El consejero: violencia metafísica de bajo voltaje

Podemos decir que El consejero está bien interpretada, bien dirigida, con un guion que tiene instantes de auténtica brillantez y una última media hora altamente satisfactoria. Por todo eso, sumado a su particular estructura, resulta harto complicado diagnosticar con precisión por qué no nos gusta. Pero no nos gusta.

Se tarda en entrar en el juego que proponen McCarthy y Scott. Nos presentan a varios arquetipos del noir (la femme fatale, el galán, el capo, el buscavidas…) que en lugar de responder a los mandatos de su papel, se dedican a filosofar sobre el bien y el mal, la avaricia y diversos pecados capitales. Casi siempre lo hacen de dos en dos, y normalmente uno de ellos es un (otra vez) magnífico Michael Fassbender al que nunca conocemos lo suficiente como para identificarnos con él. Nuestros oídos son continuamente embelesados con líneas de diálogo más agudas e inteligentes que casi cualquier cosa que hayamos visto en pantalla grande en el último par de años, pero pronto nos daremos cuenta de eso es todo lo que vamos a ver, al menos durante la primera mitad del metraje. Y piensas que quizá preferirías estar leyéndolo en tu sofá en lugar de escucharlo en comunidad con el resto de espectadores.

Mientras esos pensamientos rondan tu cabeza, pues es inevitable que tu mente se tome algunas libertades mientras atiende a la radionovela, de repente la película cambia de registro por obra y gracia de una secuencia redonda. Da la sensación de que a los autores no les habría importado seguir media hora más con los prolegómenos, de la misma forma que nosotros no hubiéramos hecho ascos a media hora menos, pero  el caso es que el cambio llega cuando llega. Unos cinco minutos del mejor McCarthy llevado a imágenes en los que parece que el equivalente natural del escritor en la pantalla, Joel Coen, ha tomado el mando y va a hacer del resto de la película un espectáculo digno de pagar la entrada. Pero la secuencia termina y con ella el espejismo.

Lo que sucede al “incidente en la autopista” es mucho más interesante que lo que habíamos visto hasta entonces, pero no lo suficiente como para recuperar la fe en una historia de la que nuestro interés se había fugado hace rato. Por fin entendemos que las largas conversaciones de las que habíamos sido testigos eran muestras de la inagotable avaricia que movía a los personajes, y que lo que vamos a ver desde ahora es el castigo a tan censurable comportamiento. La otra lectura, si lo preferís, es la de que en el mundo del crimen, cuando los preceptos morales carecen de importancia, la mejor oportunidad para sobrevivir está reservada a los que no tienen más deseos y preocupaciones que ellos mismos y su propia supervivencia. Tanto si escogemos una u otra, o una saludable combinación de ambas, la caída de unos personajes a los que nadie se ha molestado en trabajar lo suficiente como para que nos importen demasiado, se contempla con placer estético por la belleza de sus violentas secuencias pero sin demasiado interés.

En resumidas cuentas, el que disfrute del thriller como microcosmos de las grandes miserias humanas y las disquisiciones éticas adornadas con chorros de sangre, encontrará motivos suficientes para disfrutar de El consejero pese al inevitable tedio que sufrirá en algunos tramos. El resto de los mortales tendrá que conformarse con descubrir que la mayoría de la película está rodada en España y aguantar las dos horas tratando de situar en el mapa las distintas localizaciones que conforman la particular visión de El Paso que nos brinda Ridley Scott.

Lo que dije de El consejero

Que Ridley Scott y Cormac McCarthy hayan formado un equipo es como juntar a Messi y Ronaldo. Los dos son buenísimos, pero tanto que temes que uno vaya agachar la cabeza y dejar al otro el primer plano.

Como bien me apuntaban en los comentarios el viernes, el símil se puede aplicar para Cormac McCarthy, pero Ridley Scott quizá sea más el Maradona de la actualidad, porque lleva unos cuantos años sin hacer ninguna película magistral.

No me atrevo a pronosticar que pasaría con semejante pareja futbolística, pero en la cinematográfica es Scott el que tiene las de perder. Dirigir un guion de uno de los mejores escritores que hay ahora mismo en este planeta tiene que causar vértigo. Y aunque el amigo Ridley tenga tablas para esto y mucho más, no me extrañaría que hubiera respetado el libreto hasta la postración y eso resulte perjudicial para la película. Recordemos que McCarthy es novelista, no guionista, y por muy genio que seas, son dos disciplinas muy diferentes y se puede notar.

No sé si por exceso de respeto o porque también creía firmemente en el proyecto, pero el guion era un diamante en bruto que podría haberse convertido en una maravilla si alguien con la cabeza despejada hubiera metido mano en él.

Reconozco que si empiezo buscando posibles fallos es porque la crítica se ha lanzado como un buitre hacia la película.

La película ofrece motivos de sobra para lanzarse a por su cadáver y despellejarlo sin piedad. No estoy de acuerdo con lo radical que se ha sido con ella, pero es difícil erigirse defensor de una obra que falla en tantos frentes.

Porque si al mencionado tándem le añadimos un reparto que incluye a dioses como Fassbender o Bardem y actorazos como Brad Pitt, Penélope Cruz o Cameron Díaz te da la impresión de que nada puede fallar. Las interpretaciones, si no se pasan de rosca hasta el infinito, tienen que ser buenas.

Pasa algo raro con las interpretaciones. No se puede decir que los actores estén mal, porque incluso algunos están muy bien, pero da la sensación de que se podría haber conseguido un elenco mucho más apropiado para la historia. Aunque claro, si la película hubiera sido mejor, estaríamos todos aplaudiendo sin tregua a Fassbender y compañía, así que tampoco vamos a ponernos ventajistas.

Y McCarthy es una bestia creando personajes inolvidables y diálogos magistrales. Tiene que gustarme, me resisto a creer a la crítica. Si no lo hace, me encontraréis llorando metido en un armario mientras releo Meridiano de Sangre.

Los personajes son carismáticos, pero no inolvidables. Los diálogos en cambio sí que alcanzan la excelencia en varios momentos, pero el logro se ve ensombrecido por su desproporcionado peso en la película. La cosa no es tan desastrosa como para encerrarme en un armario, pero sin duda tendré que refugiarme en sus novelas si quiero encontrar al mejor Cormac McCarthy.

¿Qué gafas me llevo?

 el-consejero-grafico-prejuicioso

Entonces: ¿voy a verla?

Para aficionados a las conversaciones filosóficas peer to peer intercaladas con arrebatos de casquería. El resto encontraréis en la cartelera otras propuestas que se adapten mejor a vuestros gustos.

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