Sísifo

Julián Carpintero | Falso9

No es la primera vez que, desde estas líneas, hago referencia a lo mucho que me cuesta expresar mis sentimientos. Sin embargo, y siempre tras mucho esfuerzo, sólo mi pasión madridista consigue que fluyan las palabras sin la sensación de estar desnudándome -de una forma espiritual- ante todos los lectores que por uno u otro motivo acaben llegando hasta aquí.

Hace apenas diez días estuve en el Santiago Bernabéu viendo el insustancial partido de mi equipo ante Osasuna, con el que el Marlon Brando de Setúbal daba su último portazo a los cimientos de Chamartín. Al final del mismo, y en medio de un ambiente enrarecido, caliente por la división palpable del coliseo blanco y por el sol que calentaba el córner en el que me encontraba, empecé a sentir nostalgia por un muerto cuando su cadáver aún estaba caliente. Y no, no me refiero al de ‘The Happy One‘ -al que como profesional extrañaré, no tanto como personaje- sino al de alguien que lleva despidiéndose prácticamente desde que llegó. Como hay confianza no hace falta ni que le pongamos nombre

Nuestra relación, la suya conmigo y viceversa, siempre fue complicada. Como a los grandes amantes, nos ha costado entendernos: cuando yo estaba receptivo, ella se hacía la dura; cuando yo no quería saber nada, ella volvía a engatusarme. No es que nos faltara comunicación, porque desde la distancia nos mandábamos señales, pero lo cierto es que siempre fuimos un poco a contrapié.

Cuando llegó a mi vida, hace ya seis años y medio, yo me ilusioné. No era la más guapa de la clase, pero tenía esa chispa necesaria que me hizo ‘prequererla’, como diría Quim Gutiérrez en ‘Primos’. La ‘prequería’ porque no me había dado tiempo a quererla; ni ella había hecho méritos para que besara por donde pisaba ni yo me entrego tan fácilmente. Pero sentía que quería quererla. Sin embargo, fueron pasando los meses y esa ilusión inicial desaparecía al ver que ella no daba los pasos necesarios para que lo nuestro se consolidara. Hasta aquel día de mayo en que, cuando nada parecía tener solución, me volvió a ganar. Un balón que parecía perdido, una jugada imposible y un gol que acabaría valiendo un título. Una locura, al fin y al cabo, sólo al alcance de los adolescentes enamorados. Incluso un bello cisne holandés recogió del suelo su camiseta mostrando su nombre al mundo.

En esencia, ese fue el momento más mágico que vivimos juntos, quizá por ser el primero. No obstante, el resto de su tiempo aquí podría resumirse de un modo parecido, cambiando las fechas, los lugares y los goles, pero no los sentimientos. Es cierto que a principio de cada temporada a mí siempre me gustaban más las chicas nuevas, pero a final de curso únicamente tenía ojos para la misma. Seguramente porque sabía que si algo iba mal ella siempre estaría ahí. Pero el verano ya se sabe… Luego recapacitaba y entendía que ella era para mí.

Nuestro romance nunca terminó de estar consolidado, ya que cualquier mala racha era como un terremoto que arrasaba todo lo que tanto esfuerzo nos había costado construir. En esos momentos, yo me enfadaba con ella y decía cosas que no sentía, pensaba que esa chica no me merecía, aunque en realidad sólo quería que fuera perfecta. Y me jodía que no lo fuera. Lo paradójico de estas cosas de la vida es que cuando ya se ha ido es el instante en el que entiendes que la tienes que querer, con sus virtudes y sus defectos, porque no se ha movido de tu lado en todo ese tiempo y te ha hecho más feliz que ninguna otra.

Bajo esta amalgama de pronombres se esconde la historia de Gonzalo Higuaín en el Real Madrid, un capítulo que, desgraciadamente, parece tocar a su fin. La fábula de Sísifo extrapolada a la vida real: un hombre castigado no se sabe por quién cuya penitencia será empujar una piedra que, irremediablemente, volverá a su agujero original. Una y otra vez hasta la eternidad. Bajo mi punto de vista, con su marcha muere una parte del madridismo más auténtico, de las virtudes que hicieron grandes a Santillana, a Velázquez, a Santamaría o a Míchel. A Di Stefano, argentino y ex de River, como el ‘Pipita‘, y a Raúl, con quien compartió vestuario y del que mamó que aquí uno puede fallar un gol, puede perder un balón o caer en fuera de juego, pero jamás, jamás, dejar de pelear.

Yo estuve allí el día que el Bernabéu le pidió, título de Liga mediante, que se quedara, del mismo modo que también presencié la tarde en que fue pitado por última vez. Sísifo se cansó de arrastrar la piedra y no estará cuando necesitamos una mano a la que agarrarnos cuando todas las demás nos hayan fallado. Sólo entonces nos daremos cuenta de lo mucho que la queríamos y de que la hemos perdido. De que ni era la más guapa ni la chica perfecta. Pero no podremos dejar de quererla porque, pase lo que pase, seguirá siendo nuestra chica.

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