Inspiración

Thomas Alva Edison es uno de los grandes mitos del sueño americano. De origen humilde, comenzó vendiendo periódicos en un tren regional hasta que la suerte hizo que aprendiera el oficio de telegrafista, lo que le pondría en contacto con la tecnología y le abriría las puertas para convertirse en uno de los más prolíficos inventores de la historia moderna, con más de mil patentes registradas. A él le debemos la invención del fonógrafo o la primera bombilla comercializable a gran escala. La guerra de patentes que libró con los hermanos Lumière aceleró brutalmente el desarrollo de lo que se convertiría en uno de los sectores esenciales de la industria estadounidense durante el siglo XX: el cine.

Edison fue un paradigma del inventor capitalista en su formulación más pura, un ejemplo en carne y hueso de la teoría sobre la economía y el ser humano sobre la que se asienta el imperio estadounidense, el más grande que ha conocido la historia de la humanidad: la búsqueda del beneficio individual y la competencia son la mejor manera de lograr el progreso de la humanidad.

La historia de Topsy

En ese contexto es en el que se enmarca Topsy, una elefanta de circo cuya historia conjuga tres de los ingredientes esenciales del capitalismo a la americana: competencia feroz, espectáculo y sentido de la oportunidad. Allá por 1903 en un circo de Coney Island, los dueños de Topsy habían decidido que, después de matar a tres personas, la elefanta debía ser sacrificada. Decidieron que el método sería la horca, pero las asociaciones protectoras de animales, que ya existían entonces, se les echaron encima por la crueldad del método y consiguieron parar la ejecución.

En aquella época, Edison, ya muy célebre, andaba en medio de una guerra de inventores con Nikola Tesla. La disputa, en un contexto de expansión de la electricidad, era en torno a la idoneidad de la corriente alterna y la continua, abanderadas por Tesla y Edison respectivamente. Como en la guerra vale todo, Edison vio en la historia de Topsy una oportunidad para dar un golpe de efecto y se ofreció a los dueños del circo para practicar un método de ejecución que empezaba a florecer en esos días: la silla eléctrica.

Por motivos técnicos evidentes, la ejecución de Topsy no se haría con una silla, sino a través de electrodos conectados a la cabeza, al cuello y a las patas del animal. Se haría, además, abierta al público y con corriente alterna, para ofrecer a todo el que se acercara una prueba gráfica de los peligros de este tipo de electricidad. Todo un evento publicitario que se grabaría para que el país al completo pudiera verlo.

Por alguna razón, la protectora de animales accedió y a Topsy se le aplicó una corriente de 6600 voltios que terminó con su vida en cuestión de segundos ante los ojos de alrededor de millar y medio de curiosos que se acercaron a presenciar el espectáculo. Además, como se ha dicho, Edison inmortalizó el momento (Electrocuting an elephant se puede ver en Youtube) y lo incorporó a la colección de películas que iba enseñando a lo largo y ancho del país.

Esta interesante historia, que poco tiene que ver con las canciones elegidas para la lista, me sirve para desmitificar un poco la figura de Edison y de paso manipularos emocionalmente para que me deis la razón en lo que vengo a defender. Porque el propio Edison fue el autor de una de las frases que más detesto en este mundo:

“El genio es uno por ciento de inspiración y un noventa y nueve por ciento transpiración”

No voy a echar toda la culpa a Edison. Cuando él pronunció esta frase, de la que ignoro el contexto, no sabía que serviría de punta de lanza de alguno de los grandes males de nuestro tiempo: la industria de la autoayuda y el crecimiento personal. Cuántos libros infames nos hubiéramos ahorrado, cuántos gurús menos si el inventor se hubiera quedado callado ese día.

Diez temas emocionales

Ahora esperaréis que argumente las razones por las que me posiciono tan radicalmente en contra de la afirmación, pero os vais a quedar con las ganas. Mis argumentos hoy no serán racionales, sino emocionales, y toman la forma de las diez canciones escogidas para la ocasión. Porque todas las palabras que pueda utilizar para defenderme no tienen nada que hacer contra el ejercicio de escuchar la primera canción de esta selección. Ya podemos dedicarnos a transpirar todos juntos de aquí a 2030 que no vamos a parir nada que se acerque a los 145 segundos con los que los Beach Boys decidieron abrir el Pet Sounds, inaugurar el pop barroco, superar a los Beatles por unos meses y ganarse la inmortalidad.

