Cuando toca saltar

Y entonces llega ese momento en el que la vida te sale al paso. No te molestes en empujarla. No se moverá. Ni un milímetro ni medio. La vida es inamovible. De modo que te quedan dos opciones. Puedes rodearla o saltarla por encima. Pero ni siquiera podrás elegir cuál de las dos opciones coges. Es cuestión de suerte.

Puede que tu caso sea como el mío. Que tengas margen para dar el rodeo. Y dejar tu casa para sacarte fuera las castañas, sin billete de vuelta, pero sabiendo que, si una noche te llaman a una hora que se sale de la pauta horaria del Skype, para decirte que tu abuelo se ha muerto, que se ha ido antes de tiempo, del escaso tiempo en el que le era lícito morirse contando contigo, al menos podrás tener asiento en un vuelo que se salga del presupuesto para poder asistir al entierro.

Porque las ocasiones señaladas merecen que se le dé la vuelta al cerdo para exprimir ahorros que has sudado pensando que servirían para otra cosa. Pero no te quejes. No debes olvidar que la vida te ha salido al paso. Eso no se elige. Eso te toca. Igual que te toca el privilegio de poder rodearla. Porque, si la rodeas, sabes que tu vida está criogenizada, como Walt Disney, pero conservas la esperanza de que un día se descongele y se eche a andar. Tal vez el día que lo haga, descubras que, en ese ínterin, se ha podrido, que huele mal, y que tiene que ir a la basura.

La maleta como único patrimonio

Pero mientras tanto, mientras permaneces en ese punto muerto, aún cabe preguntarse cuándo empezará el resto de tu vida. Cuándo la familia dejará de ser un lujo inasequible, la pareja un capricho excéntrico, los amigos una cara en el whatsapp que duerme cuando tú vives y que vive cuando tú duermes, por las tiranías de la diferencia horaria. Entre tanto, el lejos se convierte en una patria y la maleta en tu único patrimonio. Tu presente es un préstamo con intereses que no sabes si podrás devolver y que te comes mientras esperas a que tu futuro venga a rescatarte pagando la fianza.

Pero, a pesar de todo, si tu caso es el mío, entonces tienes suerte. Porque, ¿qué pasa si la vida te sale al paso y es tan gruesa que sólo puedes saltarla? Cuando toca saltar, sólo puedes hacer una cosa: encomendarte al dios Gato, para que se apiade de ti y te permita caer de pie. Más te vale caer de pie, porque ten por segura una cosa: abajo, al otro lado, no hay red.

La mayoría de las veces, la gente puede sortear la vida. Pero hay ocasiones en que a muchas personas les toca saltar a la vez. Entonces llega la tragedia colectiva, los monumentos anónimos a los soldados desconocidos. Entonces llega Auschwitz, el Titanic o un 11 de septiembre. Y a la gente sin nombre le toca saltar una alambrada, o por la borda de un trasatlántico, o desde el piso 35 de una torre de acero y cristal.

Entonces te toca coger una barcaza y aventurarte en el océano, también para sacarte fuera las castañas, también sin pasaje de vuelta, pero sin Skype que te avise de que se han ido para siempre sin esperarte, sin cerdo que exprimir. Entonces, toca ahogarse a pocas millas de la tierra prometida. Entonces toca morir en una bola de fuego y mar a las puertas de Lampedusa.

Así pues, ojalá nunca te toque saltar. Pero vive sabiendo que esa amenaza es una posibilidad, como un tumor dormido o una bomba sin detonar. Yo crecí viendo por televisión los cayucos repletos de gente que llegaba a mi tierra (la tierra de la que ahora me marcho dando un rodeo), sin saber que esa gente era gente que acababa de dar el salto. Entonces tampoco sabía que algún día me tocaría a mí rodear a la vida. Siempre pensé que tendría el paso expedito.  Por eso, ahora sé que, tarde o temprano, puede que a mí misma también me toque saltar. Y también sé que, entonces, mientras caigo, sólo tendré tiempo de encomendarme al dios Gato.

 

***

Foto de portada: “Maleta”, por Unai Guerra (Flickr)

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