A propósito de Llewyn Davis: el viaje a ninguna parte

Si tienes pensado ir a ver A propósito de Llewyn Davis, hay dos cosas que deberías saber con antelación y que pueden hacer que te lo pienses dos veces antes de entrar. La primera de ellas es que es una película en la que no pasa nada. Obviamente no hablo de forma literal, claro que pasan cosas, muchas si sabes buscar, pero si eres de los que quieren que cada veinte minutos todo cambie de arriba abajo y que te sorprendan con giros y piruetas al menos un par de veces, esta no es tu película.

La otra cosa que deberías saber es que su protagonista no es agradable. No iría tan lejos como lo que he leído por ahí diciendo que es un ser detestable, pero desde luego no es Indiana Jones y ni siquiera un villano memorable (al estilo Walter White). Por el contrario, el hombre junto con el que viviremos la historia adolece de una falta de carisma que más de uno deseará que la película acabe después de transcurrir los primeros diez minutos.

¿Sigues conmigo? Bien, porque después de haber ahuyentado a los que no podrían disfrutar de una peli como esta, ahora viene lo bueno. Si hace un momento destacaba el escaso imán de Llewyn Davis, eso no significa que no sea un personaje interesante. Es precisamente su comportamiento el que sustenta una extraordinaria reflexión sobre el éxito en la que el talento es más un aliciente que un requisito. Y si la identificación con él no llega no es porque no exista, sino que nos protegemos de ella por el dolor que provoca. Si hace unos años, Un tipo serio se dedicaba a torturar sin motivo aparente a un tío de lo más anodino y corriente, los Coen nos daban el respiro de hacerlo desde las alturas, para que observáramos sus desventuras y nos riéramos de su desgracia. En A propósito de Llewyn Davis, la tortura es la misma pero se elimina la distancia, y nos toca sentir el fracaso a ras de suelo, pasando frío y durmiendo en sofás con la bandera de la integridad artística.

Un gato llamado Ulises, seguramente el secundario más importante, nos da la pista de la odisea circular del Llewyn,  que se va cruzando con todo tipo de personajes y situaciones en una de las road movies menos convencionales que he visto. Primero porque la carretera es aquí sobre todo la vía del metro (aunque también tenemos una ración de carretera de las de verdad), y los moteles y las ciudades de paso equivalen a los sofás en los que Davis busca refugio para la siguiente noche y a los barrios tan diferentes que conviven en la ciudad de Nueva York. Pese a eso, la película se siente como un viaje, una atípica historia de aprendizaje en la que el protagonista no aprende nada de los episodios que se le presentan. Un viaje a ninguna parte.

Pero por encima de todo esto hay que decir que es una película musical. No es frecuente, por mucho que se narre la biografía de un músico, que en menos de dos horas podamos ver interpretadas hasta siete canciones completas, alrededor de un tercio del metraje total. Y por obra y gracia de Oscar Isaac, que además de hacer un papel memorable es un cantante excepcional, los momentos musicales son de sobresaliente.

Si a todo esto le añadimos la preciosa recreación de Nueva York en los sesenta, inspirada según los propios Coen por la portada de The Freewheelin’ Bob Dylan, y una cámara menos juguetona que de costumbre y más preocupada por sacar el máximo partido dramático a las imágenes, lo que nos queda es otro clásico (ya no sé ni cuántos van) en la filmografía de los hermanos más importantes del cine actual (con permiso de los Weinstein). Qué manera de empezar el 2014.

Lo que dije de Inside Llewyn Davis

Dentro de su excentricidad, los últimos años de los hermanos Coen han transcurrido entre películas más normales (Quemar después de leer o Valor de Ley) y otras bastante más extrañas y personales como No es país para viejos o la maravillosa Un tipo serio. Creo, aunque la trama pueda sugerir lo contrario, que aquí nos acercaremos más a ese segundo grupo porque el avance me transmite una atmósfera decadente y peculiar y por centrarse en la historia de un perdedor dentro de una época en la que estamos mucho más acostumbrados a ver retratados a los ganadores.

Los Coen hacen lo que les da la gana, y su última película no es una excepción. Es importante, pues no lo he mencionado en la crítica, destacar la brillantez de un guión capaz de llevar una estructura en tres actos dentro de una película sin estructura o desarrollar un arco de personaje en un personaje sin arco. También, como sí he dicho, de hacer una road movie sin apenas road. Joel y Ethan son mejores que casi todos jugando con las convenciones narrativas a su antojo y de paso hacer peliculones. Unos genios.

No faltarán los secundarios carismáticos, algo que aseguran presencias como la de John Goodman, y esas escenas casi oníricas marca de la casa. Y habrá, claro, muy buena música, que es algo que los hermanos Coen han demostrado más de una vez dominar sobradamente.

Lo de las escenas casi oníricas ha sido una gamba en toda regla. Más allá del final, que es magistral, lo más parecido a lo que yo me refería son las escenas que suceden en la oficina de su representante imposible. Una pareja de exagerados vejestorios que se comunican entre sí a voces y cuyo despacho parece sacado de un iniverso diferente al del resto de la película. Pero sí acerté en lo de los secundarios carismáticos, entre los que un sembradísimo John Goodman solo supone la punta del iceberg. Los amigos burgueses, los mencionados representantes, la eternamente cabreada Carey Mulligan, el pánfilo Justin Timberlake, el dueño del club de Chicago, el doctor, el dueño del club del Nueva York o el señor que da leches sin sentido en las puertas de los garitos. Y el gato, no podemos olvidar a un robaplanos como él. Me imagino a los Coen imaginándose todo este desfile y siento una envidia incontrolable.

Por lo demás, creo que será una película más triste de lo que esperamos, con la que saldremos de la sala un poco deprimidos pero con la sensación de haber visto dos horas de cine de altos vuelos. Tengo unas ganas enormes de verla.

Yo salí hecho polvo, porque no solo es una película triste sino que te obliga a contagiarte de su tristeza. Pero a la vez, como ya se habrá podido deducir de lo anterior, me pareció maravillosa. No doy un duro por ella en los premios aunque esté en todas las quinielas, pero qué importa eso.

¿Qué gafas me llevo?

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Entonces: ¿voy a verla?

Si no te molestan ninguna de las dos características de las que hablé al principio de la crítica y no prefieres oír alaridos de hiena antes que ponerte un disco de folk, debes ir a ver una película que te calará hondo.

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