La torre de Lucho

Mario Becedas | Falso9

No pasó de casualidad la tuneladora de la vida por el rostro de Luis Enrique. El astur luchador de la mina futbolística se hizo su propio hueco en el once titular de la calidad a base de un tesón labrado en las nieblas de Mareo.

Tuvo siempre el gijonés una especie de pacto con el diablo del gol. Desde su debut a finales de unos postindustriales y recesivos ochenta, su capacidad de remate convirtió los fosos de El Molinón en una verdadera trinchera en la que desde cualquier lado caían unos misiles suyos que, invariablemente, besaban la red.

Galopó ‘Lucho’ incesantemente en todos los ángulos del tapiz hasta que el 92 le sorprendió besando aquella veraniega noche de Barcelona en la que el balompié nacional iba a dar un vuelco que después no se ha sabido valorar con prolija justicia. La medalla de oro en las Olimpiadas coronó a una generación de jóvenes luchadores que nunca alzaron un Mundial pero que fueron los vídeos de los grandes de ahora y las tardes de fútbol de los niños que hoy aporreamos la tecla con más cariño que pecunia.

Afincado como ‘chico para todo’ en un convulso Madrid que se debatía entre las arengas pragmáticas de Floro y el pragmatismo poco espirituoso de Antic, media España se conmocionó cuando la sangre del rocoso futbolista emanó desde su nariz a los suelos de Boston. Tassotti talló la tragedia en el hueso asturiano y dejó una deuda pendiente para catorce años. Los estudiosos no se ponen de acuerdo, pero el balón del penalti de Cesc a Italia en 2008 se estima que pesaba entre 1,5 y 2,3 toneladas.

De esbirro a símbolo

Después vinieron los acuerdos y desacuerdos. Las tardes de fresa con Valdano y la ruptura económica que le acunaría en un descolocado Barça en el que Cruyff acaba de colgar el Chupa-Chups. Gol tras gol aumentaba el tipo duro su cuenta particular. El trayecto de esbirro a símbolo estaba ya más que afianzado. Con el eterno ‘21’ a la espalda, Luis Enrique sabía que había encontrado su casa y se dejó arrullar viendo caer generaciones, entrenadores y holandeses. Cuando el vendaval Ronaldinho trajo la alegría dental desde Castelldefels, el pétreo astur se quitó el casco y guardó el pico. Quería hacer algo grande desde la banqueta.

Entre coche caros y kilometradas en bicicleta, Luis Enrique se adaptó rápido a la jerarquía del míster. Sus éxitos con el Barça B recrearon una mimetismo sincronizado a la perfección con el vals que danzaban las leyendas del primer equipo. Como en el 92, Guardiola siempre estaba cerca. Hasta que llamó la Roma y el éxito se fugó.

Purificado a través del Ironman y otros suplicios corporales del deporte extremo, desembarcó el gijonés en Vigo para reconstruir al Celta como extensión de una denostada Masía. Allí, no lejos de la Ría, ha mandado edificar un andamio en el campo de entrenamiento con el que deconstruir mejor las líneas. Como en la película que gira en torno a paisanos suyos, el asturiano quiere subirse a la torre desde la que tener perspectiva y diseccionar el viaje que le ha llevado hasta ahí. Es la torre de ‘Lucho’.

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