Gobernanta

-Bueno, tú, ante todo, chitón, ¿eh? No largues nada. Lo más seguro es que todo eso esté petado de periodistas, y me apuesto los cigarros del mes a que te preguntan hasta tu carné de identidad. Como te dejes, te sacan las entretelas. Si conoceré yo a esos buitres…

Sabía bien cómo era el mundo de los medios. Había ocupado un puesto ejecutivo en una televisión autonómica, sobredimensionada gracias a las subvenciones gubernamentales. Por eso (por su secretaria, su corbata y sus reuniones a primera hora de la mañana), de lejos siempre había parecido un tipo solvente, y por eso en la cárcel le llamaban Aguarrás, pero, en realidad, estaba comido por unas deudas que se había resistido a pagar con estoicismo y que, de un derechazo, le habían puesto contra las rejas hacía ya una buena temporadita.

-Bueno, lo que tú digas… Pero no lo acabo yo de ver claro. ¿A qué viene tanto secreto? ¿No crees que la gente preferiría saber lo que está pasando? Yo pienso que les gustaría enterarse de cómo le estamos tratando…

-Mira, que no quiero líos. Mientras no se sepa, nos podemos seguir beneficiando. Y tú, mejor no pienses, que tienes muy poca vista.

Por esa poca vista y por unas gafas de culo de vaso en absoluto metafóricas, en la trena le habían apodado como Baño Averiado: no veía una mierda.

-Así que mucho ojo. Si te preguntan (que te van a preguntar, ya te lo aviso), tú les dices que todo va sobre ruedas. Que aquí todos le queremos mucho.

-Oye, Aguarrás, ¿y si me entra el miedo escénico?

Los cristales de sus anteojos transparentaban las gotas de sudor que, por momentos, le estaban anidando en los párpados tras descolgarse de su frente, al imaginarse víctima de un estresante photo call por el que nadie le había enseñado a desfilar. En las fotos, siempre salía con los ojos tozudamente cerrados detrás de las gafas. Y eso su madre sí que no se lo iba a perdonar. Lo del robo en la óptica del barrio se lo había pasado, pero como saliera mal en la tele, la iba a tener de morros lo que le restaba de condena. Era demasiada presión.

-¡Que no! Que lo vas a hacer muy bien. Con que no des muchos detalles, todo irá bien.

Vista de la prisión de Soto del Real (Foto: Wikipedia)

Vista de la prisión de Soto del Real (Foto: Wikipedia)

Y Aguarrás le palmeó el hombro, antes de que tragara saliva como un pavo abrumado y se dirigiera hacia la puerta de Soto del Real para cruzarla y disfrutar de un permiso de dos días. Estaba claro que Aguarrás era un hombre de mundo, porque era cierto. Porque allí estaban. Un enjambre de cámaras que se abalanzaron sobre él en cuanto puso un pie y medio fuera del presidio. Los flashes se le estrellaron contra la luna de las gafas y se las empañaron con una lluvia intermitente de luz plateada que no le permitió ver el manojo de alcachofas que por poco no le metieron hasta la base del gaznate. Aguarrás y los demás lo estaban presenciando en directo, al otro lado de los muros carcelarios, a todo volumen, en la tele de la sala contigua al comedor.

-¡Eh! ¡Mira, allí está Baño! ¡Ya lo han cogido por banda!

-Pobre Baño. Se está cagando. Jajaja.

-Esperemos que no cante.

-Que no. Que le he aleccionado bien –terció Aguarrás, mordiéndose la uña del pulgar.

-¡Callad! ¡Que no se escucha lo que le preguntan!

Los reclusos enmudecieron, y entonces pudo oírse la voz de una reportera que se imponía al griterío inquiriendo:

-¿Cómo se ha adaptado a su nuevo estilo de vida?

Por un momento, todos en la penitenciaría contuvieron el aliento, al ver que a Baño se le descomponía el semblante. Estaba a punto de morir de un infarto. Pero, por increíble que parezca, el tío se rehízo. Y, tras un carraspeo, contestó:

-Está de cine. Y es majísimo. Todo un héroe.

En la sala de la tele de Soto del Real todos se quedaron en silencio, deglutiendo esa aseveración lapidaria, después de mascarla durante unos segundos con toda la fuerza de sus muelas. El primero que logró tragarla, dijo:

-¿Ha dicho que es un héroe? ¿He oído bien?

-Sí… un héroe… Eso ha dicho.

Otro minuto de silencio.

-¿No se ha pasado un poquito?

¡Todos los pueblos de España se ha pasado!

Y todos se pusieron a opinar al mismo tiempo, dedicando epítetos poco edificantes a sus muertos. Pero Aguarrás siseó imperiosamente y zanjó el revuelo en aquel gallinero diciendo:

-Bueno, Baño ha sido ligeramente exagerado, ¿y qué? Mejor así. Se habrán quedado tan flipados con lo del héroe que no sospecharán nada. Y no hay más que hablar. Que piensen eso y nos irá mejor.

Dicho esto, los parroquianos de chirona se apaciguaron y Aguarrás se sintió con licencia para retirarse a sus aposentos. En su celda estaba él. L.B.

-Pero, ¿aún estás así, Gobernanta? Decían que se te daban bien los sobres, pero yo ahora quiero meterme en el mío y todavía me lo tienes así… todo deshecho. A este ritmo salsero que llevas, aquí no se va a poder ir a dormir ni el tato. ¡Así que, Gobernanta, a ver si te das un poco más de garbo! Pero che, che, lo quiero sin arrugas, ¿eh? No me seas chapucero.

L.B. hizo restallar la sábana sobre el colchón con un altivo alzamiento de mentón, tratando de aniquilar con su desprecio a aquel insolente. Cuando ingresó en Soto del Real y sus nuevos compañeros empezaron a llamarle Gobernanta, pensó que era una jocosa alusión a sus vínculos con la política. Pero muy pronto, en cuanto los demás presos le ordenaron que les “arreglara los sobres”, se enteró de la auténtica razón de ser de su mote: desde que había entrado en prisión, L.B. había estado sin parar de hacer camas.

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