Navideños (sobre el verbo encarnado)

Supongo que lo habrán notado ya desde principios de noviembre, pero ¡es navidad! Sí, seguimos celebrando con otro collar (mismo perro) el nacimiento de nuestro dios solar predilecto: el adorable y tauromáquico Mitra. En “Mejor callarse”, como homenaje al tipo que le usurpó la festividad –pero no fue culpa suya–, nos salimos esta semana de lo previsto para ponernos algo solemnes y extensos (perdón por lo segundo).

Charlemos un poco sobre Jesús de Nazaret….

Calentando

Ahora que el ateísmo se ha convertido por fin en una religión, y que la lectura más o menos seria de un texto religioso se considera inútil (la misma soberbia pretenciosa que los religiosos cerriles muestran hacia lo que no comprenden), o abocada a una necia risa de superioridad intelectual, vamos a hablar aquí de las palabras de Jesús.

¿Podremos, aunque sea a través de muchas dificultades, hallarlas puras? ¿Será acaso posible?

Porque los mismos evangelios canónicos se nos han transmitido de manera muy azarosa. Los tres sinópticos poseen sus obvias similitudes; pero también cuenta cada uno con sus rasgos de estilo característicos, así como con fechas de redacción disímiles, que hace casi imposible cualquier conocimiento veraz sobre su origen. Y puede que haya una fuente común para Mateo, Marcos y Lucas –el famoso Documento Q y las teorías de influencias mutuas–, pero desde luego no para Juan, casi gnóstico, que convierte veladamente a Jesús, el judío, en una figura cristiana que preludia el antisemitismo. Por no mencionar que ningún evangelio aspira a dar cuenta de la verdad más descarnada; por mucho que crean en Jesús, siguen siendo ya textos insertos en su época: o sea, apologéticos.

Tampoco nos sirven los historiadores romanos, los cuales no hablaron de él sino una vez muerto; pues los asuntos foráneos no interesaban demasiado en Roma, salvo si éstos afectaban a Roma de algún modo; y Flavio Josefo no suscita entre los estudiosos excesiva confianza.

Por otro lado, las explicaciones más religiosas sobre los evangelios tampoco se nos presentan claras; no fue Jesús un teólogo, ni puede uno encontrar en él una personalidad definida con nitidez y rigor intachables. Como pasa con Hamlet, quien pretende abarcar a Jesús a través de la psicología termina volviéndose autobiográfico. Su modo de hablar se resiste a cualquier categorización. Jesús –como vamos a ver– se contradice, ironiza, exagera. La vastedad de sus recursos retóricos lo vuelve tan complejo como irreductible.

"¿Pero quién será ese perroflauta piojoso que va predicando por ahí el amor a los enemigos?"

“¿Pero quién será ese perroflauta piojoso que va predicando por ahí el amor a los enemigos?”

¿Hacia dónde tiramos, entonces?

Pues, mediante una lectura razonable, puede uno con cierta pericia –nunca del todo segura, por otra parte– identificar las interpolaciones tardías (por ejemplo, los fragmentos que anticipan lo que luego sucedería históricamente), el tono de cada evangelista (que eso sí se percibe bien), la insistencia de cada evangelio en una faceta de Jesús, las frases que se repiten una y otra vez (habría afirmaciones suyas tan conocidas entre las gentes, que no podrían ya ni alterarse ni ocultarse), así como aquello que suene, en efecto, atemporal, ya sea porque nos habla a nosotros aquí y ahora, ya porque no se hubiese dicho nada parecido hasta que llegó Jesús y lo dijo.

