La independencia escocesa apunta al corazón del modelo social británico

Renacionalizar el sistema de correos, establecer un servicio público de cuidado de niños a partir del año, incrementar el salario mínimo de acuerdo al coste de la vida,  restituir las ayudas a la vivienda, reducir la factura de la luz o retirar las bases nucleares son algunas de las medidas que los independentistas escoceses han puesto sobre la mesa de cara al referéndum del próximo 18 de septiembre. Aunque las encuestas siguen dando la victoria al unionismo, aún hay mucho tiempo por delante y un amplio grupo de electores indecisos que podrían hacer inclinar la balanza en sentido contrario.

 “Una Escocia independiente podría controlar su sistema tributario y su sistema de prestaciones. Estos son posiblemente los dos sistemas sobre los que el Gobierno escocés no tiene un control suficiente como para llevar a cabo un cambio radical, para hacer justicia social y volver a lo que era en 1942, cuando se fundó el sistema de bienestar en Reino Unido, basado en principios universales”,  explica Kirstein Rummery, profesora de sociología y política social en la Universidad de Stirling, quien considera que “Westminster ha convivido muy lejos de ese modelo” y en su lugar ha construido un “sociedad muy desigual, con una enorme diferencia entre el 10 por ciento más rico y el 10 por ciento más pobre”.

Reino Unido es la séptima economía del mundo y, sin embargo, 13,5 millones de personas, o lo que es lo mismo, una de cada cinco, viven en situación de pobreza de acuerdo con cifras de Oxfam. El “libro blanco” de la independencia, la hoja de ruta presentada a finales de noviembre, recoge esta realidad, y recuerda que el país ocupa el puesto 28 de los 34 países de la OCDE en términos de desigualdad. Frente a esto, “más democracia, prosperidad y equidad” son los principios sobre los que se sustenta la campaña por el sí encabezada por el Partido Nacionalista Escocés (SNP, por sus siglas en inglés).

Desde que en 1999 se llevase a cabo el proceso de devolución de competencias, Escocia, con gobiernos laboristas y nacionalistas, ha podido imprimir su propio carácter en asuntos como sanidad, educación o justicia. Por ejemplo, a diferencia de la paulatina entrada del sector privado en el Servicio Nacional de Salud, Edimburgo ha mantenido a salvo de cualquier intromisión a sus hospitales. De esta manera, aunque el gobierno del Reino Unido sigue gestionando asuntos como la  economía o la seguridad social, los escoceses se han mantenido relativamente a resguardo de las duras políticas de austeridad aplicadas desde Londres y mientras para algunos ha sido solo el inicio de la separación definitiva, otros consideran que es suficiente y que es mejor no arriesgarse a jugar en el tablero global en solitario.

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Alex Salmond y Nicola Sturgeon, primer ministro escocés y su número dos, respectivamente,  miembros del SNP, en la presentación de “A National Conversation” en 2007, libro blanco para la autodeterminación de Escocia (Foto: Gobierno de Escocia)

“Creo que Escocia está mejor dentro del Reino Unido. Tenemos un parlamento con la capacidad de diseñar políticas en materia de sanidad, educación o justicia, y al mismo tiempo somos parte de una unión política mucho más grande (…). En un mundo interdependiente necesitamos tener poder e influencia para hacer cambios y Escocia perdería eso si vota por el sí”, argumenta Kezia Dugdale, parlamentaria laborista y portavoz de la campaña “Mejor juntos” que agrupa a un conglomerado de partidos contrarios a la separación.

Siguiendo el modelo de los países nórdicos

No cabe duda de que la propuesta independentista se ha fijado en el modelo de sociedad de los países nórdicos. De ellos se pueden extraer algunas lecciones, como la de separar la política económica de la política social. “Ese es el error que el Reino Unido ha cometido siguiendo una política neoliberal que se centra en el crecimiento y da por hecho que la riqueza goteará al resto de capas sociales, y no, el resultado es una sociedad muy desigual”, lamenta Rummery.

“El impacto por desigualdad aquí es mucho mayor que en Noruega, pero la riqueza, medida por la OCDE, está a la par, lo que indica que es posible tener fortaleza económica y justicia social y yo diría que, de hecho, parte del por qué los países nórdicos han alcanzado esos niveles de riqueza económica y prosperidad es porque han situado la política social en el centro”, afirma la académica, quien además critica que para Londres costear el sistema de bienestar se haya visto “como un gasto y no como una inversión”.

Partiendo de la premisa de que en Reino Unido nadie cuestiona que Escocia sea una nación, los independentistas han apostado por rebajar al mínimo los cambios de envoltura y los riesgos de crear más incertidumbre de la necesaria. De esta forma, aunque incluso en el seno del Partido Nacionalista Escocés hay voces discrepantes, una Escocia independiente mantendría a la Reina como jefa del estado, la libra como moneda y la Unión Europea como sociedad y mercado común. “Por supuesto que algunos prefieren que Escocia se convierta en una República, que abandone la Unión Europea o la OTAN, o que tenga su propia moneda. Después de que Escocia se convierta en un país independiente, cualquier partido político que busque realizar este tipo de cambios tendría primero que ganar el apoyo para hacerlo en unas elecciones”, escribe el primer ministro escocés Alex Salmond en el “libro blanco”.

En ese espectro de organizaciones que piden ir más allá, se encuentra la fundación Jimmy Reid, que a través del documento “The Common Weal” (El bien común) propone un nuevo modelo de desarrollo económico y social. Su director, Robin MacAlpine, recalca que “una Escocia independiente tiene necesariamente que ser más igualitaria. No solo somos uno de los países más desiguales del mundo desarrollado, sino que tenemos la mayor tasa de inequidad entre hombres y mujeres, así que casi cualquier viaje hacia el futuro tiene que pasar por solucionar esto”.

En el centro de su propuesta se encuentra promover la industria local y acabar con la especulación financiera de la City de Londres y de las grandes corporaciones multinacionales. “Ninguno de estos sectores crean un gran número de trabajos cualificados. Esa es la clave, reorientar el desarrollo económico, ya no vale con decir un trabajo es un trabajo, sea el que sea, no, queremos crear un economía de calidad”, precisa.

El sector clave en la propuesta es el de la mediana empresa. “La economía de Escocia deberá por supuesto continuar buscando inversiones en el extranjero. Pero, a menos que a través de estrategias industriales no se desarrolle una economía doméstica fuerte, productiva e innovadora, la economía de la precariedad, de baja cualificación y bajos salarios, continuará dominando”, puede leerse en el documento.

Numerosas son las cuestiones que están abiertas en el debate sobre el futuro escocés. Pero para muchos esto no acabará el próximo 18 de septiembre con el referéndum. “Aunque gane el no, asistiremos a un debate muy interesante sobre qué relación tendremos con el resto del Reino Unido. Se ha abierto la caja de Pandora, y no podrá cerrarse de nuevo, no creo que podamos volver atrás”, sentencia Rummery.

***

Asela Viar realizó todas las entrevistas el pasado sábado 30 de noviembre en el marco del evento titulado “Explorando la independencia tras la presentación del libro blanco”, organizado por el Consejo de investigaciones económicas y sociales de la Universidad de Edimburgo.

Foto de portada: Estatua de William Wallace en Aberdeen (Foto: Axis12002)

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