Rebobina: Segunda entrega

Lee la primera entrega de Rebobina

Extracto de un correo electrónico enviado por Alejandro Gutiérrez.

Julio, 2013.

He de empezar diciendo que me llamo Alejandro Gutiérrez y escribo crítica de cine. Estudié Periodismo en la universidad de Málaga y, precisamente allí, conocí y trabé amistad con Juan Águila, del que ya habrán leído ustedes algo en las páginas anteriores de este texto, supongo. Yo puedo aportar a la historia que aquí se cuenta que hace ya algún tiempo, aunque, ahora que me detengo a pensarlo, quizá no haya pasado tanto tiempo después de todo (varias semanas, un mes, a lo mejor un mes y medio o dos); a veces es terriblemente difícil poner los recuerdos en fecha, nos ocurre tanto a diario y el presente parece a menudo tan intenso que quién es capaz de saber qué hizo ayer y ya no digamos rememorar a qué se dedicó uno antes de ayer y de ahí hacia detrás, todo lo que se intente recordar es bruma, espesa y esponjosa, de un tono gris indiferenciado. Pero no pretendía yo hablarles de mi escasa memoria, sino de mi buen amigo de la carrera Juan Águila, que, como quería escribir al principio de estas líneas, un atardecer de no hace mucho vino a mi casa, vivo sólo en un confortable apartamento con vistas a la avenida de Plutarco (en la zona de Málaga conocida como Teatinos), y me hizo una petición que, como poco, se me antojó harto extraña.

Veréis, me dijo, y esto sí que lo recuerdo como si hubiese acontecido ayer, sus ojos enormes y vivos, pero a la vez cansados, tras el cristal de sus gafas de ver de miope (y algo de astigmatismo en el globo ocular derecho, eso lo sé bien ya que me lo ha mencionado cientos de veces); “Ale, necesito que me escribas” y no añadió nada más, se calló y recostó sobre el respaldo del sofá que preside mi salón, al tiempo que apuraba la cerveza que informalmente, entre amigos siempre es el trato esperado, le acababa de ofrecer (Juan bebe, al igual que yo, directamente de la lata, sin utilizar vaso). Yo, en cambio, todavía no había descorchado la mía y, de hecho, no llegué hacerlo en toda la noche. La conversación me sorprendió tanto que me olvidé por completo de ella, y sólo me acordé de aquella extraviada cerveza cuando a la mañana siguiente, al levantarme, la encontré intacta sobre la mesa, ya a temperatura ambiente; y entonces me dispuse a retirarla y devolverla a la nevera, pero me detuve porque vi que había dejado un surco en la madera sobre la que había pasado la noche, un rastro que descubrí indeleble (la huella de Juan, tal vez) y que aún puede verse, temo que nunca se irá; tener amigos para esto…

Decía que yo no me bebí mi cerveza y, en cambio, Juan se tomó tres a mi salud (o, al menos, a mi cuenta) durante el rato que vino a visitarme y a pedirme aquel atípico favor que ahora pongo aquí por escrito. Y es que fue eso lo que mi amigo Juan me pidió, y pude entenderlo algo mejor cuando le pregunté qué quería decir con eso de “Ale, necesito que me escribas” y él me lo contó todo o casi todo, me lo explicó con las palabras más certeras que ahora creo que fue capaz de encontrar, ya que se le veía muy cansado, como si llevase días sin dormir, y que aquella noche (porque la charla que mantuvimos, más bien el discurso que Juan me vomitó, se extendió varias horas, hasta bien entrada la noche y eso que cuando se presentó en mi apartamento todavía colgaba el sol del cielo y ni siquiera estaban prendidas las amarillentas farolas de la avenida) me sonaron a términos confusos, embrollados, puede que hasta contradictorios.

En resumidas cuentas, lo que mi amigo quería y supongo que seguirá queriendo (siempre que ustedes estén leyendo estas líneas, lo que significará que el avezado Águila las ha incluido en su libro) era que escribiese sobre él, que, de alguna forma, yo narrase y contase por escrito (no sé si puede usarse tal término) a un lector imaginario (“al narratario, Ale; da igual quién sea”, me repitió varias veces aquella noche, entre rabiosos buches de cerveza) alguno de los hechos que han acontecido en su vida durante los últimos tiempos y en los que, no quiero pecar de falta de modestia y además malditas las ganas que tenía yo de verme involucrado en sus huidizos asuntos, también he jugado un papel, aunque me gusta pensar que ha sido exclusivamente un rol pequeño, accesorio; algo así como un cameo de los que suelo ver tan a menudo en el cine, campo al que, como ya he dicho antes, me dedico profesionalmente (quiero dejar esto claro antes de proseguir; soy crítico de cine, colaboro con diversas publicaciones, unas más prestigiosas o prestigiadas que otras, pero nada más).

Así que, como nos une una, ya de por sí, larga amistad y, en cierto modo, sí que he influido en las peripecias de sus últimos tiempos, Juan me instó a que lo registrase por escrito. “¿Y eso por qué, Juan?”, recuerdo que le interrogué y él tardó en responderme, siempre lo hace, parece que cada respuesta que se le pide es un complejo acertijo que debe resolver; “porque estoy escribiendo un libro, Ale; un libro extraño, la verdad”, acertó a decirme después de haber estado incontables segundos mirando el firmamento negro de la noche, al otro lado de mi ventana. Consiguió intrigarme (Juan siempre ha sabido cómo crear misterio), ya que, que yo supiese, él seguía trabajando en un pequeño periódico local y cubría informaciones insulsas de todo tipo, encargos del día a día, de esos que nadie lee y que casi siempre terminan por abrazar cuatro kiwis, un racimo de plátanos y, si es temporada, por envolver un suculento kilo de fresas; pero, en cualquier caso, ninguna noticia que pueda prestarse a elaborar un análisis en profundidad, un reportaje de investigación ni, por supuesto, un libro.

