Indefinidos (y tres)

El nombre que se puede nombrar no es el nombre permanente.
 Sin nombre es el origen del cielo y de la tierra.
 Por eso,
 en la nada permanente se vislumbrará su misterio,
 en el ser permanente se vislumbrará su límite”.
 (Lao Zi, Tao te king).

Viene de Nominalistas (dos)

El Paraíso era un sindiós. Ya ni se sabía cuánto llevaba Yahvé sin aparecerse por ahí. ¿Estaría quizá instaurando las Vacaciones de modo semejante a como instauró la Semana, a través del descanso ejemplar? Poco importaba, de todas maneras. Sólo Eva y Adán sentían algo de desamparo; pese a los rumores, y a una lógica caída de la bolsa, el resto de la fauna permanecía como siempre, ajena al tiempo y a las preocupaciones. Pero en el corazón de Eva no pesaba tanto la ausencia de su creador como la presencia del Árbol del Bien y del Mal, que silenciosamente la llamaba; lo sabía prohibido, y esa restricción enardecía su deseo.

Había, además, cavilado mucho sobre el discurso de la serpiente. Así que una mañana, para alejar su mente de la tentación frutal, reunió de nuevo a su compañero y al áspid, que esta vez no llevaba pajarita, y les dijo así:

Cada uno de vuestros discursos me iba fascinando según lo escuchaba, pero luego, en soledad, no sabía muy bien cómo atenerme a ellos. Después de tanto tiempo he meditado lo siguiente; dejad que os lo exponga tras recordaros con precisión lo que dijisteis”.

Entre los tres reconstruyeron sin esfuerzo –al igual que hará el lector– lo dicho en las otras dos jornadas.

Escalas y precisiones

Pues bien, mucho me parece a mí que el asunto de la justicia quedó en parte sin responderse. Hablaste de escalas, ¿verdad, serpiente? Explicaste que cada ley se pretende como única y universal; y que, por lo tanto, lo justo y lo injusto dependerán de ella. Lo que yo no puedo imaginar es, desde luego, una ley que se contradiga a sí misma, o que sea en verdad aleatoria. Tampoco la cuestión del “más o menos” me resulta apropiada. Una ley es la que es, y además debe carecer de términos medios. Hablo de la ley ideal, claro; pero las leyes escritas aspiran a lo ideal. Entiendo que no haya subjetividades ahí. Cada discusión sobre justo/injusto se centra en cómo y por qué uno se merece una cosa, y otro otra; y de ahí se saca luego una ley.

Pero, ¿quién nos roba el “más o menos”? Que la ley quiera ser exacta, pase; pero que lo sea de verdad, no me lo creo. Y lo mismo veo yo en los colores, que a veces se confunden entre sí, y cuyos nombres incluso dependen de que haya en el idioma de turno una palabra que se refiera a ellos; o con los sentimientos, como decía la serpiente: ¿no tratan los poetas de dar con las palabras que definan lo que sienten? ¿Y hay alguien lo bastante tonto como para contentarse con lo que digan de sus sentimientos sus palabras? ¿No sentimos siempre más, mucho más, de lo que podemos expresar?

Las escalas de las que hablabas, serpiente, me parecen objetivas, si tiene algún sentido decirlo así; pero no absolutas ni perfectas. Siempre se les escapa un infinito indefinido, o una indefinición infinita, a la cual añadir más matices”.

¿Por qué infinita?”, inquirió la serpiente algo mosqueada.

Hace poco”, contestó Eva, “me desvelé en mitad de la noche, contemplé las estrellas y me pregunté: ¿Cuántas son las cosas que no conozco? Y me dije que, si supiera cuántas son, ya no serían para mí desconocidas. Y, si llegara a conocerlas, ¿cómo podría saber que las conozco todas, sin haberlas numerado de antemano? ¿Se me escaparía alguna acaso? Seguirían siendo desconocidas las que se me escapasen, hasta que llegara yo a saberlas. Y así, el proceso es interminable.

Al lector que nos diga cuántas estrellas hay, le regalamos una suscripción a Mayhem durante un año.

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Pues eso veo yo que les pasa a las palabras. De que el subjetivista no tiene razón, más o menos estoy convencida; de que el lenguaje sea objetivo, no mucho. ¿Por qué? Sobre todo porque, cada vez que una habla (ya empiezo a vislumbrar que la lengua es un instrumento para distinguir entre cosas que de por sí no se diferencian, pues son cosas todas), el lenguaje tiene que imponer su falta de matices. Así, diré “fruto” para hablar de lo que sale de los árboles, sea él una manzana o un limón; pero diré “manzana” haciendo como si la roja y la verde fueran la misma; y todavía diré “reineta” para hablar de dos manzanas del mismo tipo, aunque una esté más oscura y tenga manchas marrones ya, y la otra aún se vea clara y reluciente. Y podría seguir sin fin, distinguiendo una cosa de la otra, matizando tanto como me lo permita mi lengua, pero sin llegar jamás a término alguno.

