El hombre de acero: épica en tres bostezos (os la cuento y así os la ahorráis)

ATENCIÓN: Por si no ha quedado claro con el titular, cada palabra de esta crítica es un espoiler.

Parte 1: Ni fascistas, ni burgueses, Russell Crowe es aquí el jefe

Krypton es un planeta jodido. La aristocracia burguesa enjoyada con muy mal gusto que guía los devenires del lugar decidió que lo mejor para salvarlo era tocar el núcleo, cuando de toda la vida sabemos lo que pasa cuando pinchas la yema de un huevo frito. El resultado es que el planeta se va a la mierda, y por eso Zod, un general fascista intergaláctico cabreado, decide dar un golpe de estado. Esta circunstancia le viene de puta madre a Rusell Crowe, porque con los jefes ocupados en luchas de poder, puede llevar a cabo el plan para el que nadie (ni Zod, ni el gobierno) le había dado permiso: mandar a su hijo Moisés, digo Jesús, digo Kal-El, en una nave a la tierra, junto con el código genético que permitirá reproducir la vida de Krypton de nuevo.

Russell Crowe la palma en el intento porque Zod le clava un palo, que debe de ser de acero de Vizcaya porque con lo duros que son todos los personajes de la peli, a este con un pinchazo ya le dejan en el sitio. Aun así, consigue mandar al crío in extremis e inmediatamente apresan a Zod. Le acusan de alta traición y ese tipo de cosas y le condenan junto a su equipo a mogollón de tiempo congelado en una judía verde mecánica. A Nolan le gusta condenar duramente a los salvapatrias que quieren hacer la revolución a costa de las élites, eso ya lo vimos en Batman, y ésta no iba a ser una excepción. Ahora, el tribunal debió de olvidarse de que su planeta se estaba yendo a la mierda y estaban en una situación de emergencia, con lo que duran en prisión unos diez minutos, menos aún que Blesa, que es lo que tarda Krypton en explotar.

Parte 2: Entre sermón y sermón, Superman se hace mayor

Y llegamos a la tierra, donde por fin aparece nuestro protagonista. Lo primero que vemos de él es que está pescando en un barco y los otros marineros le insultan llamándole novato. Los insultos a Superman, como veremos, son una constante en toda esta segunda parte. De momento no nos entretenemos, porque un minuto después, sin que nos dé tiempo a contextualizar la situación, ya tenemos una plataforma petrolífera ardiendo y a Superman salvando a todo el mundo. Mientras tanto, tiene tiempo de recordar su infancia, cuando no podía controlar sus poderes y el mundo le abrumaba. Solución: su madre le dice que se imagine una isla desierta o algo así y asunto solucionado, se acabaron las migrañas del superhombre.

Me entretengo en esta primera escena porque resume muy bien lo que vamos a ver durante toda esta hora: gente que insulta a Superman (niños, adolescentes, clientes de bares, marineros…), Superman salvando a gente y gente dando consejos a Superman. Todo esto lo vamos a ver en escenas intercaladas entre el presente y el pasado, pero siempre con la misma estructura básica. Especialmente sangrante es el tema de los sermones, que a falta de uno, se los tiene que aguantar a dos padres distintos. Porque sí, Rusell Crowe sigue apareciendo en una nave espacial convenientemente situada en una zona despoblada. En realidad no es él, es una especie de programa informático que encierra su consciencia o algo similar, lo que le permite ser él mismo pero además ir teletrasportándose por la sala de manera muy molona. Normal, él era el científico jefe de Krypton y se podía desarrollar esas apps tan chulas para él solo. Todo esto le permite, por supuesto, decirle al pobre Clark lo que tiene o no tiene que hacer con su vida.