La inspiración es algo que no entendemos, por eso nos gusta minimizarla. Un reducto de magia en medio de la dictadura de la racionalidad, un estado de enajenación mental transitoria que te permite ver lo que tienes delante de una manera nueva, como nunca antes lo habías hecho. Todavía somos incapaces de entender cómo tiene lugar esa conexión neuronal que hace decir: “¡coño, la puta gravedad!” “¡La evolución!” “¡Carguémonos la perspectiva y pintemos cubos!” O dejar en el armario la guitarra acústica, coger la eléctrica, inventar el rap, poner de vuelta y media el Estados Unidos de los sesenta y cabrear a la mitad de tus seguidores por haber traicionado tus principios de cantante folk. Para todo eso, Dylan no necesitó ni dos minutos y medio del ataque eléctrico y la voz cabreada que forman el Subterranean Homesick Blues. Y como le sobró tiempo, también hizo uno de los primeros videoclips de la historia (lo siento por los tipos hablando de fondo, pero es lo mejor que encontré en Youtube).

Ese mismo año, Nina Simone tomó prestada a Anthony Newley y Leslie Bricusse la canción Feeling Good y se la robó para siempre en una de las interpretaciones vocales más icónicas de la música popular. Y si la grabación de la cantante de Carolina del Norte coincidió en el tiempo con la de Dylan, Creedance Clearwater Revival, “la Cridens” para los padres roqueros, coincidió en espíritu. Una batería eterna peleándose con una guitarra mientras John Fogerty resume a gritos el sentir de la juventud estadounidense respecto a la guerra de Vietnam. Por desgracia, hoy sólo algunos raperos se atreven a hacer música tan política.

También hay sitio para el amor en esta colección, y viene de la mano del Dios perpetuo de las seis cuerdas. Jimmy Hendrix demuestra en Little Wing que una guitarra puede a veces decir más que todas las voces del mundo y que para hacer una de las canciones más bonitas que existen no hace falta mucho tiempo. Como tampoco le hizo falta a Nick Drake, que en dos sesiones de un par de horas y acompañado únicamente de su guitarra, fabricó la media hora de folk preciosista que desde entonces todo el mundo aspira a emular. Si no lo habéis escuchado, no sé a qué esperáis.

La última tanda de canciones comienza con Wire, que mientras inventaban el post-punk cuando el punk casi no había nacido, decidieron colar en su obra magna, el Chairs Missing, una incursión al pop azucarado que a la postre se convertiría en una de sus canciones más célebres. Tanto es así, que en 2004 se editó un álbum con diecinueve versiones distintas del tema a cargo de otros tantos artistas.

Coldplay molaron algún día

Un guitarra distorsionada, casi agonizante, y los berreos del recientemente desaparecido Adam Yauch, fueron más que suficientes para que ya nadie olvidara a través de los Beastie Boys que los blancos también pueden rapear. Como tampoco conviene olvidar que Coldplay molaron algún día, cuando canciones como su primer single, Don’t Panic, les convirtieron en la mejor banda sonora posible para los días de lluvia. Y para despedir esta ecléctica lista, un himno indie de la extinta banda de Pete Doherty, The Libertines, que con temas como éste se mearon en la cara de las miles de bandas garajeras que aparecen cada año como setas en las islas británicas.

No puedo decir si Edison tenía razón, si la inspiración es sólo un chispazo del 1% o será más. En cualquier caso, medir el proceso creativo en porcentajes es una soberana tontería, y si la aportación de la genialidad es tan pequeña en cantidad, lo que dejan claro estas canciones es que su impacto en la obra es brutal. Todas ellas, por cierto, duran menos de tres minutos, en un homenaje a la brevedad de esos instantes en los que la bombilla aparece sobre nuestra cabeza y todo parece claro de repente. Casi todas, por cierto, comandadas por guitarras eléctricas funcionando con corriente alterna. ¡Chúpate esa, Edison!

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