He ahí otra cuestión. Puede uno concebir cualesquiera antecedentes para él, y los eruditos bien han rastreado hipotéticas sectas previas en su formación; pero sigue tratándose de un hombre único. En aquellos tiempos, los elegidos para salvarse eran siempre una minoría. Jesús predica para todo el mundo; sin excepciones. El hijo de un dios bien podría nacer de un gran rey o de un gran guerrero; encarnarse en el hijo de carpintero resultaba inconcebible. La gloria se alcanzaba entonces mediante el servicio a la patria y al Dios de turno, o mediante la victoria en la guerra; Jesús se la ofrece a los mansos, a los puros de corazón,  y a los desdichados. Tampoco distingue entre hombres y mujeres, ni cree en las estructuras familiares, salvo como metáfora. No recomienda el recogimiento o despotrica contra el dolor del mundo, sino que propone el amor como actitud práctica en sí misma.

A falta de nuevas investigaciones y descubrimientos, parece haber salido de la nada para contradecir de raíz los lugares comunes de todos los credos suyos contemporáneos (y aún posteriores, incluso).

Aunque insto al lector de Mayhem a que se lea íntegros los evangelios canónicos, más el apócrifo de Tomás, haciéndolo con una mirada limpia, voy a glosar aquí algunas de las palabras más vivas de Jesús; y que ellas, libres ya de problemas textuales o históricos –que ahí seguirán, de todos modos–, digan lo que tengan que decir.

Liberarse

Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres, dijo. Más adelante, Pilatos le pregunta si es hijo de Dios. A lo cual él responde: Tú lo dices. Que es como decirle “ni sí, ni no, tú sabrás por qué lo preguntas”. Y añade: Todo el que escucha la verdad escucha mi voz. Pilatos le pregunta entonces qué es la verdad (pregunta muy razonable), y Jesús, esta vez, calla. No tiene respuesta. ¿Cómo, entonces, nos hará libres una verdad que ni él mismo puede expresar? Pues del modo más sencillo: a través del sentido inverso de la frase. Si la verdad nos hace libres, las mentiras –evidentemente–, serán la que nos encadenan.

A destruir esas mentiras se encaminan sus palabras. Las primeras mentiras son la culpa y el temor a la ley. Había por esos tiempos unos moralistas encargados de proteger el rigor de las leyes: los escribas y los fariseos; eran, naturalmente, los que menos las obedecían. Aplicado a nuestros días, sería como si, por hipotético ejemplo, un gobierno, y hasta todo un Parlamento Europeo, sancionasen leyes de austeridad para las gentes, y regularan las transacciones bancarias apelando al bien común, pero a la vez despilfarrasen miles de millones en ellos mismos y en sus chanchullos, y explotasen sin piedad los recursos del tercer mundo. En fin, algo casi inconcebible.

Pues Jesús, en el Sermón de la Montaña, afirma que ha venido, no a abolir la Ley, sino a darle perfecto cumplimiento (lo que no gusta nunca a los guardianes de las leyes, que las ostentan para vulnerarlas). Y se dedica a exagerar tanto cada precepto, que anula la angustia que en conjunto generaban.

Antaño se decía “ojo por ojo”; lo cual causaba en el ofendido una violencia y una bilis dolorosa y nociva. Él ahora dice que, ante un guantazo, hay que poner la otra mejilla; si te cargan para una milla, hay que caminar dos. Antaño se decía que no se debe cometer adulterio; Jesús dice que mirar con deseo a una mujer ya es adulterio; que, por lo tanto, te arranques el ojo derecho para no pecar. Antaño se decía que había que amar a los amigos y odiar a los enemigos; Jesús dice que amar a los que nos aman no tiene ningún mérito. Hay que amar a los enemigos.

Desde 1973 sabemos que María Magdalena era vietnamita, Judas negro, y Jesús levemente estrábico.

Desde 1973 sabemos que María Magdalena era vietnamita, Judas negro, y Jesús levemente estrábico.