Y luego está Kevin Costner, padre adoptivo, cuyo única misión en la película es decirle a su hijo que tener los poderes que tiene es un mojón y que la gente le va a tratar fatal como se entere, así que mejor estarse quietecito y ayudar en el negocio familiar. Esto lo repite, formulado con unas palabras o con otras, hasta que llega el momento de su tróspida muerte, en plena fase hormonada de Superman. Ahí están Superman y sus padres en un coche discutiendo sobre que Superman no quiere ser granjero y vivir aventuras y su padre dice que en la granja hay aventuras más que suficientes, que vaya ocurrencias. En esto les pilla un tornado y se ponen a salvar a gente, especialmente Kevin Costner que se las da de valiente delante de su familia. Cuando ya están todos salvados, la madre se acuerda de que el perrete familiar se ha quedado en el coche. Y como Superman no puede ir corriendo a salvarle porque entonces el mundo le dará la espalda, allá que va el padre a coger al perro en medio del tornado. Como es lógico, el padre la diña, eso sí, no sin antes lanzar una mirada a Superman que dice algo así como “si ahora te digo que me salves ya no voy a poder sermonearte, con lo que mi vida dejará de tener sentido, así que déjame morir”. Todo esto, por supuesto, aliñado con larguísimos y epiquérrimos “chaaaan” marca Hans Zimmer, que aquí ante lo delirante de la situación hacen hasta gracia.

Y ya sólo nos falta Lois Lane, una intrépida periodista a la que Superman salva unas diez veces a lo largo de la peli. La primera de ellas tiene lugar cuando ambos, por separado, están indagando en la que luego será la mencionada nave de Rusell Crowe. Lois recibe un guantazo de un robot centinela y Superman la salva. A partir de ahí, ella se obsesiona y se pone a investigar quién es ese hombre misterioso. Clark lleva toda la vida de dios borrando sus huellas y utilizando cinco mil identidades distintas para que nadie le siguiera, pero a Lois le cuesta unos 3 minutos ponerse en casa de la madre, y un minuto más encontrarse con Clark. Lástima que Lawrence Fishburne, el periodista jefe, ataviado con tirantes marca Pedrojota que dan +10 en veracidad, le dice que esas cosas sensacionalistas en su periódico no se publican. Lo mismo que Pedrojota, ya os digo.

Todas estas cosas pasan una detrás de otra, sin pausa. No hay un momento de Superman mirando al infinito y preguntándose “quién soy”, ni su primer beso ni nada. El resultado es que tenemos al superhéroe más vacío de la historia, un tipo gris que sólo se dedica a volar, salvar gente y recibir consejos e insultos a partes iguales. Un tipo digno de Dostoievski.

Hombre de acero

Y así estamos cuando hace de nuevo su aparición Zod, en forma de Canal + codificado de los noventa. Un avispado militar americano, ante las interferencias y el descubrimiento de la nave, suelta la siguiente frase mítica (es literal, la apunté): “Sólo son especulaciones, pero quien sea que esté al mando quiere hacer una entrada triunfal.” ¿Qué pasa treinta segundos después? Efectivamente, entrada triunfal. El tipo sale en todas las teles, tabletas, teléfonos y ordenadores del mundo diciendo que si Superman no se entrega en un día, se carga la tierra. Espero que al tipo de la frase le ascendieran al instante.

Cuando todo esto pasa, Superman justo acaba de regresar a casa con su madre después de meses de travesía, así que le pilla en el pueblo y hace lo que se hace en Estados Unidos ante una situación así: no, no se compra un rifle. Se va a ver al cura. El cura, como cura que es, le dice que él que va a saber si el Zod va a ser un cabrón con pintas o irá de buenas, que lo que tiene que hacer es un acto de fe. A todo esto, como el ejército no es tonto, ya tienen a Lois Lane custodiada, y Superman accede a entregarse si a ella la dejan en paz. Al final Zod dice que no, que la chica también va, pero a nadie parece importarle mucho. Una vez en la nave, empieza el siguiente segmento.

Parte 3: Una hora de porrazos y los malos al carajo

Zod, a quien el paso de los años no ha dejado más secuelas que una barbilla chivesca, nos cuenta su maléfico plan de robar el códice y restaurar la vida en Krypton en la tierra cargándose a todos los humanos. Mientras tanto, Lois, a quien nadie sabe por qué han llevado allí, consigue contactar de nuevo con Russell Crowe, que siempre aparece cuando más falta hace, y les ayuda a escapar de la nave. Así que la presencia de Lois Lane acaba viniéndoles estupendamente, menos mal que no cumplieron las condiciones de Superman.

A partir de aquí, lo que tenemos es, literalmente, una hora de mamporros y explosiones. Los malos, que habían pasado cientos de años de planeta en planeta buscando a Superman, parece que van improvisando sobre la marcha para tratar de vencerle. Primero bajan a pecho descubierto para descubrir que en la atmósfera de la tierra Superman tiene una ventaja adaptativa y no tienen nada que hacer. Luego vienen más preparados y destrozan Smallville con la ayuda del ejército americano pero también fracasan, con lo que deciden llevar el plan hasta las últimas consecuencias: cargarse la tierra, empezando, evidentemente, por Nueva York (aquí, Metrópolis).

