Gaspar Llamazares, el pesimista esperanzado

Gaspar Llamazares (Logroño, 1957) nos recibe en su despacho del Congreso de los Diputados, mientras repasa las notas de su próxima intervención con un rotulador de tinta fluorescente. De cuando en cuando, levanta la mirada para atender, mediante el sistema de vídeo en directo que conecta el hemiciclo con las estancias de los edificios anexos a la Cámara Alta, a la exposición que Fatima Báñez realiza sobre el nuevo factor de sostenibilidad incorporado al cálculo de las pensiones.

Tras una debacle electoral sin precedentes y con un solo compañero de bancada, Gaspar Llamazares se convirtió en uno de los políticos más activos de la pasada legislatura, tratando de mantener una presencia a la altura de grupos políticos más numerosos. Hoy, la situación ha cambiado, al menos en parte. Junto a otros diez parlamentarios, forma parte del grupo La Izquierda Plural, pero no da la sensación de que su ritmo de trabajo haya descendido de forma directamente proporcional a la mejoría de los resultados en las urnas.

Rabia fría

En una primera mirada, da la sensación de que Llamazares se enfrenta a la realidad con una cierta desilusión, como quien ha recibido golpes suficientes como para abandonar la esperanza. La paradoja, sin embargo, es que la esperanza sigue viva, desprovista por completo de un caprichoso optimismo infantil y superficial, pero más curtida, consciente y profunda.

Ante la hegemonía aparentemente incontestable de las teorías del fin de la historia que han conducido a muchos hacia un cómodo desencanto, una especie de sedentarismo ideológico, o directamente, hacia el abrazo incondicional a las ideas antes rechazadas, Llamazares ha optado por una rabia fría, que casi parece distante, y que escoge el análisis como base para la crítica. En todo momento, Llamazares se dirige a la inteligencia del interlocutor, nunca a la víscera y, durante la conversación, dispara insistentemente contra tres términos que no dejan de aparecer y con los que ilustra su visión del sistema actual: neoliberalismo, plutocracia y bipartidismo.

Gaspar Llamazares, durante la entrevista con M* (Foto: Mayhem)

Gaspar Llamazares, durante la entrevista con M* (Foto: Mayhem)

Sospechosos habituales

“Desde entonces [con la llegada de Margaret Thatcher], la política neoliberal es hegemónica. (…) [Pero ahora] asistimos a una política neoliberal en estado puro, salvaje, al calor de la crisis. Inicialmente, cuando se produce el primer momento de la crisis, realizan un paso atrás táctico, hablando de paréntesis, de que igual es necesaria una política keynesiana… Pero inmediatamente se reorganizan y, al igual que ganaron mucho dinero en el periodo previo a la crisis, en la especulación financiera y urbanística, ahora pretenden utilizar la crisis para desmontar el Estado social y para encontrar nuevos nichos de negocio, precisamente, en el Estado social. Podemos hacer casi un calendario, por el cual primero fueron a por la industria pública, luego a por las grandes infraestructuras públicas y ahora a por los servicios públicos”, explica.

Esta institucionalización de la ideología es la que, según el diputado, ha llevado a un estancamiento de las élites, que ostentan las distintas esferas del poder en beneficio propio: “La democracia ha derivado en plutocracia o democracia únicamente de los poderosos, de tal manera que en estos momentos es difícil distinguir lo que es la labor del político de gobierno y la labor de las grandes empresas multinacionales. Son intercambiables. Como hemos visto, ha habido en España -no ahora en la crisis económica sino antes- políticos y grandes políticos, presidentes del Gobierno incluso, que han estado en el Gobierno y luego han pasado al consejo de administración de una gran empresa multinacional de la energía o de la comunicación”.

El tercer eslabón de la cadena -que ya conocerá cualquiera que haya escuchado, siquiera en una ocasión, al ex coordinador general de Izquierda Unida- se basa en la fórmula que ha llevado a que los actuales dos grandes partidos se turnen en el poder durante más de tres décadas. “Ese maridaje entre oligarquía económica y bipartidismo ha estado presente y ha dominado y pervertido la vida política durante estos años, de manera que no es distinguible el poder ejecutivo del legislativo, el legislativo y el judicial, el judicial del Tribunal de Cuentas, de cualquier otra institución, del Consejo General del Poder Judicial, del Tribunal Constitucional… Ese modelo pervertido es el que está claramente en crisis”, asevera.

Sin embargo, regresa a su posición más escéptica ante la posibilidad de que esa crisis signifique necesariamente un cambio. Ya sea éste del bipartidismo, al que observa “vivo y coleando, y además muy peligroso, como los tiburones cuando están heridos”, como de todo el modelo oligárquico asentado durante la Transición: “Son muy optimistas los que hablan en esos términos. Una cosa es decadencia y otra cosa el fin. El feudalismo tardó tres siglos en terminar y era decadente, desde casi sus inicios”.

