La Europa que crece en silencio

Hay una Europa que asusta. Y que crece en silencio. Ya desde los noventa, pero sobre todo desde el inicio de la crisis financiera y económica en 2008, cada vez hay más euroescépticos y eurófobos. Y lo que es peor: más peso de los partidos de extrema derecha.

El pasado viernes, cinco partidos políticos se reunieron discretamente en Viena. Representantes de la extrema derecha del Frente Nacional (Francia), Liga Norte (Italia), Demócratas de Suecia, Vlaams Belang (Interés Flamenco en neerlandés, Bélgica) y el Partido de la Libertad (Austria) se encontraron para planificar una estrategia conjunta con vista a las elecciones europeas que tendrán lugar esta primavera.

Si bien a estos partidos les separan algunas cosas -y cada uno se preocupa únicamente por su país- hay algo que les une y es muy fuerte: el rechazo, por decirlo suavemente, hacia la Unión Europea y una política antiinmigración. Su campaña hacia las europeas ya ha empezado y el margen para frenarla es muy corto.

Un grupo de extrema derecha en la Eurocámara

A tan sólo seis meses de los comicios, los líderes de estos partidos han expresado su deseo de formar un grupo político en la Eurocámara. Para lograrlo se requieren, como mínimo, 25 eurodiputados de siete países y, de conseguirlo, ello permite a los miembros del grupo parlamentario acceder a los fondos europeos para organizar reuniones y publicitarse, así como también gozar de más oficinas y personal.

La estrategia para sumar votos pasa por un sistema de propaganda basado en un discurso fácil, que culpa a Bruselas de todos los males e incluso tacha la Unión Europea de ‘monstruo’ –como dijo hace unos días el líder del Partido de la Libertad Holandés, Geert Wilders– y que aboga, de un modo u otro, por frenar la inmigración hacia Europa, especialmente cargando contra el Islam.

El populismo de la extrema derecha se encuentra ahora en el contexto más adecuado para ganar adeptos: países azotados fuertemente por la crisis, hartos de recortes, una Unión en la que sólo confía el 30% de su población –según el último informe de Eurostat– y unas instituciones que resultan ajenas a los ciudadanos.

Vale que las europeas, ya de por sí, suelen llegar a niveles de participación tristemente patéticos –en el 2009 menos de la mitad de los ciudadanos europeos votaron- y que puede ser que en esta cita no aumenten esas cifras, pero esta vez el problema va más allá. ¿Qué votarán los ciudadanos que sí se movilicen? En Francia, por ejemplo, es la primera vez que el partido de Marine Le Pen, el Frente Nacional, lidera las preferencias a escala nacional, con el 24% de intención de voto, según la última encuesta del instituto de opinión pública francés, IFOP.

Un Parlamento Europeo más poderoso ante los próximos comicios

A la par que ha habido en los últimos años un claro aumento del euroescepticismo, se ha librado una lucha intracomunitaria que ha conseguido dotar al Parlamento Europeo de más poderes, más codecisión en más áreas. Guste o no, la Eurocámara es la única institución del triángulo –Comisión, Consejo de la UE y Parlamento Europeo– que representa directamente a los ciudadanos y que trabaja para defender sus intereses.

El peligro de que algunos, o muchos, se dejen llevar por el discurso fácil de la extrema derecha, que se alimenta del cabreo de los ciudadanos, es algo que nos debe preocupar. Lo que se decide en Bruselas pasa, en muchos casos, por el Parlamento Europeo y contra la democracia no hay argumento al que agarrarse, así que no quedará más remedio que aceptar la realidad política que surja a partir de Mayo de 2014. El resultado será, y lo será para los próximos cinco años.

Si bien la posibilidad de formar un grupo parlamentario existe, algunos confían en que la disparidad ideológica entre los distintos partidos de extrema derecha (que la hay) lo convierta en una posibilidad más bien poco probable. Pero, el solo hecho de que se cumplan las previsiones de los distintos sondeos sobre intención de voto que en algunos países prevén una mayor presencia de la extrema derecha, debe alarmarnos. Y, de paso, generar dos preguntas: a los políticos, ¿qué estamos haciendo mal? Y a nosotros, ¿votaré en las europeas?

Ante lo que algunos califican de una ‘Europa enferma’ o una Europa en decadencia, que también comete errores –igual que los gobiernos nacionales– es difícil no dejarse arrastrar por la marea de pesimismo. Pero me apetece pensar que también es difícil que Europa retroceda y se deshaga después de más de medio siglo de construcción. Me apetece pensar también que somos suficientemente listos como para no cometer los mismos errores que cometimos en el pasado. Hay que cambiar cosas, no destruirlas. Que Europa se haga vieja no significa que haya perdido el juicio, esperemos.

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Foto de portada: Marine Le Pen en el mitin del Frente Nacional durante el Primero de Mayo de 2012 (Foto: Blandine LC)

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