De modo que, tras mirar yo también al otro lado de la ventana y no ver nada salvo la noche sobre la ciudad, (quería saber que le tenía tan distraído, si acaso era el paisaje), le interrogué: “Extraño, dices… ¿Y de qué va ese libro que estás escribiendo?”. Juan ya no miraba la ventana, tampoco a mí me miraba, ahora estaba pendiente de la televisión, que seguía encendida a mi espalda. No me acordaba de que estuviese puesta. Debía de llevar todo el rato así, ya que yo la estaba viendo (creo que salían en ese momento los primeros informativos de la tarde) cuando Juan tocó al timbre y la había puesto en ‘mute’ al volver al salón con él, pero luego no me había acordado de quitarla, me había olvidado por completo de ella. Y la miré como Juan la miraba, pero creo que no la vi como él la veía; yo sólo tenía delante de mí las imágenes de los mejores goles de la última jornada de liga. Y Águila, que no es especialmente futbolero, tenía la vista perdida en la pantalla del transistor, absorto en ella, cómo si divisase algo que a mí se me escapaba y, de un modo inconsciente (quizás un tic nervioso que revelaba la tensión que por dentro le corría) se golpeaba los nudillos de la mano izquierda contra los labios y la barba mal rasurada.

Observar su barba de días sin afeitar me hizo recaer por primera vez en su aspecto desaliñado, en sus pantalones vaqueros raídos y gastados de puro uso y no por moda, en la camisa azul con lunares (¡con lunares! En qué piensa este hombre cuando se viste cada mañana) mal abrochada sobre una remera lisa de un color amarillo imposible, y reparé también en su pelo castaño, que más que pelo era una melena alborotada y plagada de ondulados rizos, algunos con formas que desafiaban las leyes físicas que rigen el mundo. En fin, mi querido amigo iba hecho un pincel, por decirlo con pocas y coloquiales palabras.

Y, cuando yo pensaba que el último gol marcado el día anterior por el Getafe lo iba a tener embelesado todo la noche (cuántas repeticiones ponen de cada jugada, me parece algo exasperante) y que haría bien en no aguardar una respuesta por su parte, Juan me la dio y, además, lo hizo mirándome a los ojos, muy serio, su boca sonreía pero sus iris azules irradiaban frialdad, o eso pensé yo; y entonces me dijo “un libro de música o de eso creo que va; en realidad, tiene un poco de todo, hasta creo que estoy yo dentro de él, de algún modo…” y nunca concluyó esa frase. Como podrán imaginar, aquella contestación de Águila no me aclaró prácticamente nada.

El caso es que yo la acepté y me comprometí a relatar la parte de la historia que a mí concierne, aunque sea en una pequeñísima parte. Y eso es lo que estoy haciendo precisamente ahora. Y Juan, eso me juró, decidió añadir mi aportación a su borrador del libro y, por tanto, publicarlo sin tocar una coma, ni alterar nada. Váyanse a saber si me mintió o me dijo la verdad. Juan es así, entrañable a su manera, pero también extraño. Yo no puedo arrojar más luz al respecto. Simplemente, me comprometo (como ya hice con él) con el tan manido narratario, con usted o ustedes, a garantizarle que lo que a continuación cuento es real y que sucedió de la manera en la que lo expreso, y no en ninguna otra. Tampoco exagero ni me dejo llevar por el encanto de contar y de adornarse, de redondear una escena, al fin y al cabo.

Mientras tecleo estas líneas pienso en Juan y me pregunto si cumplirá él su palabra de publicarlo tal cual (supongo que primero tendrá que encontrar una editorial que acepte su pintoresco libro, desconozco si ya se ha puesto de acuerdo con alguna) o si, en cambio, deslizará algo de su propia cosecha, alterando mi texto; o quizá, se me ocurre también, lo transformará de arriba abajo para que quede como a él más le plazca; o puede, y esto lo aventuro ahora, de repente, y sería lo más lógico ya que definiría a la perfección las formas y las dobleces de mi querido amigo, lo mandará a la imprenta (el libro ya concluido) y dentro de él mi pasaje irá clónico en un noventa y nueve por ciento, una copia exacta del original a ojos de cualquier lector salvo del que lo ha escrito, que rastreará el engaño, sabrá ver el embuste, distinguirá la más ligera desviación entre tanta bruma gris (una historia es similar al paso del tiempo, en ella también todo se va homogeneizando y nos acaba resultando imposible particularizar ningún hecho concreto) y descubrirá o, mejor dicho, descubriré con horror que Juan es demasiado listo para mentir, él se limita a crear su verdad.

Pero no tengo opción, he saltado al vacío sin paracaídas. Le he prometido a mi amigo que iba “a escribirle” y eso es lo que voy a hacer. Y es que lo recuerdo sentado en mi sofá hace tiempo, aunque no hace tanto tiempo en el fondo, y sigo sin dar crédito a muchas de las cosas que me explicó aquella noche, mientras la televisión asistía muda a su relato y mi cerveza, eternamente cerrada, se filtraba entre los recovecos de la mesa de madera; la marca de Juan, quizá su huella… Allá voy, procedo a contarles, únicamente espero que la crítica (queridos lectores o narratarios) sea compasiva y benevolente conmigo; algo que, ahora caigo en ello, es justamente lo contrario a como yo me comporto cada viernes noche cuando salgo del cine después de ver el último estreno de la cartelera, y es que el cine es cada vez peor, como los libros…

Continúa leyendo la tercera entrega de Rebobina

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Foto de portada: Bob Dylan (hugovk)

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