La excavadora de Djukic

Mario Becedas | Falso9

Las cosas no van bien. El factor trabajo se desmorona y el estrato social humilde hierve su sangre tarareando las estrofas de las nanas de la cebolla. El viento de la austeridad vuelve a ser el del pueblo y las curtidas manos de los trabajadores una bonita metáfora de otro tiempo. Entre tanta desolación y futuro hambre, los pequeños gestos para con los sufridores son siempre bienvenidos. El vulgo soberano ya no es ignorante,  y a base de minúsculas pantallas táctiles se va dando cuenta de hacia dónde nos mueven el cotarro. Por eso, el estado llano es capaz de distinguir perfectamente entre mercadotecnia y sinceridad.

Esclavos del storytelling de las grandes empresas al que se le empieza a ver el cartón, los parroquianos saben a qué atenerse cuando sale a la luz la enésima historia humana de la crisis. Quizá por eso los valencianistas enseguida entendieron el mensaje de su nuevo entrenador, Miroslav Djukic, subido a una excavadora con la que, más que montones de tierra, removía las escenas de superación de vidas que se han vuelto complejas.

La vida es una oscilación constante

Empuñando con maestría los mandos de la aparatosa máquina, el serbio ponía de manifiesto en su vídeo de presentación una mentalidad inquebrantable basada en la sinceridad y la sobriedad. Con un español tosco y macarrónico, Djukic nos dice que un día te estás levantando demasiado temprano para coger una excavadora y poco después fallando un penalti para toda la vida en las filas del Depor. La vida es una oscilación constante en la que no podemos permitirnos dejar de soñar.

Lo que propone implícitamente el otrora futbolista es valorar el recorrido y nunca dejar atrás la perspectiva. No se nos puede olvidar de dónde venimos, un flashback de fácil aparición en épocas de dureza. El valor de haber llegado a ser un futbolista millonario, no más que otros muchos, y entrenador de élite le hace al ‘mariscal’ recordar con más fuerza los madrugones para ayudar a una familia en problemas, la suya propia, la que más le duele; con la que no hay ni réplica ni negociación.

Un equipo carcomido

Djukic no ha necesitado mirar a los ojos a la familia del murciélago para declararles desde su basta inocencia y su bruta candidez que él ya sabe lo que es sufrir. Llegar a un equipo carcomido por el hormigón y el pelotazo, con una fuga incesante de talentos y con una abulia desmedida es el nuevo reto que sigue asumiendo a cada jornada. Un pacto tácito entre su voluntad implícita y la adversidad.

Tanta es ésta que los viejos fantasmas han vuelto a rodear Mestalla. La sonora pitada después de la humillante derrota ante los cisnes del Swansea acabó con la afición plantándose delante de la fachada del club en la misma pose que los campesinos del Quarto Stato en ‘Novecento’. Sólo que aquí preponderó la palabra “huevos”. Sin embargo, para sorpresa de muchos, los alaridos no iban contra el bueno de Miroslav, porque la afición sabe que es uno de los suyos, de los nuestros.

Y es precisamente el ser uno más lo que ha permitido que el respetable haya valorado el esfuerzo incesante por cambiar el sistema, por poner a punto los jugadores, por aupar a un Valladolid hecho con remiendos en su verdadero debut como preparador. Pero, a su vez, esta valoración también le otorga una gran responsabilidad.

Con su casco bien enfundado, el mono azul listo y los guantes bien ceñidos, el obrero Djukic tendrá que coger los mandos de su excavadora naranja y separar los montones de grava de los de tierra. Volver a ilusionar a un equipo y a una ciudad, inventar el fútbol sobre jirones, apagar incendios falleros como el del central Ramiquien dice que el serbio no le habla a la cara— o empatizar con la masa social que ni siquiera podrá comprar este año su abono. Precisamente por los vacíos en el sector de la construcción que ha provocado la crisis, Djukic está ante su mayor obra.

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Foto de portada: Djukic posa con la bufanda del Valencia (Foto: enelareachica.com)

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