Deconstruyendo el Cholismo

La ribera del Manzanares bulle de felicidad desde hace dos años. Mientras un portugués se dedicaba a remover a la parroquia de los barrios altos de la Castellana, un argentino hincha de la Academia conseguía unir a todos los colchoneros bajo una misma enseña: la del esfuerzo constante, la lucha continua y el espíritu ganador. La “oración del partido a partido”, una letanía interiorizada por jugadores y aficionados rojiblancos, que ya comienzan a ver la naturalidad de ganar en Chamartín sin necesidad de ir al día siguiente a festejar al dios Neptuno. La cualidad de hacer las cosas bien, de no renunciar a la filosofía propia por grande que sea el rival, tiene un nombre desde hace dos temporadas en el Calderón: Cholismo.

Puede parecer apelativo vulgar, pero justo cuando un equipo no es sino imagen plasmada en once componentes del carácter de su entrenador: lucha y brega constante, confianza en las potencialidades propias y huida de la complicación. No siempre lo más recomendable es tratar de ser el Barça, no todos tienen que seguir la estela de Guardiola –maravillosa en lo futbolístico, por otra parte- para obtener buenos resultados. Hay otro fútbol. Es posible, y no por ello es menos vistoso. La misma ingeniería de toques engarzados en fino hilo de plata que permite a un argentino rematar de azulgrana y acumular títulos colectivos e individuales, le permite a otro diseñar jugadas de relojería propias del laboratorio de un orfebre. Si el primero era de Rosario, el segundo es de Buenos Aires. Diego Pablo, para más señas.

Criado en el barrio de Palermo Viejo, ahora una zona bien del norte de Buenos Aires, entre la comercial Avenida Santa Fe y la populosa Avenida Córdoba, el joven Diego Pablo vivía en un barrio que después se convertiría en un espacio privilegiado de la Capital Federal, rodeado por los bosques de Palermo por el norte, y cercano a los nuevos centros del bolicheo nocturno, como plaza Armenia, donde las viejas tonadas de Gardel y el rock&roll se alternan en milongas como “La Viruta”.

“Me empezó a gritar ‘Cholo, cholo’. Y quedó”

Hincha de Racing -como el gran Gustavo Cerati, líder eterno de los Soda Stereo– pero formado en las inferiores de Vélez Sarsfield, “Cholito” heredaba su apodo de otro Simeone, Carmelo que hizo fortuna ganando tres campeonatos con el Xeneize, Boca Juniors, todo lo contrario que Diego Pablo, que fue grande en el Monumental, en la casa del Millonario, River Plate. El apelativo se lo puso Óscar Nessi, en el infantil de Vélez Sarsfield, uno de los clubes de mejor cantera del fútbol argentino. “Un día me empezó a gritar: “Cholo, Cholo”, por el otro Simeone. Y quedó”, explicaba Diego Pablo a El Gráfico.

'Cholito' Simeone en Vélez Sarsfield en 1987 (Foto: El Gráfico/Wikimedia http://commons.wikimedia.org/wiki/File:Simeone_1987.jpg

‘Cholito’ Simeone en Vélez Sarsfield en 1987 (Foto: El Gráfico/Wikimedia)

Todavía no era ‘Cholo’, y no lo fue hasta bastante más tarde, un apelativo extendido a lo largo de toda Latinoamérica, y que llevaron otros grandes como el peruano Hugo Sotil, que llegaría a jugar en un Fútbol Club Barcelona en el que un holandés espigado revolucionaba el juego con el 14 a la espalda. Su apellido era Cruyff.

Simeone tuvo que pasar por Italia y fajarse tres años en Pisa antes de encontrarse con uno de los entrenadores que marcaría su historia: Carlos Salvador Bilardo. Sería en Sevilla, donde también tendría un encuentro fugaz con el más grande: Diego Armando Maradona. Un loco, como cantaría después Calamaro. El Cholo recordaría su paso por la ciudad hispalense como “mi trampolín”. El que le abriría las puertas de Real Madrid, Atlético o Roma. Ironías del destino, el entrenador que arrebató una final a los blancos en su estadio –aunque no fuera la primera vez que lo hacía el Atlético- podría haber sido merengue como futbolista. Gracias que no lo fue, suspiran en la glorieta de Pirámides.

Épica en rojiblanco

En 1994 llega al Calderón, a un equipo grande que había tenido dos temporadas realmente malas. Después de ganar dos Copas del Rey, los últimos dos proyectos –si es que se les puede llamar así- de Jesús Gil y Gil habían sido desastrosos. Delanteros como el polaco Kosecki o el colombiano Adolfo ‘Tren’ Valencia, más célebre por el anuncio que una marca de automóviles haría con él años después que por sus goles en el Calderón.

