Caníbal: a lo lejos se intuye una buena peli

Ya desde el material promocional, con el tráiler a la cabeza, Caníbal no se presenta ni como un thriller ni como una película de suspense, intriga o terror, como podría esperarse de la historia de un sastre de Granada que se alimenta a base de carne a la plancha de mujeres que se le van cruzando por el camino. Sobre el título, que no se anda por las ramas, aparece en cada cartel una frase que deja claras las intenciones de la película: “Una historia de amor”.

Lo es. Caníbal es una historia de amor sobre alguien que parece incapaz de amar. El personaje escrito por Martín Cuenca y Alejandro Hernández, basándose en la novela de Humberto Arenal y construido en cada detalle por Antonio de la Torre es una persona que no ve en las mujeres otra cosa que su carne, y la devora con un placer adictivo. La metáfora sobre lo cruel que es la superficialidad con la que nos vemos y nos valoramos los unos a los otros, especialmente a las mujeres, está ahí, más aun cuando todas las víctimas son chicas jóvenes y atractivas.

Evidentemente, para que hubiera película, y para que hubiera historia de amor, el caníbal tenía que cambiar, por lo menos un poquito. Como las piezas de carne que come y cena con una austeridad exquisita, el protagonista se va descongelando progresivamente según pasan los minutos. No es que al final se convierta aquello en Sonrisas y lágrimas, pero lo sutil del cambio que desarrolla Antonio de la Torre, con un control de los detalles que se pegaría con el de Ryan Gosling en Drive sin tener yo claro por quien apostar, es gran parte del valor de la película.

De todos modos, hablar de que Antonio de la Torre es genial tampoco tiene mucho mérito. Lo podría haber dicho cualquiera sin ver la película. Pero lo destacado del reparto no se acaba con el malagueño. Olimpia Melinte, que hasta ahora solo contaba en su filmografía con apenas tres títulos, no le pierde la cara al duelo, destacando, con una economía de recursos transparente, en los momentos que el personaje lo pide.

En la dirección, Manuel Martín Cuenca parece haberse marcado un objetivo por encima de cualquier otro: no juzgar. Prefiere que sea el espectador quien decida con qué parte del caníbal se queda, con la del psicópata insensible o la del sufrido enamorado. Los enormes planos generales que acompañan a toda la película o ausencia de música, más allá de la que sale del transistor que el caníbal escucha sin descanso, además del ritmo lento del metraje, dan lugar a una narración fría y distante, quizá atendiendo a la personalidad de su protagonista, como si fuera él quien contase la historia tanto en el fondo como en la forma.

Habrá quien piense que esto ya es una justificación hacia el personaje, y es cierto que Martín Cuenca parece coquetear con esa posibilidad, pero ese no es el resultado más grave de la elección. Esta despersonalización de la forma de contar la historia resulta por momentos brillante, pero el pulso es intermitente y eso puede provocar cierta indiferencia en el espectador. Todo ello, junto a una trama secundaria que nunca adquiere el peso específico necesario para que cale (con la religión como telón de fondo) y un final algo descuidado, da lugar a una película que no llega a obra maestra, pero que tiene unos puntos fuertes muy sólidos que le permiten seguir siendo disfrutable.

¿Qué gafas me llevo?

canibal

Entonces, ¿voy a verla?

Si te gustan las historias que te hacen más preguntas que las que te responden y los actores inspirados, no te la pierdas. Si te desesperas con la gente que se lo toma con calma, mejor espérate a las críticas de mañana.

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