A una mente exaltada le parecerán tres consejos idiotas; otra igualmente simple, pero más benévola, verá en ellos demasiada candidez. Pero Jesús no era idiota ni cándido. ¿Hará falta decirlo? Lo que aquí se anula, por exceso, son tres cargas espirituales –psicológicas, si lo prefieren–, a saber: la amargura ante el daño que los demás  nos puedan infligir, el miedo a la libertad de nuestro pensamiento, y el odio connatural al hecho de considerar a otros “enemigos”. Pues, ¿qué mayor desprecio al Poder, que olvidar cualquier ofensa que nos haga? Estamos por encima, no nos atemorizan sus guantazos, ni nos sacan de nuestras casillas. ¿Y cuántas veces nos ocultamos a nosotros mismos  ideas o sentimientos naturales, sólo porque nos han convencido de que son inadecuados? ¿Y no se diluye y desaparece la noción misma de ‘enemigo’ si en vez de odiarlos los amamos (no se puede amar al enemigo, Jesús lo sabía, porque es un contrasentido; pero sí se puede carecer de odio)?

El reino de los cielos

Amontonad tesoros en el reino de los cielos, nos pide. ¿Y cuándo vendrá ese reino, y dónde está?, le preguntan los impacientes de futuro. Está dentro de vosotros, contesta él. “Y no está allí ni allá, sino dentro y fuera de vosotros”, añade en el evangelio apócrifo de Tomás. Y a uno que le abruma con cuestiones del ultramundo, le replica: Mi Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos. También solía contar cómo el ojo es la lámpara del cuerpo; si el ojo está sano, el cuerpo está sano; si el ojo está enfermo, el cuerpo está enfermo. O, dicho de otra manera: lo que entra en la boca del hombre no lo contamina; lo que sale de él (esto es: las tonterías que pueda llegar a soltar uno), eso sí lo contamina.

De modo que, como dice el crítico Harold Bloom, el reino de los cielos es más bien “una región ignota de nuestro yo, sin espacio ni tiempo”.  Y se pregunta, “¿qué de aquellos para quienes el yo no es más que un abismo?”. Para los atormentados en su psique. Pues bien, ya lo explica Jesús al final de su famosa y poco comprendida parábola de los talentos (aquí, entera): “al que tiene se le dará más, pero al que no tiene, lo poco que tenga se le quitará”. Si uno deja que la mezquindad de mente y de corazón lo domine poco a poco, perderá ese reino de los cielos que estaba en él.

¿Estaba en él? Sí, cuando era niño. Jesús quería que los niños se le acercasen, y aconsejaba: el que no se convierta en niño no entrará en el reino de los cielos. ¿Cuál es la característica especial del niño? Pues una, desde luego: no estar contaminado aún con todas las ideologías y los miedos que torturan y dominan al adulto. En su falta de formación espiritual reside su mayor riqueza. Por eso los ricos difícilmente entrarán nunca en ese reino de los cielos; no se puede amar a dos señores: no se puede servir a Dios y al dinero (entendiendo a Dios como ejemplo de “verdad”; no en lo que se convirtió después). Entramos ya en las palabras más explícitamente políticas de Jesús.

¿Qué hacer?

También aquí nos alcanza la eterna pregunta; ¿acaso no basta con pretender liberarse? ¿Cómo hemos de obrar nosotros, los oprimidos por nuestra conciencia, por nuestras ideas fijas, por el poder, por los credos, por los fariseos y los hipócritas, por el dinero mismo? Por lo pronto, no juzgar. Como acabamos de ver, es la visión falsa de las cosas la que enferma al hombre; es su interioridad la que lo empobrece. Pero, en sentido estricto, no es culpa suya, pues él es la víctima de su propia y estúpida visión. Por eso hay que perdonar hasta setenta veces siete.

