Disciplina de voto y partidos disciplinados

El anteproyecto de reforma de Ley del Aborto presentado por el ministro Ruiz-Gallardón ha dado para muchas cosas, especialmente para no hablar sesudamente del aborto. Dejando a un lado si se trata o no de una ley reaccionaria, si es mejor una ley de plazos o una de supuestos, o si era necesario abrir un debate sobre una regulación que no estaba siendo demasiado contestada socialmente en un momento de necesarias reformas en otros ámbitos; la verdad es que el debate posterior nos está sirviendo para reflexionar acerca de muchas cosas. Entre ellas, de la calidad de nuestra democracia y de la libertad de nuestros parlamentarios. Las reflexiones sesudas sobre el nasciturus se las dejamos a nuestro becario.

Con un tema tan controvertido y que afecta de forma tan directa a las éticas y libertades individuales, especialmente de la mujer, pero en general de todos los miembros de la sociedad, no pasó demasiado tiempo desde la presentación del anteproyecto y el primer llamamiento a las parlamentarias populares para que se opusieran a su aprobación. El mensaje fue enviado por parte de la socialista Elena Valenciano, y en él pedía su “contribución decisiva” para paralizar el texto y que éste no fuera aprobado.

También en el propio Partido Popular se han levantado tímidas voces, cada vez más notorias, de parlamentarios, barones y alcaldes -hombres y mujeres- contrarios a tal reforma. Una de ellas, inusualmente comedida en esta ocasión, es la parlamentaria andaluza Celia Villalobos que, según esta crónica de El País, ayer mismo reclamó en una reunión interna del PP que se permitiera “libertad de voto” cuando el texto fuera sometido al respaldo parlamentario. No es sorpresa que Rajoy, por lo que parece, no dijera ‘ni mu’ a la propuesta, aunque sí resulta interesante el dato que Carlos E. Cué da en dicha crónica: Celia Villalobos es la mujer de Pedro Arriola, el asesor de cabecera del presidente del Gobierno. Qué influencia tendrá eso sobre Mariano es algo que desconocemos, pero no deja de ser un dato muy curioso.

La propuesta de Villalobos se suma a otra realizada por el Partido Socialista, que propone una votación secreta para permitir que cada parlamentario vote dirimiendo entre la disciplina partidaria y su conciencia individual. Para llegar a esta opción, solo explorada en dos ocasiones anteriores en democracia -una respecto a la apertura de una comisión de investigación sobre los GAL en 1995, y otra sobre la Guerra de Irak en 2003-. En ningún caso alguien quebrantó la disciplina de voto impuesta por el grupo parlamentario. Y, además, debido al reglamento parlamentario, votar de forma secreta este asunto exigiría votar una propuesta no de ley, ya que el articulado impide votar de forma secreta las propuestas de ley (véase el artículo 85.1).

Libertad de voto y sistema electoral en España

Este debate entre disciplina partidaria y conciencia individual ha dado lugar a varias reflexiones. Entre otras, las que pasan por denostar el sistema parlamentario español por lo que tiene de ‘borreguismo’ en tanto en cuanto los diputados se reducen en muchas ocasiones a votar lo que ordena la bancada, sin necesidad de reflexión propia. Es cierto que los partidos se han constituido en muchos casos en maquinarias de agregar votos, sin necesidad de convencer siquiera a sus propios diputados. Esta circunstancia es la que se está viendo actualmente en el PP, pero en otros casos, y seguramente muy soslayada, debe ocurrirle a parlamentarios de todos los colores durante los diferentes procesos legislativos.

La pregunta es, ¿hasta qué punto es deseable desde el punto de vista del votante de a pie que los diputados tengan mucha o poca discrecionalidad a la hora de votar, que sean muy libres o que voten en muchas ocasiones ‘según su conciencia’? Si no estamos equivocados, la conciencia del diputado número 5 de Murcia no representa a sus electores. Le representa a sí mismo. Pero él no vota por sí mismo, sino por el porcentaje de ciudadanos que depositaron la papeleta popular en los colegios electorales murcianos.

