Ciudadano Snowden

Todo empezó con la Patriot Act, aprobada bajo el mandato de George W. Bush tras el 11-S, que tenía el objetivo de ensanchar los criterios necesarios para monitorizar intercambios de información en la red. No. En realidad, todo comenzó en el comienzo: el primo lejano de lo que hoy es internet, Arpanet, fue un invento auspiciado por el Departamento de Defensa estadounidense. Se podría decir que todo este tinglado ya nació bajo el signo del espionaje.

Edward Snowden se ha ganado miles de titulares y una brillante carrera de prófugo en los últimos días por desvelar lo que muchos sospechaban: que los servicios de inteligencia de Washington DC controlan las comunicaciones del común de los mortales. En concreto, el ciudadano Snowden -algo menos revolucionario que el ciudadano Robespierre, pero determinante también- ha tratado de revelarle al mundo que una agencia de inteligencia estadounidense, la NSA, que está a cargo de un sistema denominado PRISM, tiene facultades para espiar las comunicaciones privadas en internet.

Aunque la historia que cuenta Snowden la han difundido el británico The Guardian y el estadounidense The Washington Post, esta pieza del New York Times resulta escalofriante por lo sofisticado y extenso de los métodos de monitorización de la información de los ciudadanos. Llamadas de teléfono, e-mails y comunicaciones privadas a través de internet, pero también la localización geográfica de una persona en todo momento son los datos que interesan a este Gran Hermano.

Todo en nombre de una guerra contra el terrorismo que, como la que comenzó contra la droga, Estados Unidos sigue perdiendo. Ni siquiera abusando de los medios se consigue el fin.

Manifestación del Partido Pirata Alemán contra la política estadounidense PRISM (Foto: Mike Herbst http://www.flickr.com/photos/cyzen/)

Manifestación del Partido Pirata Alemán contra la política estadounidense PRISM (Foto: Mike Herbst http://www.flickr.com/photos/cyzen/)

Al secreto le menguan las patas

Es posible que se camine lentamente hacia el final de la información reservada, tanto personal como institucional; por el momento, al secreto le están menguando las patas, aunque no las tiene tan cortas como la mentira. Pero cómo le afecta esto al ciudadano es la clave. Del mismo modo que las huellas que alguien deja en la arena no sirven de nada, a no ser que otro trate de encontrarle, la información que intercambia con sus semejantes son meros datos, a no ser que otra persona los utilice.

El conocimiento es poder y, aunque pueda contenerse en una vigilancia templada, el poder siempre queda latente, capaz de lanzarse contra alguien. El ciudadano Snowden fue capaz de verlo y el resto de ciudadanos tenemos que decidir qué conocimiento y qué poder otorgamos a nuestros gobiernos.

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