo mientras De Boer y Reiziger se la jugaban unos metros atrás. Mandaban los vendavales de Baraja. Fútbol de músculo y aguante. Velocidad y pegada. La elaboración para otro día. El juego se construía por zonas según los jugadores. Guardiola le daría luego la vuelta a todo. Valerón era casi un pionero. Sus frágiles y delgaditas tibias de potrillo recién nacido dejaban sus destellos en el Mundial de Camacho. España pedía a gritos el toque, pero todavía aguardaban años de búsqueda. Rijkaard no había venido y el Sabio estaba salvando para una eternidad al Glorioso.

Ser un precursor no le bastó. Nadie acompañó a Valerón en la Selección. Sólo hay que rebuscar en la Eurocopa de 2004 en Portugal. Marcó en el debut frente a Rusia, pero faltaba fuerza. La suerte del Depor no era posible con la absoluta. Después de la machada contra el Milan, todo parecía posible. Pero todavía no. En aquellos encuentros se observaba cómo el palanca se paraba en medio del campo, se sacaba el reloj de cadena del bolsillo y tic-tac tic-tac, los segundos abrían huecos sobre el tapete. Quién no hubiera querido verle en las ulteriores glorias de la Roja.

Tal es la apenada y a la vez rica historia del caballero de la triste figura que conquistó el corazón del fútbol desde la humildad y el buen hacer. Un adelantado a su década que plantó un germen más grande de lo que él seguramente se imagina aún hoy. Por el bien de la pelota, que el calor de los banquillos le espere. Ahora es tiempo de partir mar adentro. Al vacío, lo desconocido. En el horizonte se intuye Qatar, exilio dorado. Si algo bueno tiene acabar en el desierto, es que las mareas ya no volverán a subir.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s