Los diputados, por mucho que en ocasiones sean carne de cañón de la crónica periodística, también sufren, en estos casos, las dificultades del sistema representativo. Si nos atenemos fríamente a lo que se vota en cada elección legislativa en España, deberíamos convenir que lo más lógico, lo más respetuoso con el ciudadano que ha votado, es la disciplina de voto. Por muy mal que suene, por calculador que resulte… Pero es así. En España desconocemos las intenciones, posiciones morales, situación económica, antecedentes y formación del conjunto de los diputados que van en la lista que se vota en nuestra circunscripción. A lo sumo, conoceremos a uno o varios de los cabezas de lista. ¿Cómo vamos a fiarnos entonces de su conciencia individual, esa que reclama tanto Celia Villalobos como Elena Valenciano? Su conciencia les representa a ellos, pero no necesariamente a sus electores.

Llevado a un ejemplo muy burdo, si el Congreso votara una moción para poner una tasa a todos los automóviles de una determinada cilindrada. Puede que los votantes de Izquierda Unida hubieran votado en su programa electoral hacer tal moción. Pero si los parlamentarios de dicho partido tuvieran automóviles de esa cilindrada y pudieran votar de forma individual, ¿estarían representando a sus votantes o representándose a sí mismos?

Esta tensión, que tan burdamente he reflejado con ese ejemplo, es aplicable a muchos más asuntos, y tiene al menos dos derivadas importantes. Una, la del sistema electoral, que en otros países -el ejemplo más palmario es Estados Unidos, o Reino Unido- obliga mucho más al parlamentario a acercarse a sus conciudadanos. En este caso, su voto individual sí que representa a sus electores. La segunda, y es a la que vamos, sería la de la disciplina partidaria, no entendida como disciplina de los miembros de los partidos, sino como la de los partidos con sus propias promesas.

Con el programa electoral hemos topado

Y si entendemos que tenemos el sistema electoral que tenemos, volcado en las mayorías, focalizado en la cabeza de una lista cerrada con unos compromisos supuestamente claros, llegamos al programa electoral. Dado que cada parlamentario individualmente no podemos saber si representa los intereses de sus electores, los votantes tan solo pueden calibrar la adecuación de la actuación de sus elegidos con los intereses de quienes les votaron a partir del cumplimiento de esos compromisos, llamados programas electorales.

De nuevo, en este caso, volvemos al anteproyecto Ruiz-Gallardón de reforma de la ley del aborto. En este caso, cosa que no podemos decir de la mayoría de los asuntos sobre los cuales ha legislado el Partido Popular, sí que estaba recogido en su programa. Sin embargo, la formulación de éste no permite anticipar el texto presentado por el exalcalde de Madrid, hoy ministro de Justicia. Abro cita:

“La maternidad debe estar protegida y apoyada. Promoveremos una ley de protección de la maternidad con medidas de apoyo a las mujeres embarazadas, especialmente a las que se encuentran en situaciones de dificultad. Impulsaremos redes de apoyo a la maternidad. Cambiaremos el modelo de la actual regulación sobre el aborto para reforzar la protección del derecho a la vida, así como de las menores.”

Fin de la cita (página 108 del programa del Partido Popular a las Elecciones Generales del 2011). Concedemos la mayor: la reforma de la ley referida al aborto estaba contemplada. Específicamente el cambio respecto a las menores de edad, que se puede inferir relativamente del programa.

Sin embargo, nada del párrafo anterior hace inferir el cambio de una ley de plazos por una ley de supuestos. Ni una coma. Ni tan siquiera Mariano Rajoy lo mencionó en su discurso de investidura. Estamos ante el caso, como en tantas ocasiones, de un partido indisciplinado con sus electores.

De alguna forma, el debate sobre la libertad de voto de los parlamentarios encierra una doble tiranía. A la tiranía de los grupos parlamentarios sobre los diputados se suma la de los propios partidos con sus electores. ¿Cómo va a sentir representada su conciencia moral un señor de Murcia que votó al PP, si no sabe qué hará el PP con su voto? ¿De qué le servirá a este mismo señor de Murcia que Celia Villalobos o Elena Valenciano voten según su conciencia? ¿Nos representan las conciencias individuales de nuestros diputados y senadores? ¿Sabemos qué contenidos éticos y morales les empujan a votar en un sentido o en otro, lo hagan abiertamente o en secreto? He aquí la cuestión. Además de tener diputados disciplinados, mal nos seguirá yendo si no tenemos partidos disciplinados con sus votantes.

***

Foto de portada: Escultura de león en el Congreso de los Diputados (Foto: Tomás Fano)

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18 Respuestas a “Disciplina de voto y partidos disciplinados

  1. Como se ha dicho muchísimo, y muy interesante, pero por desgracia dispongo de poco tiempo, gloso los dos últimos comentarios tan solo:

    1- El voto en blanco se computa, y por lo tanto les dificulta la obtención de escaños a los partidos minoritarios (altera las estadísticas del reparto).

