Entrevista completa a Jesús Sánchez Adalid

Retratos: El viaje de Sánchez Adalid

En sus novelas suele ofrecer una visión poliédrica de la España cristiana y la musulmana, ¿sabemos suficiente de esos ocho siglos de coexistencia entre las dos culturas en nuestro país?

A mí en la novela del camino mozárabe me preocupaba como en otras novelas mías una impresión falsa que tenemos sobre este periodo histórico que me comentas. Es un estereotipo, una esquematización, una simplificación, colocar los reinos cristianos del norte, abajo el al andalus en el sur y unos territorios intermedios de nadie. Y luego un salpicado de diásporas, comunidades judías que aparecen en todas las ciudades en esas célebres juderías. Pero a mí me parece que todo eso es una simplificación, y por eso quería hablar de lo que realmente falta. Falta un núcleo de población muy significativo y muy numeroso que son los mozárabes. Son los descendientes de la población hispano-visigoda, que son cristianos y que conservan durante larguísimo periodo de tiempo de la dominación musulmana sus costumbres, su tradición, su religión e incluso sus jerarquías tanto eclesiásticas como civiles.

En algunas ocasiones ha dicho que el relato de convivencia intercultural que se asocia a Al-Ándalus es un tanto idealizado, ¿por qué?

Yo creo que se ha generado el mito que ha dulcificado, una leyenda rosa que ha dulcificado la convivencia de las tres culturas. Existió convivencia, sí, yo estoy convencido, frente a una corriente negacionista que hoy niega absolutamente la convivencia, yo creo que sí. No se puede negar, los grandes investigadores de la historia hablan de ello y además tenemos un periodo muy célebre y floreciente de convivencia que fueron los últimos años del reinado de Abderramán III y todo el reinado de Alhakén. Esto cambió con la dictadura de Amirí y Almanzor. La convivencia no es una convivencia en el sentido de que surgieran lazos entre las comunidades y algo idílico. No, era una coexistencia en la que no había matrimonios mixtos pero sí había una coexistencia entre las comunidades, relaciones comerciales y un respeto hacia las fiestas religiosas. Y luego es verdad que este periodo fue breve y que existieron varios episodios cruentos tanto antes como después que también están ahí y que no hay que quitarle valor.

Pero en torno a esto a mí me parece importante que no se pierda la era de la utopía, y que existiera o no existiera hay que mirar al pasado con cariño y de ese pasado aprender algo. Y si de ahí puede surgir un mito que sea beneficioso y que nos ayude a las religiones y a las culturas a convivir en este mundo que forzosamente debe ser multicultural, bienvenido sea.

¿Es la sociedad actual más o menos intolerante a nivel religioso que la del siglo X?

Yo creo que el mundo está llamado a entenderse forzosamente. Hay una gran distancia con aquél mundo y no somos en absoluto herederos de aquel mundo, porque aquella cultura islámica que pervivió aquellos ocho siglos en la península no pervivió, desapareció. Y hoy es verdad que tenemos un Islam en el mundo que está dividido entre dos corrientes, una corriente que la estamos llamando islamista, que es extremista, y una corriente más pacífica, que es la que busca integrar el islam en occidente y en el resto del mundo como una religión más.

En sus novelas su capacidad descriptiva destaca en los personajes, ¿hasta qué punto ser párroco en una localidad pequeña le dota a uno de cierta capacidad sociológica, al tener que tratar a muchos parroquianos?

Claro. No se puede olvidar que yo no escribo libros de historia, yo escribo novelas. Las novelas tienen que ser apasionantes, tienen que tener historia, tienen que enganchar. Y nos tienen que proporcionar algo que no encontraremos en los libros de Historia: que es el viaje mágico al pasado, la reconstrucción del pasado. Hoy que está tan de moda el viaje virtual, la posibilidad de sentirse uno allí. Y para eso es muy impotrante que los personajes tengan vida y que estén revestidos de una serie de características que sean atractivas y se sientan como verídicos.

¿Esa relación del párroco con los parroquianos influye en la manera de conocer a la gente?

Si, naturalmente. Yo cuando escribo por supuesto estoy influido por personas que conozco, por circunstancias que he vivido. No recuerdo qué pensador era que decía que en una sociedad de 100 personas se dan todos los caracteres humanos posibles. Yo vivo en un pueblo de 2000 habitantes y convivo con diversas generaciones, niños, abuelos, ancianos, personas de todas las clases sociales, sanas, enfermas, que disfrutan de la vida, personas que están deprimidas. Todo esto es ciertamente un caldo de información suficientemente importante para que yo saque de ahí caracteres y cosas de mis novelas.

Usted llega al sacerdocio después de una carrera de Derecho en la que llegó a ejercer  como juez dos años, ¿cómo dio el paso a una vida tan diferente? ¿Había barajado antes la vocación sacerdotal? ¿Por qué la tomó en ese momento?

Todo esos aspectos de mi biografía que contados en un momento parecen algo muy denso, sin embargo se han desenvuelto a lo de un periodo largo de años que son mi vida. Y es verdad que hubo un punto de tomar una decisión tan importante en mi vida como fue hacerme sacerdote. Pero bueno, como sucede en muchos otros campos, como optar por el matrimonio, tener un hijo, marcharse a otro país. A veces hay momentos en el que un ser humano tiene que decidir. Y en esta decisión es verdad que influyen otros aspectos, como son una serie de motivaciones interiores y mociones internas que son muy difíciles de explicar pero que en general le llamamos vocación.

Cuando uno escribe teniendo esa vocación, ¿se escribe de forma distinta?

Es otra vocación sin duda, yo lo siento así. Yo he sido siempre lector de lecturas variadas, no de novela histórica. He leído Historia, clásicos, novela, poesía. He sido un lector un poco de todo. Y en un determinado momento me he ubicado en la corriente de la novela histórica, que es muy oportuna para mi generación, dado que lo que se cultivaba antes era el llamado realismo social, una saturación de realidad. Pero hoy en día el público lo que quiere es la evasión, y la evasión la proporciona la novela histórica.

Usted suele hablar de la novela histórica como un género reciente en la literatura española (veinte-treinta años), dejando fuera a escritores como Pérez Galdós, ¿por qué?

Porque no tenemos una novela histórica anterior, porque lo que escribió don Benito Pérez-Galdós, aunque se le ha llamado novela histórica no lo es. Porque cuando él escribió los Episodios Nacionales, algunos de estos episodios se desenvuelven en 1850 y está contando cosas pasados apenas 20 años, en algunos 15, 16, 30. Es como si yo escribo una novela que se desenvuelva en los años de la transición política, o en el felipismo. Yo no lo consideraría una novela histórica. La novela istórica requiere un distanciamiento para no haber sido uno protagonista ni testigo de acontecimientos, sino que los tenga que encontrar en la documentación, en las fuentes documentales.

¿Cuáles serían los primeros referentes de la novela histórica en España a su juicio?

Le hemos llamado la nueva novela histórica española, porque aunque en España se ha leído mucha novela histórica desde los años 50, toda era traducida. Mika Valtari, Oria, Margaret Jourvenal, Renault, Robert Graves, Eco, Noah Gordon, Fredy. Y en un determinado momento surge la novela histórica española, con una serie de nombres. No se le puede quitar el patrocinio a Arturo Pérez-Reverte, pero también está Antonio Gala, Alfonso Mateo Sagasta, Almudena de Arteaga, Mateo Lasala, José Luis Corral. Y no me quiero olvidar de nadie.

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