Fantástico Uematsu: lecciones de un no músico

 “¿Cómo se le pone música a un acantilado? Muy fácil, yo no busco representar el acantilado, el acantilado ya está ahí. Lo único que hago es traducirlo para que mi oído lo entienda”(Nobuo Uematsu).

Mi intención no es hacer un alegato a favor de los videojuegos, ellos ya se defienden bastante bien solos —en la década del 2000 han pasado a generar más beneficios que la música y el cine juntos—. Lo que me gustaría compartir con estos diez temas es la pasión ingenua por la fantasía, por el hecho insólito, bello y (por qué no) romántico de crear con mimo otros mundos posibles (ya que la política no nos lo permite; no, en serio). Y cuando se habla de crear otros mundos posibles con mimo y de videojuegos, casi siempre se habla de Nobuo Uematsu.

Los adolescentes de la década de los ochenta vecinos de Sugoshiyoshi (Tokio) quizá todavía recuerden la tienda de alquiler de vinilos y al encargado bajito que tenía por gusto y religión ordenar escrupulosamente LPs en su estantería y atender siempre con sonrisa koalesca detrás del mostrador: su nombre era Nobuo Uematsu. Amante de la música a tiempo completo y con un grado de inglés bajo el brazo, el hombre bajito por fin había encontrado un trabajo que le permitía rodearse de música. Un día, una cliente le comentó que trabajaba para una compañía de videojuegos y acto seguido preguntó si estaba interesado en la composición de bandas sonoras. Uematsu, que había compuesto alguna que otra sintonía para spots publicitarios, mostró interés, pero solo como trabajo complementario. Amaba su tienda y disfrutar de clásicos como Elton John al cierre (su ídolo indiscutible desde los doce años, edad a la que comenzó a tocar el piano de forma autodidacta).

La compañía que le tendía la mano se llamaba Squaresoft y, aparte de algunos éxitos pasajeros como el videojuego oficial de la película Alien II para la consola Nintendo Entertainment System, la compañía luchaba a desmanes por hacerse un hueco en el emergente y precario mercado del videojuego a mediados de los ochenta. Fue entonces, al borde de la quiebra, cuando su director —Hironobu Sakaguchi— se lo jugó todo a una carta centrando todas las esperanzas y recursos financieros de la compañía en un único título, Final Fantasy (1987): un juego de rol tradicional (también llamado JRPG o Japan Rol Playing Game) al estilo medieval y mágico de Dragon Quest o Ultima  que tan buenos resultados estaban dado en el mercado japonés y americano. Nobuo Uematsu se encargaría como novato primerizo de la banda sonora. El juego fue un éxito y el encargado de la tienda de discos acabaría refinando un estilo, experimentando con casi cualquier cosa y componiendo íntegramente la banda sonora de los diez siguientes juegos de Final Fantasy.

Un ingenioso diálogo con los clásicos

La verdad es que cuesta creer que este hombre no haya recibido ni una clase de música profesional en su vida. No es fácil mantener la templanza con tan buena nota durante más de veinticinco años componiendo bandas sonoras en un formato creativo menor como por entonces era considerado el videojuego. La partitura de Uematsu, aunque de tonalidades diferentes —algunos títulos más oscuros y truculentos (FF VII y FF VIII), que dan paso a otros más luminosos, amables y suaves (FF IX o FF X)—, siempre ha tomado como inspiración la épica, la belleza liviana de lo fantástico y lo extraordinario. La imaginación a la hora de plasmar emociones y crear atmosferas genuinas y frágiles en las melodías ya se ha convertido en una seña de identidad en la franquicia Final Fantasy.

Aparte de este afán evocador, el hombre bajito ha experimentado con casi todo: rock progresivo, neosinfonismo, jazz, ópera, música tradicional irlandesa, New Wave, tango, flamenco, swing… Nobuo Uematsu ha compilado influencias estilísticas muy variadas a lo largo de su carrera musical, pero parece que siempre ha sentido cierta predilección por la música de sala. Así lo demuestran algunas de sus piezas que beben directamente de clásicos fundamentales. El famoso Prelude —una escala ascendente y descendente escrita por Uematsu en cinco minutos para FF I y que se ha mantenido como una especie de himno habitual en casi todos los episodios— es una réplica al Prelude No. 1 en C Major BWV846, de Johann Sebastian Bach. Del mismo modo, recuerda la influencia de cierto primitivismo en la apertura de One widged Angel (Final Fantasy VII) como una reminiscencia a algunas piezas clásicas de ballet ruso de principios de siglo —y más concretamente a La consagración de la Primavera, de Igor Stravinsky—. O el homenaje a la ópera italiana con la inclusión de una ópera propia de doce minutos, Maria y Draco, incluida dentro del juego Final Fantasy VI. Y así una lista interminable.

