Mute

Julián Carpintero | Falso9

En ocasiones, la vida nos pone ante situaciones que escapan a nuestro razonamiento, circunstancias que nos plantean interrogantes cuyas respuestas no seremos capaces de hallar pese a las muchas vueltas que le daremos en nuestra cabeza. La muerte de un familiar, un suspenso en un importante examen, una enfermedad inesperada o la ruptura con una novia. Una vez asimilada la noticia, lo que nos desvelará en los instantes siguientes no será el hecho en sí, sino la desesperación por entender los motivos y el impacto que las consecuencias tendrán en nuestras vidas.

Es necesario explicar que quien escribe estas líneas no ha pasado, recientemente, por el mal trago que supone cualquiera de los anteriores episodios. Mi melancolía se debe a que mi jugador favorito ya no juega para mi equipo, algo tan aparentemente banal que para los que no entienden el fútbol como una forma de vida puede resultar frívolo, pero que, no obstante, a mí me ha dejado la misma sensación de abandono y desorientación que la que sentiría un pijo de Velázquez si una mañana despertara en Usera.

Mesut Özil ya no forma parte del Real Madrid. Se ha ido, aunque para hacer honor a la verdad es necesario decir que los que toman las decisiones en Concha Espina le han abierto groseramente la puerta para sacarle a empujones. El jugador más transgresor de cuantos había en el vestuario blanco se marcha a la City en una decisión incomprensible por parte de Florentino Pérez y toda su junta directiva, puesto que si alguien tenía que marcar la diferencia en esta nueva etapa que prometía ser una oda al toque, a la imaginación y a la sutileza ese era él.

Debido a mi juventud no he podido disfrutar de la inteligencia de Di Stéfano, el cambio de ritmo de Amancio, la visión de Netzer, la sutileza de Velázquez o la electricidad de Martín Vázquez. Apenas recuerdo la fantasía de Laudrup, pero sí que visualizo con nitidez la solvencia de Redondo y la calma de Mijatovic, todos ellos precursores del hombre que ha marcado para siempre a los madridistas de mi generación: Zinedine Zidane. Desde que con el ‘5’ a la espalda se despidiera del Santiago Bernabéu en mayo de 2006 –un 3-3 ante el Villarreal que tuve la suerte de presenciar en directo– ningún jugador había defendido el mismo escudo con una elegancia similar con la que ha desfilado Özil en estos tres años. Un futbolista al que no era necesario verle, pues bastaba con oírle.

Música

Mesüt Ozil con la selección alemana (Foto: Wikimedia http://commons.wikimedia.org/wiki/File:Mesut_%C3%96zil,_Germany_national_football_team_%2804%29.jpg)

Ozil, con Alemania (Foto: Wikimedia)

Özil, mucho más que un simple jugador de fútbol, era música. En función de la fase del partido podía ponerse el traje de un sobrio director de filarmónica o colocarse unas gafas de pasta como el más alternativo de los cantantes indies. Quizá la miscelánea de culturas que corre por sus venas le hace ser distinto, casi podría decirse que sensible, sintiéndose culpable cada vez que batía al portero rival, motivo por el cual sus detractores le colgaron la manida etiqueta de la irregularidad. ¿Acaso podía Beethoven componer todos los días una sinfonía a la altura de la Novena? Evidentemente, no.

Con él nos referimos a un genio descomunal, un talento infinito al que nunca le tembló la pierna en los partidos grandes y al que la historia acabará bautizando como un adelantado a su tiempo. Cuando en Alemania todavía se miraba con recelo al juego de asociación, él se empeñaba en tirar paredes; cuando el disparo desde media distancia era el recurso sencillo, más ganas tenía él de explorar el área; cuando el asedio por alto era la última opción, él se escurría por abajo como el agua entre los juncos. Parafraseando a Love of Lesbian, Özil era capaz de convertir las curvas en rectas.

Sin embargo, el repertorio del ya antiguo ‘10’ del Real Madrid no se limitaba a una pegadiza canción de verano, sino que podía ser rompedor imitando los ‘Levels’ de Avicii, como aquella noche de Copa en el Camp Nou, cuando teledirigió a la escuadra un balón desde 30 metros; sutil como el ‘Vals de las Flores’ de Tchaikovski, recordando su gol de falta al Borussia Dortmund con el partido agonizando; enigmático, como la ‘Maldita dulzura’ de Vetusta Morla, cabizbajo y medio sonriendo, sabedor del trabajo bien hecho, cada vez que era sustituido; único, como el ‘Lonely Boy’ de The Black Keys, siempre que veía el espacio justo entre una maraña de piernas.

El hombre que, como dijo Menotti, daba pases de gol a las redes, se lleva su música al Emirates Stadium. “Es bueno –pensarán los directivos blancos– pero nunca aparecerá en la portada de un videojuego”. Por culpa de ellos, a pesar de que es un equipo que no me cae especialmente simpático, este año el Arsenal tendrá un seguidor más. Özil será lo que quiera ser, como reza el ‘Whatever’ de Oasis, pero lo que es seguro es que en Chamartín nos hemos quedado sin sonidos, que no sin ruido. De momento, y hasta que Isco corrobore las magníficas vibraciones que desprende, los partidos del Madrid tendré que verlos con subtítulos.

***

Foto de portada: Mesüt Ozil, en un partido del Real Madrid contra la Real Sociedad en 2011 (Foto: Jan S0lo )

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