Todo cambiaría a la siguiente temporada, con la llegada de un entrenador serbio con un inefable español de ortopedia y dos fichajes tan infravalorados a su llegada como gigantes en su rendimiento: el guardameta José Francisco Molina que llegaba de recibir goleadas en el Albacete y terminó marcando una nueva tipología de portero, con capacidad de jugarla con los pies. Con él, el serbio Milinko ‘Sole’ Pantic, un desconocidísimo jugador que se ganó un hueco en el corazón de la hinchada rojiblanca por su exquisito golpeo a balón parado. Por él, todavía se dejan flores en una de las esquinas del Calderón. Ay del futbolista que se atreva a apartarlas con desdén: sufrirá la ira de la hinchada todo el encuentro.

Simeone fue campeón del doblete el mismo año que Bon Jovi abría su “These Days European Tour” en el coliseo rojiblanco. El 1 de junio de 1996 sonaban los acordes de este “Keep the faith” en el estadio del Manzanares, tan solo siete días después de que el Atlético se proclamara campeón de Liga por novena vez en su historia.

De aquellas temporadas de rojiblanco también quedó una mancha en su historial: la terrible entrada a Julen Guerrero, la estrella juvenil del Athletic de Bilbao y de las carpetas de toda quinceañera de la época. Tiempo después, Simeone diría al respecto: “Fue un error, eso no hay que hacerlo. En ningún momento pensé en lastimarlo; cuando vi la sangre me asusté. A partir de ahí me asesinaron todos. Y yo, como siempre, en vez de meterme para abajo, quería pelear, discutir”

Periplo italiano y llegada a los banquillos

Una participación en Liga de Campeones y la sed de mayores cotas europeas llevaron a Simeone hacia el dinero italiano, donde el Rey Midas de la época era el Inter de Milán, con el que ganó una Copa de la UEFA, y obtuvo liga y copa con la Lazio. En una carrera ya en los últimos estertores, Simeone se dio el lujo de jugar en los dos clubs de su vida: el ‘Atleti’, al que volvió para otras dos temporadas, y su Racing de Avellaneda, en el que estuvo un curso.

Al regreso como jugador a la Argentina, a la tierra del ‘flaco’ Spinetta y su “Muchacha ojos de papel”, le siguió una rápida reconversión como entrenador en la Academia, sin demasiada suerte. La que sí que tuvo en la vecina ciudad de La Plata, haciendo campeón al Estudiantes del Apertura 2006.

Tampoco saldría bien del “Pincha”, pero recalaría en una cota aún mayor: River Plate, al que hizo campeón del Clausura 2008. Seguramente Charly García recordará con gusto ese título, el último hasta la fecha de los “gallinas”, que pasaron tres temporadas después por el drama del descenso y un curso en la Primera B Nacional. Meses de soportar una y otra vez las “cargadas” de los hinchas de Boca. Pero ya Simeone no estaba en este equipo, en el que hoy sí pervive su apellido, ya que su hijo Giovanni forma parte del plantel que dirige Ramón Díaz, mítico DT del Millonario.

La creación de un estilo propio

El Cholo que regresa a España sustituyendo en 2011 a Gregorio Manzano. Ha pasado por Racing, sufriendo de nuevo el cortoplacismo de la dirigencia, y ha tenido una breve experiencia en Catania. El plantel que dirigía el psicólogo Manzano contaba con un matador, fichado a precio de oro tras los sacos desembolsados por el City para llevarse al ‘Kun’ Agüero: el colombiano Radamel Falcao García. Simeone puso la motivación y Falcao hizo el resto en esa temporada, para ganar la segunda Europa League en tres años y poner al equipo de nuevo en el Olimpo.

Diego Simeone como entrenador del Atlético (Foto: Carlos Delgado http://commons.wikimedia.org/wiki/File:Diego_Simeone_-_01.jpg?uselang=es)

Diego Simeone como entrenador del Atlético (Foto: Carlos Delgado)

Será a partir de la siguiente temporada cuando el estilo Cholo se vea ya en el equipo. Falcao pierde protagonismo en favor de Diego Costa, un bregador más del estilo del técnico, aunque el colombiano no deja de marcar un buen puñado de goles que le llevan al paraíso fiscal monegasco. No sin antes adueñarse de una Copa del Rey que cerraba una era de penurias rojiblancas ante el Real Madrid, en una final con estilo emblemático del Cholismo: lucha, brega, agonía y gol fruto del balón parado, en la cabeza del brasileño Joao Miranda.

Lo que el Cholo le ha dado a este equipo –“Dar es dar”, que diría Fito Páez– es una forma de jugar, una identidad y una idea. Lo que el Atlético no había tenido desde Antic, con el mismo Simeone de jugador. Y en los inicios de esta temporada se ha visto una versión mejorada, más depurada, más sutil y no necesariamente dura en el juego. Podrá ganar, pero qué manera de ganar. Podrá sufrir, pero qué manera de sufrir. Lo que está claro es que no lo hará como un equipo cualquiera, porque ya tiene un concepto. Con Simeone, se acabaron los rojiblanco sin esencia, las “camisetas andantes”, que diría el otro. Tendrán mayores o menores éxitos, pero harán vibrar al Calderón. Eso es Cholismo.

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Foto de portada: Diego Pablo Simeone celebra un gol como jugador del Atlético (Foto: Cholismo.com)

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