Escepticismo trasformador

Cuando habla de tiburones heridos, Llamazares se refiere a las encuestas electorales en las que se aprecia “por una parte un desgaste muy importante del bipartidismo (…) y, por otra parte, que las fuerzas políticas alternativas crecen”. A una de esas fuerzas alternativas es precisamente a la que pertenece él, Izquierda Unida, pero prefiere no prestar demasiada atención a las cifras: “Tengo tantas heridas electorales y de las encuestas, que ya no me creo ninguna”, sentencia.

Gaspar Llamazares (Foto: Mayhem)

Gaspar Llamazares (Foto: Mayhem)

Eso no impide que la coalición deba prepararse, a juicio de Llamazares, para una nueva situación: “Si quieres ser una alternativa, o eres incluyente o no eres alternativa. Ese es un mensaje que debe adoptar IU. Sus programas deben acercarse cada vez más a capas muy amplias de la población, ya no es un programa sólo para unos pocos, sino que tiene que ser un programa para la mayoría. Eso no quiere decir que pierda fuerza de izquierdas, sino que sean programas amplios. Segundo, sus métodos deben ser más participativos, integrando a mucha gente y las sensibilidades de mucha gente que ya no sólo se ve representada por el diputado que habla bien o por el carisma del dirigente del partido. Y en tercer lugar, hay que tener una política de organización muy incluyente, donde la pluralidad se pueda expresar”.

En busca del frente amplio

Quien habla, lo hace desde la posición de quien dirigió la formación y ahora forma parte de la oposición interna, aunque sus métodos diverjan, según afirma, de los que usó la actual directiva mientras él lideraba la coalición: “A nosotros nos hicieron una oposición, en determinados momentos, muy dura y, en términos públicos, muy agresiva. Yo creo que IU no se la merecía entonces y no se la merece ahora, y por tanto nosotros no la hemos hecho”.

Gaspar Llamazares con Jorge Moreno (Foto: Mayhem)

Gaspar Llamazares con Jorge Moreno (Foto: Mayhem)

En este contexto, Llamazares, junto a otros miembros de IU -como Montserrat Muñoz-, del mundo de la cultura -Almudena Grandes o Luis García Montero-, o de la Universidad -Carlos Berzosa-, funda Izquierda Abierta, un partido dentro de la coalición que, a todas luces, aparece como un contrapeso al PCE, aunque su portavoz prefiera definirlo como “una sensibilidad existente dentro y fuera de Izquierda Unida”.

Pese a que ese movimiento pudiera ser observado como una fase previa a una posible escisión, Llamazares se afana en negarlo: “[Izquierda Abierta] no tiene ninguna intención de competir con nadie. No nace para sumar una fuerza política más al escenario político, ya de por sí complejo. (…) Sería un flaco favor a la izquierda”. Por el contrario, hace hincapié en una voluntad integradora cuyo objetivo último sería la formación de un frente amplio “entre la izquierda social y la izquierda política y para que sea posible revitalizar y reconstruir la izquierda”.

La última bala

Una reconstrucción en la que Llamazares otorga un papel fundamental a los políticos “yo no diría ya jóvenes, porque ya estamos muy maduritos todos, de otras generaciones” que en los últimos meses han adquirido una importante presencia pública, como Alberto Garzón (parlamentario en el Congreso) o Tania Sánchez (diputada en la Asamblea de Madrid). Pero la lista de posibles fichajes no queda ahí, Baltasar Garzón -de quien se habla de cara a las próximas europeas-, o personas procedentes de la movilización social que, reconoce, “ha sido hasta ahora el principal instrumento para defenderse de esta política de austeridad, pero en algún momento tiene que tener también una voz política. (…) Y voces coherentes y fuertes, no voces coherentes minoritarias” se unen a los objetivos de incorporación de la iniciativa.

Este proyecto de “mestizaje”, como lo denomina él mismo, saca a relucir la versión más esperanzada de Llamazares durante el diálogo, llegando incluso a reconocer que, de cara a las próximas elecciones generales, se ve “formando parte de un bloque alternativo al Partido Popular y con capacidad de gobierno”. Quizá esa esperanza no sea más que la última bala de un apasionado de la política, al que ésta ha golpeado demasiadas veces y que, si afirma “no creo que nos podamos permitir un fracaso, ni la izquierda social, ni la izquierda política”, puede estar hablando más de sí mismo que de ningún partido, ni movimiento.

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Lee la entrevista completa a Gaspar Llamazares

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