Siempre nos quedará…

Llevaban ya tres horas largas de reunión, lanzando propuestas fallidas que se estrellaban contra la mesa y que allí se morían. Los asesores se estaban poniendo nerviosos. Las neuronas ya no les daban para más. La verdad sea dicha, el asunto era complicado, así que tenían la inventiva al límite, estirada como un chicle en plena operación bikini. El presidente quería marcharse a dormir, pero no podían postergarlo por más tiempo. La gente estaba empezando a ponerse farruca: se les oía pedir explicaciones de tarde en tarde. Así que allí estaban, devanándose los sesos a las tantas de la madrugada, y parecía que iba para largo.

El primer escollo de todos era que no había fútbol. El verano… mala época para el circo. Aquel asunto de Bale era lo único que aportaba un poco de colorín, pero nada… no tenía suficiente chicha. Así pues, los asesores se habían resignado a la desoladora evidencia: en esta ocasión no podían tirar de la carta comodín.

Al filo de la medianoche, uno de los asesores, en un rapto de pereza, había sugerido que se intentara alargar el caso Snowden. Se podía probar lo de coaligarse con Alemania en una cruzada de santa indignación por las tendencias voyeuristas del tío Sam. Afear la conducta de los demás siempre es un recurso muy socorrido y ‘apañao’. Pese al poderoso atractivo del truco facilón, lo habían desechado finalmente, porque a la Merkel, cuanto más lejos, mejor; no fuera a ser peor el remedio que la enfermedad. Se empezaba confraternizando y acababas con un disgusto en la prima de riesgo. Además, lo del espionaje estaba muy visto. La gente ya no se impresionaba con esas cosas.

Habían exprimido las agendas en busca de cantaoras, bailadores y toreros trasnochados que se prestaran a involucrarse en algún follón con cabida en “Sálvame deluxe”. Los artistas siempre suelen mostrarse proclives a eso tan altruista de inmolarse por la patria en situaciones de crisis. ¿Qué ocasión más propicia que ésta para ese derroche de solidaridad y filantropía? Pues nada. Ninguno se había avenido a perpetrar un atropello en estado etílico ni a airear un romance con un alcalde corrupto. Nastis de plastis. La callada por respuesta. Ni siquiera Ana Obregón había condescendido a posar en bañador entre las olas. Aquello era una ruina.

Uno de los asesores, sintiéndose súbitamente inspirado, había propuesto tirar de la familia real. Total, su imagen más maltrecha ya no podía estar. Como la república iba a llegar más tarde o más temprano, que les sirvieran al menos de escudo con los restos del naufragio. Eso que se llama morir matando. Tampoco hacía falta comprometerlos en exceso. Nada como lo del yerno. Algo pintoresco, una anécdota pizpireta. El presidente torció la boca. Aquello le daba mala espina, pero el asesor, a quien ya se le habían fundido los plomos, estaba subyugado con su deslumbrante idea y fue él mismo quien tranquilizó al presidente con un gesto de suficiencia y marcó el número de teléfono mágico.

-Aló… sí, querida, soy yo. Que me estaba preguntando… ¿no tendrá el rey alguna otra amiga?

En Zarzuela colgaron.

Media hora después, uno, con la corbata descolocada, alzó el dedo triunfalmente y señaló que podía reabrirse por enésima vez el debate acerca de los derechos de los homosexuales. Enmendarle la plana al Constitucional y demás parafernalia, que siempre quedaba vistoso. Total, que los tildaran de retrógrados era cosa sabida y un mal menor comparado con la que tenían encima. Pero los demás le echaron para atrás la ocurrencia, porque ahora en Rusia estaban a vueltas con la misma monserga y la comunidad internacional estaba susceptible y de morros con el tema. Además, el papa Francisco andaba por ahí lanzando declaraciones modernas al respecto y, en general, no estaba bien visto eso de ser más papista que el papa.

Tras esta ristra de fracasos, a la desesperada, uno de los asesores aventuró, con una vocecilla temblona:

-Hay una cosa que nunca falla. En Estados Unidos tienen la técnica muy desarrollada y ya se sabe que, en estrategia política, son los más punteros. ¿Qué le parecería que dentro del partido estallara un escándalo sexual? Ya sabe, con alguna Lewinsky de por medio…

El presidente lo fulminó con su mirada somnolienta.

-García, ¿acaso le he pedido que me asesore sobre cómo suicidarme?

La sensación de impotencia hizo que el presidente, por una vez, perdiera la compostura, y les reprochó a los asesores, con la cara transfigurada en remolacha:

-Pero bueno, panda de incompetentes, a ustedes ¿¿para qué les pago?? Se supone que son unos profesionales y no me están dando ninguna solución. Por Dios, ni que fuera tan complicado. ¿Es que en esas facultades suyas de Comunicación no les enseñan nada útil? “Cómo crear una cortina de humo”. Así debería llamarse una asignatura troncal de primero de carrera.

Todos bajaron la vista, profundamente avergonzados. El presidente se desplomó en su asiento. El más animoso, con un hilo de voz, dijo:

-A ver, vamos a calmarnos. El presidente tiene razón. No puede ser tan complicado. Necesitamos un asunto que esté ya más resobado que el tebeo, pero al que se le pueda dar un nuevo enfoque, que no tenga solución, que no lleve a ninguna parte, pero que sea capaz de inflamar el orgullo patrio… Ya sabéis, el espíritu revanchista, preferiblemente contra un país que no dé demasiados problemas pero que, popularmente, nos caiga gordo.

-¿Como Francia?

-Sí, pero no tan evidente.

Tras esta retahíla, todos se quedaron en silencio, tan perdidos como habían empezado, y entonces se escuchó, entrecortada por los sollozos, la voz del presidente:

-Lo que sea, por favor, lo que sea para acabar con este peñazo…

 Uno le posó una mano en el hombro con compasión:

 -No se preocupe, presidente, acabaremos con este peñazo… con este peñazo… con este peñón… chicos… chicos… ¿estáis pensando lo mismo que yo?

Y supo que sí porque a todos se les había iluminado la cara de pronto y, henchidos de emoción y triunfo, sabiendo que habían dado en el clavo, exclamaron al unísono entre vítores y hurras:

-¡¡¡Siempre nos quedará Gibraltar!!!

Peñón de Gibraltar desde su aeropuerto (Foto: http://www.flickr.com/photos/grayskull/)

Peñón de Gibraltar desde su aeropuerto (Foto: http://www.flickr.com/photos/grayskull/)

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