Muriendo en vida

2 de diciembre de 1791. Muere en Viena a los 35 años Wolfgang Amadeus Mozart, uno, si no el que más, de los compositores más prolíficos e influyentes de la historia de la música; se va por la puerta de atrás, en la indigencia y con la absoluta indiferencia de la práctica totalidad de sus coetáneos. 24 de octubre de 2013. Fallece en Benidorm, a sus 82, Manolo Escobar, despedido, igual que ocurriera sólo tres días más tarde con el adiós a un más internacional Lou Reed y el de tantos otros antes, con honores ‘mediático-populares’ de jefe de estado, acaparando portadas e hiperbólicos elogios de esos que mitifican post mortem hasta al más vilipendiado en vida durante varios días.

No es la primera vez, pero mientras esto pasaba había una pregunta que no dejaba de asaltarme: ¿qué ha ocurrido, pues, durante los más de dos siglos que contemplan ambos escenarios? Si, como no parece demasiado arriesgado afirmar, el genio y la influencia de la obra de uno es sobradamente superior al del otro, ¿sobre qué motivos se asienta la paradoja en la percepción y respuesta del público ante sus respectivos decesos?

La respuesta se me antojó al punto sencilla; y compleja a la misma vez: los tiempos. El cine. La radio. La televisión. Los reproductores compactos. Internet… Todo ello ha sido clave en la elevación popular al grado de cuasi deidades de tantísimas personalidades a nivel mundial en los inicios de la aún incipiente globalización. Mozart llegaba sólo a las élites; Lou Reed, hasta al más desgraciado de los mortales.

Y así comienza la historia, casi sin darnos cuenta, de la gestación de un drama universal. Porque la generación de artistas (no sólo músicos, también actores y cineastas, escritores…) que cautivaron especialmente a sus coetáneos, los baby boomers, en el esplendor cultural de los años sesenta que ya dejaba intuir la proyección de la aldea global, se va apagando poco a poco conforme van llegando ya a sus setenta y tantos… Hasta ahora, el adiós de todos ellos no eran más que pasajes puntuales de forma esporádica, pero, amigos, a partir de ahora la cosa va a ir cogiendo velocidad… Y pronto empezarán a caer como moscas. Con todo lo que ello conlleva.

Ecos de muerte

Muy pronto (me temo que, desde luego, mucho antes de lo que desearíamos) asistiremos a una oleada de defunciones de todos aquellos músicos que ha puesto la banda sonora a la vida de nuestros padres y, casi sin querer, también a la nuestra. Pero, ¿cómo nos afectará esto? ¿Qué ocurrirá cuando mueran los Little Richard, Mick Jagger, Bob Dylan, Paul McCartney (sí, soy uno de esos locos que están convencidos de que aún vive), Eric Clapton, David Bowie, Raphael y compañía?

Para un noventayochista como yo, la conclusión cae por su propio peso: toda esa generación que creció viendo, oyendo, siguiendo y, en definitiva, creyendo a esos mitos populares, vivirá en la tensión constante que genera la permanente conciencia de muerte -y aún peor, de la fugacidad de la vida-, mucho más intensa por cuanto el bombardeo mediático hace imposible esquivar la reflexión propia.

Basta con asistir brevemente a la desorbitada repercusión tras la muerte de ídolos como Jimmy Hendrix, Jim Morrison, Marvin Gaye, Otis Redding, Elvis Presley, John Lennon, Bob Marley, Kurt Cobain, Michael Jackson, Amy Winehouse… Y eso que todos ellos fueron, en mayor o menor medidas, víctimas de la tragedia (a pesar, es cierto, del afán de algunos de ellos por afiliarse al tristemente famoso Club de los 27). Más reveladores son, por ejemplo, los casos de decesos como los de Johnny Cash o el propio Lou Reed, esta vez sí en el impepinable ocaso de sus vidas. Inmediatamente se tiende a repasar, en una suerte de apresurado tributo póstumo, la jugosa biografía y obra del desaparecido, así como a buscar las reacciones de sus homólogos contemporáneos, haciendo hincapié aún más en la fragilidad y lo efímero de la vida. Como recordándonos que tarde o temprano, como ellos, todos moriremos…

Suerte que las obras son eternas.

Lo mejor, pues, es seguir la consigna que reivindicaba el gran ‘Macca’: vive y deja morir.

***

Foto de portada: ‘Lou Reed, príncipe de la noche y las angustias’ (Autor: Thierry Ehrmann)

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