Las brujas de Zugarramurdi: Álex, el tercer acto no es lo tuyo

Durante alrededor de una hora estuve convencido de que Las Brujas de Zugarramurdi me iba a gustar. El humor costumbrista, la violencia y el absurdo estaban muy bien engrasados, las piezas del puzzle que se había planteado parecían interesantes y un señor que quería ir a Badajoz estaba en un maletero. Después de una secuencia de apertura magistral, con un atraco y fuga en la Puerta del Sol que se quedará grabado en las cabezas del que lo vea –sobre todo de los madrileños- la road movie por la A-1 funcionaba. Hasta que algunos personajes se ponen a andar por el techo.

Que nadie me malinterprete, no tengo ningún problema con que en la película haya magia, conjuros y brujas. De hecho una de las cosas que más me gusta del cine de Álex de la Iglesia es precisamente el sabor bizarro que suelen tener sus películas. El interés suele caer cuando lo abandona, como sucedió por ejemplo en la sobria y academicista Los Crímenes de Oxford. El problema aquí es otro: la cosa deja de tener ritmo para funcionar al sprint, los personajes dejan de ser curiosos para convertirse en monigotes que corren unos detrás de otros  y, sobre todo, la cosa se vuelve muy aburrida.

Sería necio negar el encomiable despliegue visual y las continuas y trabajadas referencias, que abordan lo cinematográfico, lo popular y hasta las constantes propias del director, pero mientras eso pasa la historia se te ha escapado entre los dedos. Posiblemente un cambio tan brusco de protagonistas tenga algo que ver con ese efecto de desconexión, porque a partir del momento en el que las brujas toman el control de las acciones, los personajes a los que hemos estado conociendo durante una hora se convierten en seres completamente pasivos. Un traspaso tan brusco del peso de la película quizá hubiera requerido dar un poco más de fondo a Carmen Maura y compañía. Sólo Hugo Silva permanece como activo en la recta final, pero lo hace para desarrollar una de las historias de amor más delirantes (para mal) que recuerdo, así que bien podría haberse quedado con los demás.

Ya he hablado del virtuosismo de los primeros minutos, pero también hay que destacar en ese aspecto la secuencia del clímax final. Todos los elementos se acumulan en un elogio al exceso que incluye hasta una animación en tres dimensiones sorprendentemente bien resuelta. Enrique Cerezo no debió de poner problemas para disponer de dinero y de la Iglesia se da un homenaje. Pero no es suficiente, porque a esas alturas ya todo te ha dejado de interesar un pimiento y sólo los más enamorados de aquelarres, hechicerías y demás imaginarios místicos llegarán hasta allí con fuerza suficiente para gozar del espectáculo. Toda una lástima para el resto, que llevamos ya más de tres años sin disfrutar de una gran película de uno de nuestros directores más talentosos.

Lo que dije de Las brujas de Zugarramurdi

Espero al Álex de la Iglesia más desbocado, el que alucinó a toda España con esa maravilla con patas que es El día de la bestia. Dudo que alcance ese nivel, sobre todo porque lo chivan desde el Festival de San Sebastián, pero me conformo con una marcianada a la altura de Acción Mutante o Balada triste de trompeta.

La peli sí se puede enmarcar en medio de esa colección, pero sin duda no llega a la calidad de ninguna de las citadas.

Ambas, como probablemente pase con esta, presentaban tal acumulación de frikismo y despiporre que hacia el final se convertían en tornados imposibles de manejar. Pero sin duda prefiero al Álex imperfecto haciendo lo que más le gusta que nescafés descafeinados como La chispa de la vida.

Exacto, pero aún peor. Aquí la cosa se va de las manos antes de que sea necesario. La película se va sola sin que nadie la empuje por culpa de un cambio de timón demasiado brusco que pilla desprevenido. Eso sí, es Álex de la Iglesia puro y duro, nada de sucedáneos light. Incluso el hiperbólico grito de todo vale con el que se cierra la cinta parece querernos decir que sí, que Álex sabe que no sabe rematar la faena pero que le da bastante igual.

Más allá de eso hoy me tengo que rendir. Una película que empieza con un atraco en la Puerta del Sol perpetrado por un soldadito verde, Jesucristo y un niño armado escapa a mis facultades de predicción.

Pues revisando el tráiler después de haberla visto, la verdad es que si hubiera hecho un esfuerzo mental un poco más grande que el que hice en su momento podría haber tirado del hilo al menos un poco más. Lástima que tuviera un viernes no demasiado aplicado.

Os puedo decir que será una locura, grosera, bestia y desagradable a ratos. Que a algunos de los actores no los habremos visto nunca tan despendolados y que Mario Casas pondrá cara y voz de Mario Casas. Me extrañaría mucho no pasármelo en grande mientras algunos tiquismiquis se revuelven en sus butacas asqueados con lo que ven.

Lo cierto es que el patio de butacas sabía a lo que venía y no pareció que nadie se escandalizara. Los momentos desagradables no alcanzan las cotas de Balada triste de trompeta y también sería raro que a estas alturas a alguien le pillara de sorpresa el cine de Álex de la Iglesia. En lo referido a los actores, hay de todo un poco, pero en general bastante bien. Ya que le mencioné para meterme con él, diré que Mario Casas está más que aceptable en su papel de Mario Casas pero un poco más tonto y un poco más cani que de costumbre (esto quería ser un elogio, lo prometo).

¿Qué gafas me llevo?

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Entonces: ¿voy a verla?

A los más incondicionales del director posiblemente no les defraudará, porque toda su esencia está ahí. A los demás me lo pensaría dos veces antes de recomendársela.

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