Además no juzgamos “para no ser juzgados”. Y añade, por si acaso algún cretino no se ha enterado: “porque con la misma vara con que juzgáis seréis juzgados”. Todo juicio sobre alguien se basa en nuestra propia y personal justicia; no existe salvo en nuestro interior; pero esa justicia, por supuesto, también manda sobre nosotros. Podría decirse que todo Freud, sus represiones, y su tiránico super-yo, está aquí ya casi esbozado. Las tensiones del yo que nacen de nuestros juicios (y los juicios con que siempre juzgamos a los demás no son absoluciones, sino condenas: nadie, en su interior, juzga para absolver), fulminadas de un plumazo. Para Jesús no hay malvados a los que juzgar, pues incluso en la cruz absolvió a los que ahí le clavaron, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”.

Aunque crean en lo que hacen: si lo supieran, no lo harían.

Pero este negarse a juzgar, a decir “esos son malos” (lo que implicaría falsamente que “uno” sí es bueno), no conlleva volverse imbécil. Bien sabe Jesús que enviaba a sus discípulos como corderos en medio de lobos, y les recomienda, por lo tanto, en una de las más bellas metáforas del evangelio, ser “astutos como serpientes y puros como palomas”. Él mismo se escapa una y otra vez así de las trampas teológicas que le tienden los que tratan de desenmascararlo. Como sospechan de su desprecio hacia todo poder, le presentan una moneda. “Al césar lo que es del césar”, dice al ver en ella la efigie del emperador. Cuando le reprochan que ande todo el día con pecadores y publicanos, él dice que ha venido, como médico, a ayudar a los enfermos, no a rodearse de los sanos (imaginen a un directivo y accionista de una gran empresa, hoy día, junto a sus empleados más miserables durante toda la jornada, y luchando además a favor de los sindicatos para una mejora completa de sus salarios y sus condiciones laborales. Absurdo, ¿verdad?).

Incluso al propio Pilatos, que va a decidir sobre su vida y su muerte, le espeta: “No tendrías poder sobre mí, si no se te hubiera dado de arriba”. Todo poder es una ficción; una máscara que puede intercambiarse. No le pertenece a nadie; aunque quienes lo ejercen crean que sí.

Lanza su más férreo ataque contra los gobiernos y poderosos, no sólo en el rechazo de la riqueza, sino en la negación del mañana. “No os preocupéis por el mañana, a cada día le basta con su propio mal”. Y apela al perenne esplendor de la naturaleza, que no sabe de inversiones bursátiles, ni de reformas de leyes, ni de planes quinquenales soviéticos. “Mirad los lirios del campo: ni Salomón en toda su gloria se vistió como uno de ellos”, proclama en el Sermón de la Montaña.

Ya ven. Ni Salomón ni Botín en toda su gloria.

Ya ven. Ni Salomón ni Botín en toda su gloria.

Y a uno que le dijo que quería seguirle, pero no podía, porque su padre acababa de morirse, y tenía que enterrarle, le contestó que le siguiera, y le aconsejó dejar “que los muertos entierren a los muertos”. Así se quitaba también de en medio el pasado.

(Contraponga el lector la frase con el tópico ése de que “hay que conocer bien la historia para que no se repita”, como si todos los horrores y las guerras de la historia no hubieran venido motivados por, precisamente, el deseo de hacer historia, o por la identidad nacional de un grupo de gente que se considera unida “por el pasado”, y que, en consecuencia, se auto-legitima para ejercer la violencia).

Que no cunda el pánico ante el mañana. Pero no seamos tampoco hijos del pasado.

La lucha interna

El efecto de las palabras de Jesús no pretende ni puede ser lineal o sencillo. Como él mismo deja caer, “no he venido a traer la paz, sino la espada”, o también “cinco en una casa estarán divididos, dos contra tres y tres contra dos”, o “Estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre; la madre contra la hija y la hija contra la madre; la suegra contra su nuera y la nuera contra su suegra”. Su mensaje no entiende de lazos sociales o artificios. Un día se le presentan su madre y sus hermanos, y alguien le avisa de que están ahí para verlo, a lo cual responde: “¿Y quiénes son mi madre y mis hermanos? Mi madre y mis hermanos son aquellos que oyen la Palabra de Dios y la cumplen”. Él sabe que no resultará fácil la lucha que pueda desencadenarse en nuestro interior, si lo escuchamos con amplitud.

