Una postal para Jason Molina

El 16 de marzo de 2013, Jason Molina, fundador de las bandas Songs: Ohia y Magnolia Electic Co., moría con 39 años en Indianápolis, dejando un legado de casi una veintena de discos de country rock, más de treinta singles y EPs, y una larga lista de colaboraciones con grandes del folk alternativo como Bonnie Prince Billy, Scout Niblett o Alasdair Roberts. Molina sufría de alcoholismo crónico, y desde hacía tres años, retirado de toda vida pública, intentaba recuperarse de un mal que finalmente se lo llevó a la tumba prematuramente y por sorpresa.

No tenía seguro médico, y en 2011 su familia había hecho un llamamiento público para que sus fans donaran dinero al fondo sanitario que le permitía mantenerse a flote. Tras un periodo de recuperación que abría puertas al optimismo, su cuerpo no aguantó más. Si la tristeza y el desgarro que atravesaron siempre sus composiciones habían previsto un final así o no, es un misterio que tiene difícil solución, aunque, a la vista de cómo se desarrollaron los acontecimientos, su producción de los últimos diez años cobra un matiz distinto y, si cabe, más simbólico. Diez canciones, un repaso por su carrera y una última reflexión personal buscan recordar a quien supo moverse con austeridad y sentimiento entre Neil Young, Townes van Zandt y Bruce Springsteen.

Pero, ¿quién es Jason Molina?

Magnolia Electric Co. en concierto (Foto: Greg Neate)

De abuelo español, minero asturiano, emigrado a los Estados Unidos (algo sobre lo que, al parecer, fue siempre parco en palabras), Molina creció en una modesta y obrera ciudad de Ohio, Lorain, y durante su adolescencia tocó el bajo en varias bandas de heavy metal, un estilo que, de forma subterránea, le acompañaría toda su vida. En 1996 inició su carrera artística bajo el sobrenombre Songs: Ohia, un proyecto musical cuyo centro absoluto era él pero por el que pasaron una buena serie de músicos y algunas figuras de la escena folk alternativa de los noventa, como los mencionados Scout Niblett o el inglés Alasdair Roberts.

Durante la prolífica década que duraría el proyecto, Molina publicó diez álbumes que oscilan entre un country alternativo y un folk espectral, de ultratumba a veces, siempre confesional y profundo, con una pesadez heredada del hard rock que tanto le gustaba cuando era más joven. Discos como Songs: Ohia (1997, conocido por sus fans como The Black Album), Impala (1998), The Lioness (2000, grabado con Alasdair Roberts) o Ghost Tropic (2000) verían una lenta y progresiva evolución hacia un sonido más elaborado y cercano al heartland rock de Bruce Springsteen y Bob Seger, pero con un toque oscuro, nocturno.

El búho, el fantasma, la luna

Esta tendencia se plasmó en el que sería el último álbum de Songs: Ohia antes de su refundación, Magnolia Electric Co. (2003), probablemente el más accesible de su catálogo, grabado con Steve Albini (productor de, entre otros, Nirvana, Pixies o PJ Harvey) y que daría forma a una cierta épica de la distancia, la despedida, los grandes espacios abiertos y temáticas relacionadas con la clase obrera americana.

El título del último disco de Songs: Ohia sería el nombre que adoptó Molina para su nuevo proyecto: Magnolia Electric Co., a partir de 2003. Los años que siguen ven un auge en su figura pública, que se hace un hueco sólido en el panorama musical alternativo norteamericano. Hasta 2009, Molina saca cinco discos con su nuevo proyecto –Trials & Errors (2005, directo), What Comes After the Blues (2005), Fading Trails (2006), Sojourner (2007), Josephine (2009)–, y otros tres firmados con su propio nombre –Pyramid Electric Co. (2004), Let Me Go, Let Me Go, Let Me Go (2006) y Autumn Bird Songs (2012).

