No es tu guerra

-Parece que al final no va a haber guerra con Siria, ¿no?

-Eso parece.

La voz musitada de John casi no se oyó por encima del chisporroteo de la tele.

“Hoy se cumplen doce años del peor ataque terrorista sufrido por los Estados Unidos de América…”, recordaba la presentadora de los informativos, mientras a su espalda el avión se abalanzaba como un dardo certero contra la torre Norte. Como si fuese posible olvidarlo.

Wendy apartó la mirada de la pantalla. Las imágenes del atentado le barrían el rostro a John, con una luz blanquecina, fría y cambiante. Él, adormilado en aquel salón a oscuras, miraba sin ver. Fijamente, pero sin enterarse de lo que le llegaba a las retinas.

-Pero, si la hubiera, tú tendrías que ir, ¿verdad?

-Sí. Ya te lo expliqué.

Wendy volvió a clavar la mirada en la tele. El Pentágono ardía.

-¿Tú crees que no la va a haber?

-No lo sé. Eso dicen.

-Ya. Pero yo quiero saber lo que piensas tú.

John se volvió por fin hacia ella, con una mueca de extrañeza.

-Pero, ¿se puede saber qué te pasa? Ya te he dicho que no lo sé. ¿Por qué te interesa tanto saber lo que yo pienso?

-Pues porque de ellos no me fío –replicó Wendy irritada-. Todo eso que hablan, en la ONU, y en las embajadas, y en sus gabinetes de crisis… es todo tan confuso. Tan pronto dicen una cosa como la contraria, y yo no entiendo nada. De hecho, cada vez entiendo menos. Jamás pensé que el presidente fuera a ponerse de parte de la guerra y mira.

-¿Y por qué no?

-¡Porque lo dijo! ¡Lo prometió! Dijo que no habría más guerras. Por eso le voté en noviembre, y ahora me siento engañada, ridícula… siento que me han tomado el pelo a base de bien.

-¿¿Que tú votaste a Obama??

John se ladeó completamente para poder observar a Wendy de frente, con la boca abierta y la sorpresa más absoluta anidándole en las pupilas. Ella evitó su mirada, apretó los labios y asintió brevemente, de forma casi imperceptible.

-Pero, ¿¿cómo se te ocurrió votar a Obama?? Tú eres republicana de toda la vida… Toda tu familia es republicana. ¡Sois de Texas, por amor de Dios! ¿Por qué me mentiste? ¿Por qué diablos votaste a Obama?

Wendy tragó saliva, y con un hilo de voz, respondió:

-Por agradecimiento. Fue mi forma de darle las gracias.

-Pero… pero… Vamos a ver, que me estoy quedando a cuadros, ¿¿qué tenías tú que agradecerle a Obama??

Monumento en memoria de los soldados americanos caídos en Afganistán e Irak (Foto: Allie Caufield http://www.flickr.com/photos/wm_archiv/)

Monumento en memoria de los soldados americanos caídos en Afganistán e Irak (Foto: Allie Caufield)

Wendy permaneció un segundo eterno enrocada en su silencio, mientras John esperaba su respuesta, contemplándola como si fuera una extraña.

-Que te sacara de Irak. Que te trajera de vuelta. Gracias a él pasaste las navidades del 2011 en casa, conmigo, por fin. Desde que nos casamos, no habíamos pasado unas navidades juntos. Él me hizo el mejor regalo de Navidad que podría haber deseado, y por eso le voté. Por gratitud.

John suspiró hondamente, bajó la vista y se frotó la nariz.

-Pero, vamos a ver, Wendy… sabes que soy soldado. Lo sabías cuando te casaste conmigo. Y sabes que la misión de un soldado es ir a la guerra. Siempre pensé que estabas orgullosa de eso.

Ella soltó una risa sorda, amarga, al tiempo que clavaba los ojos en la penumbra del techo.

-Sí… estaba orgullosa. Lo estaba cuando era una niña estúpida que sólo sabía que iría de tu brazo al baile de fin de curso con un vestido rosa y que luego se casaría contigo, con su novio de toda la vida, con el héroe del que estaba tan enamorada, porque era un valiente que se iba a alistar en el ejército para defender y glorificar a su país y que, en sus ratos libres, aún tendría tiempo y ganas de construir con sus propias manos unos columpios en el patio de atrás de casa para que jugaran nuestros hijos. Sí, John, efectivamente. Estaba orgullosa.

-¿Y entonces? –preguntó él, que seguía mirándola sin salir de su asombro.

-Entonces pasó lo más inesperado.

-¿El qué?

