Escudo rosa

Es al mirarse en el espejo del ascensor, para comprobar si lleva las ojeras de lunes matutino apostadas en su sitio, cuando se da cuenta de que todavía tiene el lacito rosa prendido en la solapa de la chaqueta. Se lo pusieron el sábado, cuando deslizó un billete de cinco euros en la hucha del stand informativo que los de AECC habían colocado en la plaza. Tal vez debería quitárselo ya. Hace el ademán, pero le da una segunda pensada y lo deja donde está. Ahí, bien visible, en su escaño preeminente. Sabe que, en el fondo, prolonga la estancia del lacito en su solapa por una estúpida cuestión supersticiosa. Como si se tratara de un talismán, allí, tan cerca de las parcelas anatómicas que debe proteger.  Como si la suerte, al hacer su barrido rutinario y aleatorio entre los mortales para decidir a quién le encasqueta un cáncer, fuera a reparar en aquel toque de rosa a la altura de su pecho y fuese a indultarla. Por solidaria.

Sonríe, con cierta indulgencia hacia sí misma. “Mira que eres tonta, ¿eh?”. Y, sin embargo, deja el lacito. Se pregunta si la ingente cantidad de conocidos suyos que, en los últimos días, han puesto el mismo emblema en sus cuentas de las redes sociales no lo habrán hecho, muy en el fondo, por el mismo motivo que ella. Solidaridad que esconde, muy abajo, muy abajo, una tan egoísta como comprensible reclamación de supervivencia, traducida en un amuleto para conjurar a  la enfermedad. Es absurdo, pero es el poder que tienen los símbolos. Bien pensado, ¿qué diferenciaba el cáncer de mama del resto de cánceres? Vale que presentara una alta incidencia, pero ni siquiera era el más letal. Si se cogía a tiempo, estaba lejos de constituir una sentencia de muerte, a diferencia de otros. No había suficientes colores en la gama cromática como para asignar una tonalidad a cada tipo de cáncer. Y, sin embargo, a alguien se le había ocurrido privilegiar al de mama proclamando que era rosa. Y todo el mundo se aferraba a aquel estandarte. Ella, la primera. Como si fuera un arma.

Curioso. Hablando de eso. Precisamente, en la mitología, aquellas aguerridas mujeres de la tribu de las amazonas se mutilaban un pecho para que no les estorbara en el manejo del arco. Los atributos femeninos eran un engorro para luchar. Y, sin embargo, vaivenes irónicos de la Historia, hacía escasos días, a otras mujeres se les había ocurrido plantear su propia guerra en el siglo XXI dándole la vuelta al argumento: usando sus pechos como armas. Las recordó ahí, encaramadas a la tribuna del Congreso, paseándose por su filo como funambulistas sobre el alambre, con sus torsos pintarrajeados al descubierto y gritando furiosas. Qué locas. No pudo evitar sonreír otra vez. A las de Femen se les podían reprochar muchas cosas, pero, desde luego, sabían cómo hacer hablar. La civilización podía haberse enfundado en todas las sofisticaciones racionales del mundo. Pero dos tetas seguían siendo dos tetas.

Sí. Esas mujeres habían sometido sus senos al escrutinio público, como arma, y por eso se acordaban de ellas. Paradójicamente, el día que aquellos pechos saltaron a primera plana, se puso al desnudo otra noticia, pero que, claro está, pasó mucho más desapercibida. Porque versaba sobre tetas ocultas, tetas que nadie examinaba. Las de esas 30.000 madrileñas a las que, como ella, no habían practicado una mamografía preventiva desde febrero. Siete meses. Dificultades administrativas, decían desde la Consejería de Sanidad. Recortes, susurraba el viento, con un silbido amenazador. Que no se estaban corriendo riesgos, repetían las autoridades. Que eran mujeres sanas, sin síntomas. Que les harían la prueba antes de que terminara el año. Siete meses no eran nada. Sonrió de nuevo. Esta vez, con amargura. No. Claro. Siete meses no son nada. O sí. Con algunos cánceres convives durante años. A otros, en siete meses, les da tiempo a matarte dos veces.

Cuando supo que no entraría en el cupo del cribado preventivo, sintió tal ansiedad que, después de palparse a conciencia y remirarse en el espejo con un miedo cerval, se documentó a fondo, como esos hipocondríacos que escriben síntomas compulsivamente en la barra del buscador, en pos de la confirmación de que sus días están contados. Había leído que, en estas pruebas, de cada 1.000 mujeres, resultaba que 6,4 tenían el bicho dentro. Ésas habían quedado desarmadas. No podrían emplear sus pechos como lanzas. A ésas, las tendrían que mutilar. Como a las amazonas, para desembarazarles la lucha, a la que deberían entrar a pecho descubierto. A ésas sólo les quedaría un arma: un escudo. El lacito rosa.

Instintivamente, alarga los dedos. Para comprobar que el suyo sigue bien agarrado a la solapa.

***

Foto de portada: “Life’s a bitch!” (Paul Falardeau)

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