La segunda muerte

Ya casi habían pasado dos semanas desde aquella tarde a última hora; esa hora en que la luz se va apagando suavemente en el cielo de verano, igual que ahora se iban apagando las cámaras que habían inundado la aldehuela con sus focos. Estaba acaeciendo eso que se llama la vuelta a la normalidad. La vida que sigue y demás frases de brocha gorda que, sin embargo, no dejan de esconder regustos y puñados de verdad, por mucho que fastidie.

Era cierto. La luz en el cielo había continuado desvaneciéndose gradualmente al caer la tarde. Un día tras otro. Pero aquellas dos semanas habían durado lo que un siglo. Y ella sentía que había envejecido esos cien años, uno por uno. El torbellino, el frenesí, se iban aquietando. Los políticos ya no estaban. Los periodistas raleaban. Los vecinos seguían allí, en sus casas de Angrois. Encadenados a la costumbre.

Pero ahora, cada vez que se oía el silbato de un tren en la distancia, ella se estremecía. Y se preguntaba con algo de desazón si alguna vez podría volver a mirar esos cacharros con la indiferencia de antes, cuando los contemplaba con una mezcla de resentimiento y tedio, mientras pasaban a todo correr, partiendo en dos la que había sido la huerta de sus abuelos, esa misma en la que había jugado de rapaza, manchándose de barro y despellejándose las rodillas; que más tarde recibió en herencia, junto a un par de cadenas de oro; y que luego le expropiaron por cuatro perras para que España se subiera al carro de la modernidad. Si por eso era, por bien empleado daba el terruño.

Desde el 25 de julio, las noches las desgranaba con los ojos pegados al techo. Si los cerraba, se le venían a la mente imágenes que no deseaba ver. Y, en el espeso silencio, notaba cómo trabajaba el escalpelo de una gangrena que le estaba royendo las vísceras. Esa gangrena de la que no le hablaba al psicólogo. Los psicólogos habían llegado casi de inmediato, con buena voluntad, con todos los demás invasores de la tragedia, dispuestos a escucharles, a aliviarles en lo posible. Ella contaba, pero por puro trámite, porque le daba pudor quedar mal. No quería que la creyeran una desagradecida. Así que, bien que mal, fingía que se desahogaba. Pero el dolor real se lo guardaba bien dentro. No deseaba traspasárselo a nadie. Lo tenía escondido a buen recaudo, lejos de las miradas, lejos de los telediarios, lejos de los diagnósticos. El dolor que laceraba de verdad lo atesoraba donde no pudiera herir a nadie más.

Flores en la vía en la que se produjo el accidente del tren Alvia cerca de la localidad gallega de Angrois. Foto: Contando estrelas (http://www.flickr.com/people/elentir/)

Flores en la vía en la que se produjo el accidente del tren Alvia cerca de la localidad gallega de Angrois. Foto: Contando estrelas (http://www.flickr.com/people/elentir/)

La manta también la había guardado. La había recibido hacía unos cuantos días, pulcramente empaquetada. El remitente era el Hospital Clínico de Santiago. Con aquel pedazo de tela a cuadros rojos y blancos había arropado a una de las pasajeras. No se engañaba. Aquella manta había sido para una de los 79. Una mujer de su edad. No le había querido mirar la cara ni por un instante, ni aun cuando la envolvía, ni cuando se la estrechaba sin saber por qué contra el pecho, tan fuerte como inútilmente. Para lograr que sus ojos no tropezaran accidentalmente en aquel rostro, se había fijado en las manos. Sus pupilas se habían aferrado a aquellos dedos, repasándolos uno por uno. Y, acto seguido, su cerebro se aferró a un pensamiento.

“No lleva alianza. Tal vez no esté casada. Tal vez no tenga hijos. Tal vez no la espere nadie”. Pero aquel consuelo torpe sólo sobrevivió un segundo. “Estúpida. Claro que la espera alguien. A todos nos espera alguien”. Y, en ese momento, como para refrendarlo, le pareció escuchar la melodía de un móvil emergiendo de uno de los pliegues de la manta. Y ella se había hincado los puños en las orejas para no oírlo.

Y ahora, allí estaba la manta. De vuelta. No abrió el armario, pero la sentía al otro lado de la hoja de madera, bien al fondo, en la tercera balda empezando por abajo. Los demás vecinos habían decidido de común acuerdo donar todas aquellas mantas desdichadas a un centro de asistencia social. Nadie tenía intención volver a usarlas. Ella tampoco. Y, sin embargo, no la entregó. No. No era morbo. Tampoco es que quisiera torturarse. Simplemente, pensó que tenía que guardarla. Como el dolor. Era su responsabilidad.

Dicen que nadie se muere del todo mientras quede el recuerdo vivo. El olvido sí. Eso sí es una muerte definitiva. A casi todos los hombres les es dada una prórroga antes de desaparecer por completo. Pero que puedan jugarla es tarea de los vivos, de los que se quedan detrás, plantando batalla a la amnesia. Ella no era ajena a esta lucha. Ya la había librado por su padre, por su madre y por una hermana. Esos eran sus muertos. Llorarlos y recordarlos entraba dentro de sus previsiones. Con estos otros que se le habían muerto en la puerta, no había contado. Pero no por eso podía desentenderse de ellos. Quién sabe por qué, se los habían encomendado a ella. Y Dios sabía que no escurriría el bulto. Que los cargaría sobre sus espaldas, sobre su memoria. No pensaba consentir que los pasajeros de aquel tren se le murieran delante de las narices una segunda vez.

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2 Respuestas a “La segunda muerte

  1. Emocionante y a la vez maravilloso relato que nos recuerda que la segunda muerte es el olvido. No dejes de escribir relatos.

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