Divinity y la magia de la televisión

Algo maravilloso que sigue teniendo la televisión por encima de Internet es que, de vez en cuando, sucede la magia. No me malinterpretéis, lo que ha acontecido esta semana con el spot de la Lotería roza el milagro y es una muestra más de que Internet es ya un medio terroríficamente consolidado, con sus propios códigos y con la capacidad de crear Arte a una velocidad difícilmente superada por medios afines como el cine, la televisión o la literatura. Sin embargo, decía, a veces se produce la magia en la televisión y dejamos de ser espectadores caprichosos que sortean la programación como si de un campo de minas se tratara y terminamos descubriendo joyas ocultas sin importarnos demasiado cuánto tiempo lleva en emisión, qué día se pone o cómo hemos llegado realmente hasta allí. A mí eso me ha ocurrido esta semana. En Divinity.

Adentrarse en la programación de Divinity es asomarse a un abismo de purpurina, tacones, bottox y fondant. Un canal de televisión diseñado para pseudopijas que quieren ser Carrie Bradshaw, maricas que quieren ser Carrie Bradshaw y mariliendres que quieren ser Carrie Bradshaw. Un canal maravilloso que se dirige a su target sin prejuicios, con una sinceridad muy naif y muy vulgar. Entre la programación de Divinity, además de series del culto cupcake como ‘Sexo en Nueva York’, ‘Anatomía de Grey’o ‘Ugly Betty’, figuran joyas del docushow como todos esos programas de novias (que algún día tendrán un largo especial en esta sección), el reality de megaculto ‘Tu estilo a juicio’ (en el que los rednecks se ponen fundas en los dientes y se hacen mechas y cardados imposibles) o ese programa de los dos gemelos maricas que te destrozan la casa a cambio de, no sé, cirugía estética. Divinity es sin duda uno de mis canales favoritos porque al ponerlo te sientes como en casa y sin embargo nunca sabes lo que va a pasar.

La semana pasada descubrí un nuevo programa del canal rosa que me dejó totalmente noqueado. Hacía mucho tiempo que no asistía a un espectáculo tan bizarro en televisión (echamos de menos a Paqui la Coles). El programa en cuestión se llama Renovators’ y es una especie de ‘Master Chef’ en el que se sustituye la supuesta alta cocina por… ¡DISEÑO DE INTERIORES!

En la edición que vi yo (desconozco cómo es el resto, ya que sólo vi uno gracias a la magia que he explicado antes) la primera prueba, por equipos, consistió en una adrenalínica competición en la que cada equipo tenía que construir una mesita de café (sic) utilizando sólo el material que les había sido asignado. Unos la construyeron con madera, otros con cristal, otros con mármol etc. Es muy fuerte, pero el programa consigue sacar tensión de un señor bigotudo puliendo una pieza de mármol. En serio. Es un programa que te coloca al límite como espectador y te hacer replantearte los códigos televisivos. ¿Cuánta emoción hay en el contenido y cuánta en el continente?

La segunda prueba, la eliminatoria, rizaba el rizo, pues consistió en una muerte súbita en la que los integrantes del grupo perdedor, divididos ahora en parejas, tenían que tasar una casa situada en un barrio real con la única ayuda de Internet y un teléfono. Tal cual. Cuando llevaba 7 minutos viendo la prueba, con el corazón en el puño, llegué a replantarme los logros de esta sociedad. ¿Es este el techo de nuestra existencia? Si hemos conseguido crear emoción de una gestión inmobiliaria ¿es la hora de dejar paso a especies superiores? ¿Hemos alcanzado el nirvana? ¿Nos hemos pasado el juego de la vida?

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