A lo largo de sus primeros años en Squaresoft, Uematsu cultivó dos virtudes que rara vez aparecían de la mano en el panorama musical de los videojuegos. Por un lado, una sensibilidad poética y evocadora muy agudizada. Y por el siguiente, un ingenio cada vez más intuitivo y avezado a la hora de reconducir las limitaciones técnicas de la época; limitaciones que Uematsu limó hasta convertir en pequeñas conquistas sonoras con cada título —en los primeros juegos (Final Fantasy I, II y III) solo contaba con apenas tres sonidos que debía variar y conjugar para construir cada una de las piezas, lo que estimulaba a marchas forzadas la creatividad en el estudio—.

Todo este esfuerzo de ensayo y error ascendente (comprendido en Final Fantasy I, II, III, IV y V) acabaría por cristalizar en la BSO de Final Fantasy VI (1994), banda sonora que finalmente se recordaría como un antes y un después dentro del mundillo por su compleja e imaginativa composición, que explotaba al máximo el chip de sonido de la SNES. A finales de los noventa, con el desarrollo gradual que experimentó el mercado de los videojuegos y la escandalosa irrupción de Final Fantasy VII en el mercado occidental —a este juego le acompañó una potente estructura publicitaria y un afán comercial expansivo que rompió todos los records que Squaresoft tenía en mira, colocando en torno a 3 millones de unidades en las primeras 48 horas de venta—, Nobuo Uematsu empezó a ser reconocido más allá de las costas niponas como “el que hace la música de Final Fantasy VII”. Pero eso iba a cambiar en poco tiempo.

Final Fantasy

De “el de la BSO de Final Fantasy” a prestigioso músico de sala

Fue en la mayor feria de videojuegos del mundo, el E3 de 2004 que se celebra anualmente en Los Ángeles, donde Uematsu se percató del verdadero potencial que lucía el material fuera de las fronteras niponas. Para delicia de algunos fans, Uematsu  presentó ese día un concierto de poco más de dos horas sobre algunas piezas emblemáticas de Final Fantasy a cargo de la Filarmónica de los Ángeles; las entradas se agotaron en apenas tres días. Hace unos años, considerar este tipo de concierto fuera del ámbito japonés podía parecer un capricho nerd, una extravagancia emotiva y cercana que quizá no calaría en los usuarios europeos y americanos habituados, tal vez, a una experiencia menos íntima y freak con el juego de rol japonés —de hecho este concierto de los Ángeles se llamó Dear Friends: Music from Final Fantasy, resaltando de alguna manera el carácter de modesta y exquisita comunidad.

Pero viendo los resultados y confiando en el aval que parecía proporcionar una década de fieles jugones repartidos por todo mundo, Uematsu se dio cuenta del filón. Pronto se pondría manos a la obra para crear Distant Worlds, un proyecto permanente que recuperase los temas más emblemáticos de sus juegos, revisados para adecuarse a las posibilidades que ofrecía una orquesta sinfónica y con el apoyo del músico veterano Arnie Roth en la conducción.

A día de hoy y desde 2007, Uematsu ha recorrido más de 18 países —sobre todo de la costa este de Estados Unidos, donde más se concentra el fenómeno, pero también en Europa y países orientales como Korea, China o Malasia—. Los  precios varían de los 30 dólares a los 75, y en las salas se han habilitado monumentales pantallas que recuerdan los momentos más emotivos de los videojuegos durante su interpretación orquestal (lo flipo con la actitud desenfada y abiertamente receptiva de la sala en algunos vídeos). Y voilà, así se acerca la música de sala a un sector de público tan distante como los usuarios de los videojuegos: con un anclaje emocional y una atractiva puesta en escena, como casi todo en la vida.

El legado de Uematsu

Curioso que fuera también en 2004 cuando Nobuo Uematsu dejase SquareEnix (llamada así tras su fusión con Enix), supuestamente por incompatibilidades en la política de la empresa, para crear su propia compañía de producción: Smile Please, compañía independiente que ya ha puesto música a proyectos de otras desarrolladoras como The Last Story o Blue Dragon. El único tema polizón de la lista es Passion —compuesto por Yhoko Shimura y extraído de la banda sonora de Kingdom Hearts II—, pero que representa también la esencia fantástica del legado de Uematsu —por pertenecer al mismo género e ímpetu creativo—, aunque con otro tipo de elegancia minimalista.

 Algunos quizá vean en Distand Worlds y en el futuro de Uematsu cierto empeño musical excesivamente revisionista (yo, por ejemplo). Pero da igual, seguirá haciendo las delicias de los Final Fanáticos por todo el mundo (que no son pocos). Porque la fantasía, o el juego, como la música —si bien alguna vez las tres cosas han significado algo diferente— nunca han dejado de formar parte de esa condición humana nostálgica y cabezota de volver a crear montañas volantes donde solo hay aire. Y qué montañas. Preciosas.

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