Los mutantes

Una de las características de la industria tecnológica es que cada cierto tiempo tiene que crear una nueva necesidad, que parta de la innovación, cuando el mercado está saturado de tanta competencia. Algunos lo pueden llamar la perversión más frívola del capitalismo. Otros se decantan por pensar que es el máximo aprovechamiento de la ciencia para hacer la vida más fácil. Pero el resultado práctico es que, de vez en cuando, vemos monstruos que cobran vida.

En el fondo, todo este artículo es una excusa para utilizar el peor monstruo, la peor palabra que puede existir en castellano: “tabletófono”. Es la adaptación castiza del vocablo “phablet”, que delimita el nicho de mercado que queda entre un móvil y una tableta.

Con cada nueva presentación, llegó un momento en el que las dimensiones de las pantallas de los teléfonos inteligentes eran cada vez mayores, mientras que las tabletas iban reduciendo su tamaño. Así que se creó una nueva familia tecnológica, que tiene bastante acogida en el mercado asiático.

Otro de los inventos “híbrido-mutantes” que están llamados a ser la sensación del medio plazo son los relojes táctiles conectados al móvil, desde los que se puede hablar por teléfono o consultar la actividad en redes sociales a través de aplicaciones. Samsung y Sony ya tienen un modelo cada una.

A todos los amantes de la saga 007 nos encantará poder recibir informes del MI6 directamente en el reloj, pero cabe preguntarse si resulta tanta molestia meter la mano en el bolsillo y sacar el móvil. Ese es el riesgo que se corre con el avance de la ciencia, algo que ya sufrieron los X-Men: que los mutantes a veces no encuentran aceptación entre los humanos.

No parece que sea el caso pues, en el nuevo mundo del internet de las cosas, cualquier trasto mínimamente inteligente y con un sensor que nos acompañe durante todo el día puede aprender de nuestros hábitos y ayudar a mejorarlos.

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Foto de portada: Phablet (Graeme Paterson)

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Una respuesta a “Los mutantes

  1. En muchos casos, estos mutantes no hacen sino “descapar” posibilidades del software que el hardware ya ofrecía, como ocurrió con las cámaras DSLR de canon que empezaron a poder grabar vídeo. Al fin y al cabo, un iPad no deja de ser un iPhone que no deja hacer llamadas.

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