Al margen del significado

Encima te dejaste en la cuneta, serpiente, esas otras palabras que no son subjetivas ni objetivas, sino que carecen de significado, y cuyo referente cambia a cada rato. Por ejemplo, “esto”, o “yo”. “Yo” no significa nada; sólo señala al que pronuncia la frase. “Esto” es un índice de cercanía con respecto al oyente y al hablante. “Yo” puede decirlo cualquiera que hable; esa misma palabra, sólo por aparecer, sitúa al sujeto en algún sitio, ¿no? Pero, ella misma, ¿es sujeto de algo? Ahora que hablamos de ella… sí, claro, es nuestro objeto. ¿Y qué pasa mientras ella habla, mientras se dice “yo”? ¿Dónde está?

Empiezo a sospechar que el lenguaje, como habla de las cosas, está fuera de las cosas; a no ser que se hable de él como cosa (lo que esos hombres llamaban “metalenguaje”). Por lo tanto, no puede ser, mientras habla, ni objetivo ni subjetivo: no es sujeto de nada –él indica el sujeto, o sea, quién habla, mediante palabras como “yo”; o quién escucha, con “tú”–, ni es objeto de nada –él señala al objeto con sus palabras–, y así queda momentáneamente fuera del mundo. Y me temo que entonces se nos rompe la oposición entre sujeto y objeto.

Además, si yo le digo a Adán, en una disputa, que está siendo muy “subjetivo”, lo que suelo querer decir es que ve las cosas con error; que no razona bien, que se deja llevar por una falsa impresión, que le puede el sentimiento. Bien es cierto que suele decírmelo él más a mí. Pero este uso es bien revelador. Excluye los relativismos y los sustituye por la obcecación que no atiende a razones. Razones habladas, por supuesto. Por eso, como decías, serpiente, un relativista se revuelve contra el lenguaje cuando sus razones lo acorralan.

Y, por último, serpiente, Adán,” (pero Eva vio que Adán estaba distraído y miraba cabizbajo hacia su vientre), “tan rodeados como vivimos de animales en este paraíso, ¿vamos a dejarles a ellos sin su visión del mundo? ¿Será objetiva o subjetiva? ¿Será sin límites en lo indefinido, o será definida como la nuestra?

Conclusión sin conclusión

No, no sabemos lo que es el mundo de verdad. Eso es lo que siento cuanto más lo pienso. El de las palabras, sí. Ése está claro. No mucho, pero sí lo bastante. Sin embargo, ¿cómo es el de verdad? ¿Nunca os habéis preguntado cómo son las cosas en sí mismas, puras, sin nombres, sin perspectiva, si palabras que las nombres? Meditaciones así me sumergen en un abismo del que me cuesta salir”.

Adán sonreía, como de costumbre. Pero sin mucho que decir.

Eva se puso en pie, y lo miró con compasión. Luego caminó derecha hacia el Árbol del Bien y del Mal, agarró uno de sus frutos, semejante a un higo, y se lo acercó a la boca.

La serpiente reptó tras ella y trató de impedírselo, mientras Adán permanecía impasible a lo lejos. Pero Eva desatendió las numerosas razones de la sierpe, y le dijo:

“Ahora sé que bien y mal tampoco significan gran cosa. ¿Aprenderé a distinguirlos si como de este árbol? ¿Tanto le preocupa a Dios? ¿Sabes lo que creo, serpiente? Padre lleva ya tanto tiempo exiliado que no vaticino jamás su regreso. Comeré de este fruto, no porque quiera distinguir entre morales, que bien me temo su efecto maligno en cuanto aplique su escala a mis prójimos y los condene en mi interior como si yo fuera una perversa e impotente juez (¡la de amarguras que traerá eso!), sino porque este sabor es aún para mí desconocido. Y ni yo sé lo que encontraré en este mordisco”.

Adán, mientras tanto, se había construido un calzón con unas hojas de parra. No sabía la causa, pero tener eso colgando libremente le incomodaba cada vez más.

Dios nunca volvió, pero al cabo de un largo tiempo aparecieron un registrador de la propiedad, un emprendedor rebosante de confianza en sí mismo, y un político suave y manso que olía muy bien, y aplicaron al Paraíso el criterio de Rentabilidad. Se cargaron a la serpiente con un golpe de azadón, pusieron a trabajar a destajo a Adán y Eva (felices por no engrosar las listas del paro, ¡gozoso trabajo!), y asfaltaron el odioso césped hasta donde llegaba la vista. Ya no se podía holgar gozosamente, pero había llegado al menos el menos malo de los sistemas posibles.

Así quedó el Edén tras el "Plan de optimización de los recursos florales". ¿Estaría más o menos definido que antes?

Así quedó el Edén tras el “Plan de optimización de los recursos florales”. ¿Estaría más o menos definido que antes?

Y Dios, a lo lejos, sonreía relativamente.

Traducción de la cita de Lao Zi por Anne-Hèléne Suárez Girard, Trotta, tercera edición (2004)

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