Egipto: Si me violan, no es mi revolución

La plaza Tahrir, que todos conocemos como un símbolo de la revolución egipcia, tiene una mancha de tamaño descomunal. Un agujero negro que se abrió para tragarse el sueño del cambio definitivo y duradero para todos los egipcios. Para todas las egipcias -porque podemos aventurarnos a decir que ellas se han llevado la peor parte de una revolución frustrada-. Las mujeres vieron vetada su oportunidad de unirse a lo que podría haber sido una gran revolución el día que, aprovechando el tumulto, empezaron a ser violadas y acosadas por manifestantes y fuerzas del orden para barrerlas de las calles.

Durante las protestas para expulsar a Mohamed Mursi del poder a finales de junio, las organizaciones OPAntiSH y Tahrir Bodyguards -creadas para proteger a las mujeres y evitar la ola de violencia sexual que asola el país– cifraron en 46 los casos de acoso sexual colectivo y violaciones. Con el golpe de estado, la cifra se volvió a repetir y en los días que siguieron (cuatro, tan solo cuatro) ambas entidades contaron más de un centenar de casos. Pero antes de la existencia de estas organizaciones, la violencia sexual ya existía en Egipto.

Todos conocemos el caso de la periodista de la CBS Lara Logan, que sufrió ataques sexuales el mismo día de la dimisión de Mubarak. Siempre se reporta lo que toca a Occidente. Pero desde el inicio de las protestas árabes en 2011, las mujeres egipcias empezaron a sufrir violencia sexual por parte de la policía y el ejército y denunciaron que se les realizaban “pruebas de virginidad”, según denunciaron organizaciones como Human Rights Watch.

Pero cuando decidían denunciarlo, los mismos agresores las culpaban de “acampar en tiendas con manifestantes varones”. Lo que coloquialmente se traduciría como que las mujeres “van provocando” al juntarse en un mismo lugar con muchos hombres. La respuesta de todos los gobiernos que han pasado por Egipto desde 2011 ha sido siempre la misma: impunidad. En 2012, uno de los militares acusados de realizar las mencionadas “pruebas de virginidad” fue absuelto, dando rienda suelta a seguir practicando la violencia sexual sin miramientos. Un arma de guerra.

Sin embargo, si los hombres pretendían expulsar a las mujeres de las protestas, con ese tipo de práctica consiguieron exactamente lo contrario: miles de mujeres se unieron a las manifestaciones para luchar por sus derechos como ciudadanas egipcias. Pero las agresiones continuaron. El modus operandi es sencillo: en medio de la manifestación masiva, un grupo de hombres acorrala a una sola mujer, consiguiendo separarla de su grupo de amigos o familiares, y se dedican a manosearla y arrinconarla como si fuera un juguete, sin límites, utilizando incluso objetos cortantes o punzantes.

La organización feminista Nazra publicó un informe con testimonios espeluznantes de mujeres que habían sufrido violencia sexual en Egipto entre 2011 y 2013. A nivel general, la agencia de las Naciones Unidas para la igualdad de género y el empoderamiento de las mujeres publicó su informe actualizado en 2012, y estimó que el 99,3% de las egipcias habían sido alguna vez objeto de acoso sexual, y el 30% de las encuestadas aseguraron haber sido víctimas de violación directa.

Ni es un caso aislado ni es una provocación por parte de las mujeres. Lo que está claro es que, como cualquier revolución, debe haber un cambio de arriba a abajo para que ésta tenga éxito. Y Egipto nunca podrá ser libre si las egipcias no pueden serlo.

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Foto de portada: Una pintada contra la violencia sexual en las calles del Cairo. (Amnistía Internacional)

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