Durante esos años, se asienta su particular mitología, habitada por fantasmas, truenos, animales simbólicos (el búho, el lobo, el cuervo) y una luna omnipresente que será testigo del viaje de su inquieto espíritu hacia un final incierto que empieza a vislumbrarse en 2009, cuando Molina cancela por motivos de salud todos los conciertos de la gira que iba a realizar por Europa con Will Johnson para promocionar el álbum que acababan de publicar juntos, Molina and Johnson (2009).

A partir de entonces, la nada. Molina desaparece del mapa, se esfuma. En 2011, una respuesta. Su familia postea en la web de su discográfica, Secretly Canadian, que el cantante y compositor había pasado los dos últimos años en clínicas de rehabilitación en Inglaterra, Chicago, Indianápolis y Nueva Orleans, y que en aquel momento se encontraba en una granja de Virginia, criando gallinas y cabras, con una nota optimista con respecto a una posible recuperación. Pedía, además, donaciones para que Molina pudiera pagar el tratamiento que estaba recibiendo, ya que, al igual que muchos músicos norteamericanos (pienso, por ejemplo, en Vic Chesnutt, aunque la lista es larga) no tenía seguro médico.

En 2012, más motivos para el optimismo. El propio Molina publicaba una nota en mayo, en la que agradecía el apoyo económico y moral recibido por fans y amigos, y dejaba una puerta abierta a una posible vuelta a la normalidad y a algunos proyectos musicales que se le habían presentado. Lo que ocurrió desde ese momento hasta el 16 de marzo de 2013, el día de su muerte por un infarto provocado por la ingesta de alcohol, es difícil de decir, y más duro todavía de imaginar. En dos artículos estremecedores, Henry Owings, amigo de Molina desde finales de los noventa, habla de llamadas en mitad de la noche, de una lucha desesperada por recuperar la razón, del intento de amigos y familiares por ayudarle, y de un final triste y solitario. Algo se torció, en algún momento. Cuando murió, Molina sólo tenía en el bolsillo un viejo móvil con un único número: el de su abuela.

Una postal para Jason Molina

Empiezo a pensar en diez canciones de Molina para acompañar este artículo, y recuerdo el día en que me enteré de la noticia de su fallecimiento. Hacía frío, y llevaba el abrigo puesto dentro del coche. Al otro lado del cristal, la llanura padana, blanca y congelada por el último envite del invierno, pasaba a toda velocidad. Ninguna de las cuatro personas que mirábamos lacónicamente el paisaje hablaba mucho. Mi mente vagaba con pereza de un pensamiento a otro; creo que me quedé dormido varias veces. Se hacía de noche. Milán nunca terminaba de llegar. Miré el móvil, y así me enteré de la muerte de Jason Molina: El País lo acababa de sacar en la portada de su edición digital. En agosto de 2012 le había enviado una postal desde Eslovaquia a la dirección que su familia había indicado meses antes. Le daba ánimos, le hablaba de sus discos y de la importancia de su música. Era una tarjeta alegre, colorida, con trajes y motivos regionales eslovacos sobre un fondo blanco. Me preguntó a menudo qué habrá sido de esa postal.

Jason Molina vivió de noche, o, mejor, vivió bajo una larga noche. Y desde una larga noche, sigue llegando su voz, algunos meses después de su muerte. Una muerte que le sacó de la oscuridad relativa en la que había pasado su existencia y que sirvió, al menos, para que su música alcanzara una renovada repercusión en todo el mundo. Escuchar el último disco suyo publicado, Autumn Birds Songs (2012, aunque grabado antes de 2009), es escuchar a un hombre solo que toca una vieja guitarra acústica y le canta a un gran vacío través de una grabadora. Su voz estremece y convence, acoge y acompaña, y, por suerte, nunca se agota, aunque de repente sea de noche cerrada ahí fuera y no terminemos de llegar a casa todavía.

***

Foto de portada: Jason Molina, Magnolia Electric Co. (Foto: Guillaume Djenvert)

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