El plan, que se adereza con diálogos para la posteridad como “sacad la maquina planetaria” o “activa el propulsor fantasma”, es todo muy serie B. Pero un científico de la Nasa descubre su plan en unos diez segundos y sólo necesita otros veinte para elaborar un contraplan, con Superman de protagonista. Después de unos cuantos destrozos en Nueva York, y con una subtrama superabsurda de la salvación de una periodista, Superman consigue su objetivo sin mucho esfuerzo y vuelve a la tierra. Pero Zod, que es un tipo muy plasta, aunque esté más que vencido, vuelve con el único objetivo de darse de hostias con Superman y finalmente perder después de una pelea de diez minutos. Creo que jamás en mi vida había estado tan cansado de ver cebollazos en pantalla, y todavía temía que algún secundario quisiera batirse de nuevo con Superman. Afortunadamente no, y ya cada uno se vuelve a su casa a seguir con su vida.

Por último, con un Clark Kent mucho más relajado después de salvar el mundo tres o cuatro veces en un día, su madre no tiene otra cosa que decirle que a ver si se busca un trabajo, no vaya a ser que se acostumbre al sofá. Kent, que es un tío obediente, empieza a soltar un monólogo superépico, con música más épica todavía en el que enumera las bondades y aventuras que ofrece un oficio, nada menos que el de PERIODISTA. Si me hubieran puesto esta escena el primer día de carrera igual habría hecho más caso a mis profesores y jamás hubiera escrito una crítica tan larga como ésta.

Lo que dije de El hombre de acero

Con Christopher Nolan implicado -director de las últimas de Batman para los no iniciados- hay una palabra que amenaza susurrante el tráiler y que seguro tendrá su importancia en la película: TRASCENDENCIA (dicho a gritos en lo alto de una montaña). Que se pasen tres pueblos, viendo el avance, es una opción bastante plausible.

Y tanto que se pasan de trascendentes. Pero igual se pasan tanto que descarrilan y consiguen que la película te dé exactamente igual.

Esa música y esas “mi padre me dijo”, “el mundo no está preparado para mí” “el destino de un hombre” son frases grandilocuentes que pueden hacer esperar lo peor. Sin embargo, está el talento visual de Zach Snider, y la capacidad de Nolan para hacer que la frase más petarda del mundo te haga llorar son elementos que conviene no olvidar.

Ni Nolan salva a las frases grandilocuentes de quedar ridículas. Kevin Costner es directamente un consejo andante. Lo único que hace en la película es poner cara de “ay hijo, no sabes nada” y soltar discursos a su hijo. Lo peor es que, después de cargarse de toda esa autoridad moral, tiene una de las muertes más imbéciles que recuerdo. Y Snyder… bueno, Snyder hace planos torcidos y primeros planos de mariposas que parecen El árbol de la vida de Mallick, será el toque de autoría de la peli. Eso, y que a Superman le asomen los pelos del pecho.

Al final, estamos hablando de Superman, no de neorrealismo italiano, así que si las cosas son un tanto exageradas no nos vamos a poner exquisitos.

Una cosa es ser exquisito, y otra comernos este engendro sin quejarnos.

Además, los secundarios dan confianza, especialmente Michael Shannon, uno de los mejores actores del universo que muchos descubriréis en esta peli pero que lleva unos cuantos años dando lecciones de actuación en todos sus papeles.

Aquí da gritos y tensiona los músculos de la cara para mostrar su enfado. Aun así, de lo mejorcito (así que imaginaos con lo que estamos tratando).

En resumen, desde que llevo haciendo esta sección nunca había estado tan poco seguro de si lo que voy a ver me va a gustar o me parecerá vomitivo. En unos días salimos de dudas.

Creo que ha quedado claro ¿no?

¿Qué gafas me llevo?

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Entonces: ¿voy a verla?

Os diría que la única razón para ir es el aire acondicionado del cine, pero ayer me lo pusieron en modo “frío polar” y estaba deseando salir a pasar calor a la calle, así que ni eso.

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