Por lo tanto…

¿Merecerá la pena penetrar en los evangelios en busca de algún tipo de sabiduría? ¿No son extraordinarias las palabras que quieren liberarnos del odio y la mentira, y que hablan en nombre de los pobres, los parias, los descastados, los que sufren? Si han leído atentamente, se habrán dado cuenta de que Jesús anula lo que entendemos por religión o ideología: la salvación está en nuestro propio yo; el futuro y el pasado importan una higa; los niños son el modelo al que debemos aspirar; no hay enemigos, no hay “otros”, no hay “no creyentes”; el perdón lo preside todo; juzgar a los demás es tortuoso; el respeto a la autoridad y al poder no significan nada, porque están vacíos; la creencia en el dinero es un ansia o una idiotez.

Con una doctrina así no podría justificarse ningún crimen, ninguna estructura de poder. Cotéjenlo los lectores con otros liberadores de grandes causas, como Lenin, el Ché, los revolucionarios de 1789, o tantos mesías que perseguían la mejora del hombre: cuántos muertos y cuanto dolor han dejado a su paso, cuántos crímenes justificados porque luchaban contra “los malos”.

¿Cómo es que con el paso de los siglos el Cristianismo dominó el mundo, y sometió a las gentes con una virulencia salvaje, y oprimió las almas hasta dejarlas secas, y hasta convirtió al propio Jesús en una figura de escayola? ¿Por qué los evangelios, pese a todo su arsenal teológico innegable, y pese a sus mentiras, y a pesar de sus incongruencias, tienen todavía tanto que decirnos, libres incluso del yugo de la Iglesia y hasta de sus autores? Dejo que acerca de estas contradicciones mediten los lectores en sus casas.

Pero que los gobiernos actuales basen su dominio en la hipocresía, en darle la máxima importancia al futuro, en asegurarse de que el pasado está bien vivo, en invocar odios, en distinguir entre buenos y malos (“gobiernos demócratas” y “dictadores”, por ejemplo; pero que venga Dios a deslindarlos en lo profundo), en esforzarse por que la gente juzgue mucho a los demás y con más rigor, en buscar enemigos como justificación de la identidad propia, en respetar al poder a base de palos o premios, en encontrar la salvación a través del éxito social (ser “un triunfador”), o la perdición y la culpa en lo contrario (“soy un perdedor, no valgo para nada”), así como en creer desesperadamente en el dinero, el IBEX, las bolsas, el PIB, y los fondos de inversiones… es algo que dejaré explícito: nada hay contra esta locura contemporánea, esta apoteosis de la necedad, que las más palpitantes palabras de Jesús.

“Verbo encarnado”, que le llamaban. O sea: “la palabra que vive”.

***

Todas las citas de la Biblia que se citan en el texto aparecen glosadas a continuación. El lector interesado en su comprobación puede acceder a ellas a través de esta página.

Evangelio de Mateo: (Mt, 5:1-48), (Mt 6:20-25), (Mt, 10:16), (Mt, 10:34-39), (Mt, 15:11), (Mt, 18:21-22), (Mt, 19:13-15), (Mt 25:14-30).

Evangelio de Marcos: (Mc 2:15-17), (Mc, 12:14-17).

Evangelio de Lucas: (Lc, 6:36-38), (Lc 8:19-21), (Lc, 9:60), (Lc, 13:51-53), (Lc, 17:20-21), (Lc, 20:38), (Lc, 23:3), (Lc, 23:34).

Evangelio de Juan: (Jn, 8:32), (Jn 19:11-13), (Jn, 19:37-39).

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Foto de portada: Imagen de Jesús en la catedral de Sicilia (Wikipedia)

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