2014. Panta Rhei

Las Navidades empiezan a ser tristes desde el momento en el que alguien nos falta. En mi casa lo son desde que no está, presidiendo, como era habitual, esa mesa adornada con mantel rojo, piñas doradas y el acebo que recogió en el monte cuando aún no estaba prohibido.

Desde el asesinato han pasado ya muchos años, pero le echamos de menos igual. La añoranza es la misma. Su intensidad no disminuye. Siempre me he inclinado a pensar que el dolor no cambia. Creía que, dijeran lo que dijeran ellos, los asesinos, nada cambiaría, porque los muertos que han sembrado en la tierra no vuelven.

En mi casa, fechas como el 25 de diciembre, y Año Nuevo, y Reyes juegan a ser festivas, pero no lo consiguen del todo. Practicamos la normalidad de la alegría año tras año, a ver si al siguiente nos sale mejor. Nunca nos queda igual que antes de aquella madrugada sucia y cenicienta de llovizna plomiza en la que le mataron. Pero lo seguimos intentando, porque sabemos que le gustaría vernos contentos, celebrando las fiestas como cuando todavía estaba aquí para compartirlas con nosotros. Los niños que han ido llegando nos ayudan bastante en la tarea. Ellos no le conocieron. Ellos no tienen que echarle en falta. Ellos conservan la ilusión intacta.

No suelo escuchar las noticias. No me gustan. Desde que me dieron aquella tan mala de que no volvería a verle, les he cogido tirria. Por eso, cuando empiezan los informativos, con su melodía tremendista, cambio de canal, o apago la tele. Pero el otro día, casi por casualidad, oí que los terroristas reconocían por primera vez el daño causado. Por supuesto lo decían con esas palabras suyas, medias palabras más bien, que me ponen de los nervios, porque nunca sé con seguridad qué quieren decir con ellas. “Sufrimiento multilateral”. Eso decían esta vez. Vamos, que ponen nuestro dolor al mismo nivel que el suyo. Tiene bemoles el asunto. Y, sin embargo, es más de lo que nos han dado en estos diez años que han transcurrido desde que le perdimos, en la plaza del pueblo, cuando salía a trabajar como todas las mañanas.

Así que, quizás, y después de todo, las cosas sí cambien. Poco a poco. Tomándose su tiempo. Demasiado tiempo a veces… Pues sí. Demasiado tal vez. Pero, por fortuna, para eso tenemos los años. Uno detrás de otro, sucediéndose en el almanaque de pared que nos regalan en el colmado para que lo colguemos en la cocina. Para que sepamos que cada año que pase traerá nuevas heridas, pero también una ración de ayuda para que nos quedemos más en paz con las viejas.

Y aunque algunos estén diciendo que este anuncio de los presos no es suficiente, y aunque en sí mismo efectivamente no lo sea, a mí me basta con saber que las cosas no se quedan iguales. Esa pequeña constatación me devuelve la fe. Necesitaba una prueba de que no hay mal que dure cien años.

Con el paso del tiempo, he comprobado que la felicidad depende del viento. Es el viento el que la trae y la lleva. Y, por suerte, los vientos cambian. Y los años también. Se van desprendiendo los números caducos y estrenándose los nuevos. Oportunidades nuevas de que las cosas cambien. Como me cambió a mí tanto el conocerle como el perderle. Se las arregló para protagonizar el mejor año de mi vida y también el peor. Es el precio que hay que pagar por aquellos a quienes amamos de verdad. Conocer la felicidad cuando están y perderla cuando nos faltan. Ésa es una de las poquísimas cosas que no cambian. Gracias a Dios.

Siguen soplando los vientos inmutables del cambio. Empujando la corriente de ese río en el que no nos bañaremos dos veces. Ni ellos ni nosotros. Ni tú ni yo. Nadie. Ha llegado el 2014. Para todos. Y con él, panta rhei.

***

Foto de portada: “Todo fluye” (Nacimiento del Río Mundo, Juan Fernández)

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