    2- Siempre me ha escamado el argumento de que la información es imprescindible para que uno vote como debe. O, en un ejemplo paralelo, que hay que estudiar economía desde niños para que no nos engañen. Porque ahí se dan por hecho muchas cosas: a) Que la economía es algo serio, b) que merece estudiarse, c) que no es buena ni mala, sino que depende de cómo se use. Lo que se pierde por el camino es la duda de si “lo económico” es una ideología. O sea, si encierra en sí unas bases racionales o irracionales (supongo que habrá consenso en sospechar que más bien lo segundo, a poco que indaguemos en ello). Pero, al darla como “necesaria”, al mismo tiempo se la ensalza.
    Si saltamos de la economía a la política, estamos más o menos en las mismas. Yo no quiero perder mi tiempo en aprenderme cientos de leyes (para eso están los abogados) que a lo mejor mañana cambian; ni en saber de memoria los nombres de políticos (que al final van a hacer más o menos lo mismo), ni en formarme para ser “un buen ciudadano” (a saber qué será eso).

    Como bien dices, la gente se fía del partido “que lo lleva en su programa”. Aunque tampoco sé yo cuánta gente hace caso al programa. Yo creo -corregidme si me equivoco- que se vota más por simpatías personales, o mediáticas. Desde luego las palabras de Rajoy antes de ganar las elecciones eran todo miel y melaza: No bajaremos impuestos, no bajaremos las pensiones, ni hablar de pedir rescates, no subiremos el IVA…

    Lo cual nos lleva al punto clave que afirmas: “¿Son los ciudadanos capaces de saber si se la están dando con queso?”. Evidentemente, no. No desde el momento en que su participación se limita a votar como cerdos en el matadero. Por mucho que crean que saben, por mucho que se lo lean todo, por mucho que estén muy informados, NO están ahí, no pertenecen al poder.

    Supongo que mi postura no es nada popular a estas alturas de la época contemporánea, pero para mí la base está en la “virtualización” de la política. No es real. No es democracia. Y no lo es, no sólo porque hagan lo que les sale de las narices, sino porque cuarenta millones de almas votando al señor que sale en la tele no puede resultar, a fin de cuentas, más verdadero o cercano que los votos en la final de OT o GH. Rajoy ahora es una pantalla de plasma; pero ya era una pantalla desde 1996. Se han convertido tanto los políticos en un simulacro que parecen provenir de una dimensión distinta.
    ¿Alternativas? Pues reducir la representación. No puede haber democracia, dijo un griego, con más de 50.000 votantes: ya no se conocerían entre sí. Es verdad que es imposible reformar lo que está ahora. Pero lo que está ahora, si se piensa bien, ¿no es también imposible? ¿Acaso funciona en algo? Se nos olvida que es imposible sólo porque nos lo han vendido como único e intocable.

    Y los votos digitales, Miguel, por desgracia, además de dejar fuera a mucha gente que no dispusiera de esos medios, son más fáciles de manipular.

    Desde luego todo lo que reste poder al poder político me parece bueno. Todo lo que anule la individualidad de los políticos (su “nombre”), también. Un asunto como el aborto exige meses de reflexiones y de sopesamientos. Me indigna que cada bando tenga claras sus cartas, y esté cerrado a las del otro. Lo mismo para las minorías; que aspiran, al fin y al cabo, a convertirse con sus presiones en mayorías. Unas listas abiertas, por lo pronto, rompería con el bipartidismo. Eso está bien.

    Vuestro turno xD

  2. Cuando escribí:

    1- El voto en blanco se computa, y por lo tanto les dificulta la obtención de escaños a los partidos minoritarios (altera las estadísticas del reparto).

    Me faltó añadir que la abstención no se computa, y por lo tanto no favorece a los rojeras, como piensa ese señor de Valencia.Evidentemente, si él no vota, el PP se lleva un voto menos. Y si no votan 30.000 del PP, el PP pierde escaños. Pero esos cálculos son ya entelequias y metafísicas abstractas del señor de Valencia, y que no pueden comprobarse a posteriori (nunca he visto yo encuestas en plan “El 60% de los abstinentes dejaron de votar al PSOE”. Ni me las imagino muy bien). No votar deja las cosas igual que estaban. Expresan la discrepancia con todo el sistema en sí. O con los partidos que están ahí.

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