Se pinchan los globos de tanto subir

Qué trágico es que se caigan los grandes. Tú aún no lo sabes, txiki. Precisamente porque todavía eres muy pequeño. Qué sabrás tú de grandezas. O de caídas. Bueno, de caídas sí sabes. Esa mercromina con la que siempre llevas embadurnadas las rodillas no te ha salido sola. Pero bueno, tus caídas todavía son de las que se curan con un beso de la amatxo. Procura caerte ahora mucho. Aprovecha ahora, que aún no duele demasiado. Luego… bueno, para qué voy a mentirte. Luego las cosas se complican. Las caídas, digo. Te haces grande, y ellas también. Y por eso duelen más.

Cáete ahora mucho, que tu abuelo está aquí para consolarte. Aprovecha. Cáete ahora mucho. Pero eso sí… Prometo consolarte siempre y cuando cumplas con una condición. Que no te acostumbres. Porque luego, txiki, la vida no es así. Cuando te haces grande, digo. Cuando crezcas, si te caes, te tendrás que levantar solo. Y ponerte tú la mercromina. Anda. ¡Pues qué te pensabas! Sí, sí. Tú solito. Y el que venga detrás, que arree.

¿Me aceptas un consejo? Pues claro que me lo aceptas. Por algo me miras con los ojos tan abiertos. Con esos ojos que tienes tú y que son como dos mares Cantábricos… Bueno, a lo que iba. Que, si aceptas el consejo de un viejo, te diré que no te creas nunca que estás a salvo de la caída. Jamás de los jamases. Por muy grande que te veas. Es más: si te ves muy grande, ándate con más ojo para evitar la caída. Porque, si te caes, dolerá más.

Fíjate lo que ha pasado con la empresa de tu aita. Bueno, la que fue mi empresa, que eso tú no lo sabes, pero, aquí donde me ves, hubo un tiempo en el que yo era un hombre de provecho, que se vestía por los pies y que tenía otras cosas que hacer aparte de sacarte a ti al parque y verte hacer monerías. Anda. ¡Pues qué te pensabas! Sí, sí, no te me rías, ni me mires con esa picardía. Yo he trabajado. He trabajado mucho. Hacía lavadoras. ¿Que no te lo crees? Te lo juro. Te lo juro por lo más sagrado… que eres tú. He fabricado lavadoras a “puñaos”.  Te has quedado aturullao, ¿a que sí?

Pues en fin… que para lo que nos han servido los sudores. Porque ahora nos salen con la pata de banco de que cierran. Y fíjate tú, el aita a la calle. Qué plan. Y yo tenía ahorros puestos allí, y ahora me dicen que los voy a perder. Aunque, ¿quieres que te confiese una cosa? Bueno, pero me guardas el secreto, ¿eh?  Vale, si me lo juras con esa seriedad, te lo cuento. Pues verás. Que a mí… ¿cómo te lo diría? A ver, voy a elegir bien las palabras, para que no me entiendas mal… Pues que el dinero me da un poco lo mismo. A ver… lo mismo, lo mismo, tampoco. Que no crece en los árboles. Eso ya lo aprenderás también. A su tiempo. No quieras aprender demasiadas cosas a la vez, no te vaya a dar un torzón.

 Bueno. A lo que iba. Que sí. Que el dinero es muy necesario, y que no estamos como para ir despreciándolo. Pero que a mí lo que de verdad me duele es que me ha pillado todo de sorpresa. Sí, de sorpresa, porque yo creía en esto. Tenía fe en lo del cooperativismo. Por eso puse allí el dinero. Porque la idea me parecía buena. Bonita, ¿sabes? De esas que dices, pues oye, hay cosas que merecen la pena, y el esfuerzo, por lo del “todos a una como Fuenteovejuna” y el uno para todos y todos para uno. Y por eso apuestas. Y claro, encima luego parece que todo va muy bien. ¡Nos ponían de ejemplo! A ver qué te vas a creer… En las universidades y todo. Gente inteligentísima diciendo que lo de las cooperativas triunfaba. Que era un modelo a imitar. ¡Y anda que no nos imitaron! ¡Toma no! A ver… que aquí el que no corre, vuela. Y que la policía no es tonta. Nos imitaron por todas partes, y nos expandimos a un montón de sitios. Los de Mondragón por el mundo, jeje. ¡Vascos universales!

Y claro, ves eso y te sientes satisfecho. Que has arrimado tu granito de arena y ha resultado bien. Y que te lo reconocen. Como si te pusieran una mano en el hombro y te dijeran: “Excelente, Josetxo. Buen trabajo”.  Y oye, pues eso… como que te reconforta. Te sientes muy a gusto contigo mismo. Y notas como que el pecho se te hincha. Exacto. Como un globo. Un globo de colores, que se pone a subir ¡y a subir, y a subir!, ¡muy alto, muy alto!, ¡más arriba, más arriba!, ¡hacia el cielo!, ¡ay, qué alegría!, ¡ya casi no lo ves de tan alto como vuela…! ¡Míralo!, si guiñas los ojos aún lo puedes ver… ¡muy txiki, muy txiki, muy txiki!…

Tan txiki como tú, que no sabes de grandezas ni de caídas… Pero el globo sí sabe… porque a veces los globos se pinchan. Y este globo se ha pinchado. Y se ha caído. Y ¿a que da pena cuando ves un globo que antes volaba desinflado en la tierra? ¿A que sí? ¿Lo ves? Tú sí que me entiendes.

Y jo, también está el tema de que, cuando llevan toda la vida llamándote gigante, un poquito como que te lo acabas creyendo. Que eres un lince. Que tienes un olfato finísimo. Que has sabido ponerte en el bando de los vencedores. Y claro, de pronto te dicen que todo no era tan bonito como pensabas, y ya no sabes qué creer. Te quedas bastante chafado. Como si te hubieran dado un sopapo. Así te quedas el día que te enteras de que las buenas ideas se pinchan, de que los grandes también se caen. Y de que se hacen más daño que nadie.

¡Eh, eh! ¡Pero no salgas corriendo como una flecha! ¿Qué pasa? ¿Que ya te has cansado de escucharme? Que los viejos se enrollan mucho, ¿verdad? Ay, ¡pero no corras! ¡No corras! ¡Que te vas a…! Hala, ya está. Ya te has caído. ¿Qué? ¿Pupa? Claro, claro. Ahora a llorar. Si te lo había avisado yo. Hale, no me hagas pucheros, lastana. Ay, Señor, ya lo veía venir. Anda, ven acá, mi txiki. Ven acá, que yo te cure. Deja que el abuelo te ponga mercromina. Deja que yo te recoja… ahora, que todavía puedo.

***

Foto de portada: Socios de Fagor Electrodomésticos en una concentracion por el futuro de la cooperativa (eldiario.es)

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