-Que empecé a amarte de verdad. De una forma que jamás pensé que existiese. Cuando nos casamos, creía de verdad que ya te quería. De verdad. Lo creía sinceramente. Pero más tarde me di cuenta de que no era así. Que lo que sentía entonces no tenía nada que ver con el amor real. Ese amor vino después. Y me di cuenta, precisamente, el día que comencé a desear con cada fibra de mi cuerpo que no te marcharas a Irak. De pronto, me daba igual todo: que fuera tu deber o la vida que habías elegido, el honor de que luchases por la seguridad del país, el heroísmo, los columpios en el patio, el orgullo… todo. Todo eso dejó de importarme y pensé que tenía que haber estado loca para haberle dado importancia alguna vez. De repente, lo único que contaba es que siguieras con vida. Y eso era lo único que nadie podía garantizarme. “¿Qué quiere usted?”. “¡¡Que mi marido esté vivo!! ¿Nadie puede entender algo tan simple como eso? ¿Cómo pueden mandarlo allí sabiendo que puede morir? ¿Están todos ustedes locos o qué les pasa? ¿Es que no tienen alma? ¿¿Qué demonios pasa por su maldita cabeza??”.

Wendy había comenzado a chillar. John la tomó por los hombros.

-Cálmate. Estás perdiendo los nervios. Es muy egoísta y muy poco patriótico eso que estás diciendo.

El rostro de Wendy era una máscara de cera cuando dijo:

-Me paso el patriotismo por el coño.

John la soltó de golpe y se separó de ella, sin dejar de mirarla. Una desconocida que durante las últimas horas había estado sentada junto a él en el sofá. La dulce Wendy, a la que creía conocer desde hacía una década.

-Jamás pensé que te escucharía hablar así. Estás loca.

-Sí… loca. Loca como aquel hombre al que vimos cuando fuimos de viaje a Nueva York.

-¿Qué hombre?

-Ése que estaba mendigando en una esquina de la Sexta Avenida. ¿No le recuerdas? Yo sí. Debía de ser bastante joven, pero parecía un viejo. Sí. Estaba muy deteriorado… Tenía un cartelito delante, junto al platillo de las monedas. Ponía “combatí en Afganistán”. Guau. Un veterano de guerra, nada menos. Un veterano del glorioso ejército estadounidense. Pero… ¡un momento! ¿Qué hacía allí, pidiendo limosna? ¿Cómo es que no estaba trabajando o… o sacándole brillo a sus medallas condecorativas? ¿Acaso lo habían dejado de lado, le habían abandonado? Qué va, un loco…

-Wendy, no vayas por ahí, no te pongas irónica… Sabes perfectamente que…

Pero ella ya no le escuchaba.

-¿Y sabes qué es lo peor, John? Que son otros los que están jugando con nuestras vidas. Alguien que ni siquiera sabe nuestros nombres y que, en este preciso momento, está jugando a los soldaditos en su despacho, y nosotros sólo podemos esperar. Esperar a que decida… algo. Algo de lo que depende toda esa pobre gente que está ahora en Siria, preguntándose si los van a invadir, si tienen que marcharse para que no los masacren, si van a bombardear sus casas, si lo van a perder todo, sus amigos, sus familias, igual que yo me pregunto si tú vas a perder una pierna o los dos brazos, o si yo voy a perder a la persona a la que más quiero en el mundo… Y todo eso depende únicamente de unas personas que no tienen más que sentar su maldito culo en una butaca y firmar unos putos papeles, para que otros luchen su guerra. Esa guerra que no es tuya. Que tampoco es mía. Y yo no puedo soportarlo. Me educaron para que lo soportara, pero es tan injusto, que, sencillamente, no puedo soportarlo. Cada vez que lo pienso, me entran ganas de gritar y de apuntar a alguien con una pistola y decirle: “Hijo de perra, no te atrevas a quitarme lo que es mío, porque por Dios juro que te mato”.

John dejó por fin de mirarla. Se recostó en el sofá, se acomodó plácidamente las manos sobre el regazo, carraspeó y volvió a observar la tele, en completo silencio. Wendy también se calló. Sólo escudriñaba el perfil sereno de él con el rabillo del ojo. El programa especial de aniversario del 11 de septiembre continuaba, con su cascada de imágenes de archivo. Al cabo de unos minutos, John dijo:

-De todos modos, si quieres saber mi opinión, no creo que vayamos a atacar Siria.

-¿De verdad lo crees?

-Sí.

-Oh. Entonces, todo está bien.

***

Foto de portada: Manifestación contra la guerra en Siria (Debra Sweet)

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