Khedira no tiene quien le escriba

Julián Carpintero | Falso9

Hace tan solo un par de semanas que cayó en mis manos un ejemplar de los mejores cuentos del escritor argentino Eduardo Sacheri. Por culpa de mis innumerables viajes en metro a lo largo del día, el libro en cuestión me ha durado el tiempo que tarda un pase de Modric en encontrar las arqueadas piernas de Isco; a saber, nada y menos. Partiendo de la base de que resulta inevitable no dejarse envolver por el aroma edulcorante de todos sus relatos, he de decir que hubo uno que me llamó la atención especialmente. En él, el autor de ‘El Secreto de sus Ojos’ no exteriorizaba sus sentimientos a través de la voz de sus personajes, sino que explicaba en primera persona cómo él, que se considera una persona racional y con unos firmes valores éticos, es incapaz de juzgar a un determinado futbolista de la misma forma con la que lo hace con el resto de personas que componen su vida e insiste en que, a pesar de que sabe que no es justo, no puede reprocharle nada desde aquel momento en que el tiempo se paró en la incredulidad de aquel gol. Pues bien, en la actual plantilla del Real Madrid hay un futbolista al que le pasa todo lo contrario. ¿Su nombre? Sami Khedira.

“No soy español, no costé mucho y soy discípulo de Mourinho”. No es habitual que Sami alce la voz y, sin embargo, días atrás lo hizo en la publicación alemana ‘Kicker’. Así las cosas, resultó extraño que Khedira, un jugador que se dedica a dar el máximo en cada entrenamiento y a vivir con su novia de la forma más discreta que su condición de futbolista del Mejor Club del Siglo XX –según la FIFA– le permite, se descolgara con unas declaraciones tan contundentes. “No estaré nunca entre los preferidos de la prensa española. Otra vez soy el chivo expiatorio”, apostillaba el sacrificado centrocampista de origen tunecino. Y es que la sensación generalizada que existe en los medios y, por extensión, en gran parte de la afición madridista es que cuando el equipo pierde es porque Khedira sobra y no tiene el nivel necesario para defender un escudo como éste; en cambio, cuando el equipo gana nadie se acuerda del ‘6’.

En este sentido, ganar tanto en tan poco tiempo le ha sentado regular tirando a mal a la opinión pública futbolística española. De acuerdo que el juego de ‘La Roja’ ha sido como un refinado Rioja que cuando lo bebimos nos explotó en la boca inundando de sabores nuestro paladar; sin embargo, esa sensación no debería ser óbice para considerarlo el único elixir digno de ser servido a los sumilleres más sofisticados. Porque a éstos también puede gustarles el Jägermeister: directo, contundente y fuerte, como si de una derecha de Mayweather se tratara.

Fontanero, electricista y albañil

Sus detractores le echan en cara sus carencias a la hora de sacar el balón jugado, su escasa capacidad de asociación con Xabi Alonso e incluso sus pobres cifras en lo que a balones recuperados se refiere. Dicen que es feo, que tiene aspecto de potro y que lo único que sabe hacer es trotar por la zona ancha del campo. Lo que prefieren callar es que no hace más el que más corre sino el que menos carreras inútiles necesita pegarse para levantar el aplauso fácil del Bernabéu, su instinto para descolgarse con peligro hasta el área rival y su solidaridad intangible ayudando a que sean otros quienes engorden sus estadísticas y su ego.

Nadie le chivó al pobre Sami lo duro que iba a ser cambiar el apacible Stuttgart por el pirómano Real Madrid, un club que lleva décadas apagando sus incendios con gasolina y que desde la chabacana cobra que Florentino le hizo a una princesa como Redondo se ha morreado con fulanas tan ordinarias como Pablo García, Emerson o la pareja de Diarras. Khedira pertenece a esa estirpe de jugadores que uno sólo echa en falta en el momento en que ya se han ido, cuando descubres que al mismo tiempo era el fontanero que desatascaba el lavabo, el electricista que arreglaba los plomos y el albañil que levantaba un tabique donde hiciera falta. De tal forma, pese a ser un profesional que se cuida, que no protagoniza escándalos, que se vacía en cada partido, que es internacional nada más y nada menos que con Alemania y que se pondría los guantes si Ancelotti se lo pidiera, se le falta al respeto. Y mientras no se afeite esa perilla tan noventera, siga hablando en la lengua de Goethe y prefiera asegurar un pase atrás antes que adornarse con una inútil gambeta me temo que así seguirá siendo. La espada de Damocles –o de Illarramendi, o de Casemiro o de cualquiera que sepa dar dos patadas a un bote– amenaza su cabeza.

Si a estas alturas del texto alguien tenía la intención de leer el cuento de Sacheri siento despejarle la ecuación, pero el futbolista cuyos pecados eran siempre absueltos no era otro que Maradona. Yo no pido que el Bernabéu trate a Khedira de la misma manera que los argentinos a D10S, pero sí que se le pague con la misma honestidad con la que él lleva tres años trabajando en silencio para ayudar a hacer del Real Madrid un equipo campeón. Llámenlo justicia.

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Foto de portada: Wikimedia.org (Autor: Steindy)

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