La duda de Ahmed

Ahmed había empezado a dudar. Y no estaba acostumbrado. Aquello a lo que no se está acostumbrado cuesta más. Por eso, desde que la duda se le había instalado en el corazón, vivir le estaba resultando más difícil de lo que lo había sido hasta ese momento. Pero es que el momento también era difícil. Convulso. Y daba miedo.

Daba miedo porque no se podía prever en qué acabaría todo aquello. Vivían en un país en el que se había decretado el estado de emergencia. Egipto estaba gravemente enfermo. Y, de alguna forma remota, pero que no podía apartar de su cabeza, se sentía culpable de la situación, del caos. Culpable, por tanto, de los heridos, de los arrestos, del toque de queda nocturno. También de los muertos. Como quien quita un naipe al azar y es testigo, con horror y sorpresa, de que todo el castillo se viene abajo en un segundo, sin haberlo pretendido.

Cuando acudió a la plaza Tahrir con su mejor amigo aquellos últimos días de enero de 2011, no podía imaginar las consecuencias que vendrían.  Ni siquiera cuando el mundo entero los convirtió en protagonistas de una revolución que bautizaron como la primavera árabe, habría podido intuir todo lo que llegaría después. Cuando Mubarak dimitió aquel 11 de febrero, comenzó a tomar conciencia de la magnitud de lo que habían hecho. Pero jamás sospechó que aquél sólo se tratara del primer capítulo.

Por eso (por la bendita inconsciencia), aquel día, que ahora veía tan lejano, gritó con semejante alborozo, sintiendo que se le henchía la caja torácica, que los pulmones le iban a estallar dentro y que las lágrimas le reventaban en los ojos de orgullo, contagiado por el fervor de los manifestantes, por el entusiasmo desbordante, por la emoción de saber que habían logrado algo grande, por el frenesí que también embargaba a su amigo, y a todos. A su gente. A su pueblo milenario. Nada hay tan glorioso como sentirse parte de algo importante, algo que ha obligado a la mismísima Historia a cambiar de marcha. Habían metido la quinta y habían ganado la carrera… o esa sensación tuvo entonces. Ahora, más de dos años después, se daba perfecta cuenta de su ingenuidad. Ésa que había perdido sin remedio y que echaba de menos.

El primer embate a su inocencia lo recibió pocos meses después del levantamiento. Concretamente, el 21 de julio, cuando Morsi ganó aquellas elecciones en las que él había participado con euforia, a pesar de que su padre se lo desaconsejaba. Era un anciano asustado, que había estado sujeto toda su vida a los inamovibles pilares de la dictadura. Le daban seguridad. Conforme a ellos, sabía cómo vivir. Todo lo demás, lo que no conocía, le daba miedo. Y por eso, profundamente angustiado, le reprochaba que se implicara, con los ojos llenos de terror.

¿Para qué vas a votar? ¿Qué vas a conseguir con eso? Sólo comprometernos. Si algún día vuelve Mubarak, vendrán a por nosotros. Es muy peligroso lo que estás haciendo. No merece la pena. Mejor sería que te quedaras en casa. Esto no puede traernos más que dolor.

-Se equivoca, padre. Lo que nos va a traer esto es… ¡la libertad! Ni más ni menos.

Él estaba convencido, a pesar del escepticismo del viejo. Los de la generación precedente no podían entenderlo. Pero ellos, los jóvenes, sabían lo que se hacían. Tenían razón. No dudaban.

Ahmed sintió por primera vez que algo no encajaba cuando se anunció que los Hermanos Musulmanes habían ganado los comicios. ¿Qué demonios había podido ocurrir? Aquel partido no era la peor opción, pero, desde luego, no daba respuesta a los ideales que habían sustentado su lucha y la de tantos otros. Sin embargo, lo acató. En eso consistía la democracia que habían pedido. Aunque, por primera vez, le vino a la mente ese proverbio que dice que se debe tener cuidado con lo que se desea, porque tal vez se cumpla.

Plaza Tahrir el día de la condena a Hosni Mubarak (Foto: Gigi Ibrahim http://www.flickr.com/photos/gigiibrahim/)

Plaza Tahrir el día de la condena a Hosni Mubarak (Foto: Gigi Ibrahim http://www.flickr.com/photos/gigiibrahim/)

Aquélla fue la primera decepción. Las demás habían ido llegando en cascada durante los últimos dos años. La situación económica no había mejorado. La libertad informativa seguía siendo muy escasa. La Constitución otorgaba una preeminencia vergonzosa al ejército. Por eso y por muchas más cosas, Ahmed tenía la sensación de que no había cambiado nada, de que la revolución que tanto orgullo le había reportado se había quedado en papel mojado. Y le daba tanta rabia que, por las noches, cuando lo pensaba, notaba como que un centenar de cuchillos se le clavaban en las entrañas. Se sentía engañado, ultrajado. Y, en medio de una insoportable humillación, estaba comenzando a creer que tal vez su padre había estado más en lo cierto que él.

Ahora se daba perfecta cuenta de que el pasado 30 de junio, cuando volvió a salir a la calle (en esta ocasión sin su amigo y sin alegría) para unirse a las movilizaciones que pedían que Morsi abandonara el gobierno, lo hizo para demostrarse que lo que habían llevado adelante dos años atrás valía la pena, que servía para algo. Para no tener que dudar, a pesar de que su padre le dijera con una mezcla de burla y desprecio desde la puerta:

-¿Para qué vuelves a la plaza? ¿Acaso conseguisteis algo la otra vez? Un iluso, un maldito iluso. Eso es lo que eres. Algún día, todos lamentaremos lo que estáis haciendo. Recuerda bien lo que te digo: pagaremos vuestra locura con lágrimas de sangre. Y yo me avergonzaré, porque sabré que mi hijo fue uno de los culpables.

Después, todo se precipitó. Ocurrió aquello que él nunca pretendió. El castillo de naipes se vino abajo. Tan sólo cuatro días después, llegó aquel golpe de Estado con el que los militares derrocaron al gobierno para formar otro que, según decían, sería provisional; así como la represión, las detenciones, el toque de queda por las noches. Los centenares de muertos en uno y otro bando, mientras Mubarak, el hombre por el que empezó todo,  sencillamente salía de la cárcel. Era el dolor que su padre había augurado. ¿Y la libertad? ¿Qué había sido de la libertad?

Ahmed estaba aprendiendo algo que no sabía mientras vivió en dictadura, ese régimen que no permite albergar dudas: que las grandes cosas cuestan, casi tanto como aquéllas a las que no se está acostumbrado; que la libertad no es un concepto precioso y redondo que pueda guardarse tras la vitrina con el resto de muñecas de porcelana. Hay que usarla, desgastarla con las decisiones, con los propios actos. Y hay que asumir que, en ese uso, la libertad se rasguña, se ensucia, se estropea, se rompe, a veces te la quitan y, otras, la pierdes. Y, de pronto, la vuelves a encontrar en el resquicio más inesperado.

Por eso, Ahmed ahora se sentía asustado. En el nuevo escenario, no sabía vivir. Igual que su padre. Como él, se enfrentaba a cosas que no conocía; que, desde luego, no podía ni imaginarse aquel día en el que, en la plaza Tahrir, creyó estar iniciando una nueva era, que las cosas serían fáciles y hermosas a partir de entonces, que todo el año árabe sería primavera. Ahora, habían llegado el resto de estaciones. Y  Ahmed había empezado a dudar.

***

Foto de portada: Plaza Tahrir en febrero de 2011, por Jonathan Rashad (Flickr: drumzo)

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