La calle

Yo puedo entender perfectamente que esto te rompa los esquemas. Que te sorprenda en un primer momento. Seguro que, al principio, cuando escuchaste la noticia en el informativo, subiste el volumen del televisor, pensando que habías escuchado mal. Cuando comprobaste que no; que, efectivamente, se trataba de eso, seguro que lo primero que te vino a la mente fue el pensamiento de que éramos unos exagerados, unos vándalos que nos habíamos salido del tiesto. Que estábamos sacando las cosas de madre y que nuestra respuesta no era proporcionada ni estaba justificada en modo alguno.

Hay momentos en los que yo mismo lo pienso, cuando me subo la cremallera del abrigo, dispuesto a salir allí afuera para pelarme en este frío mes de enero, para batirme el cobre. En ocasiones, me miro a mí mismo, mis propias manos, muevo los dedos para constatar que son los de siempre, y hasta me entra la risa. La situación no deja de parecerme surrealista. Yo, detrás de una barricada. Yo, como un partisano. Como un personaje de ésos que se atrincheran en un callejón en la peli esta de gabachos en la que cantan a pleno pulmón. Ésa: “Los miserables”. Y yo, que soy un burgalés que sólo hace gorgoritos en la ducha (o en el Sing Star cuando llevo dos copas de más), estoy que no me lo creo. Que no me reconozco. Cómo habré llegado a este punto, madre mía.

Igual sí. Igual se me ha ido mucho la pinza. Qué pinto yo formando parte de la resistencia. Si yo no me he manifestado en mi vida por nada. De verdad, juro que yo nunca he sido un rebelde, ni un subversivo, ni un contestatario, ni nada de eso. Dios me libre. A mí no me gusta la bronca, hasta hace poco el anarquismo sólo me sonaba de la asignatura de Historia (que, por cierto, suspendí), y lo más parecido que he tenido nunca a un lema ha sido el “Hakuna Matata, vive y deja vivir”, que decían los amigos Timón y Pumba. Ésas son mis credenciales. Mi curriculum vitae.

Y, sin embargo, ya me ves. Aquí estoy. Con toda esta gente. Con mis vecinos. Que también son muy normales, no te creas. De ésos que saludan cuando te los cruzas en la escalera y te sujetan la puerta para que pases cuando vas cargado con las bolsas del súper. Nada. Ya te digo. No somos nada del otro jueves. Seres corrientes y molientes. Así que sí. A lo mejor es que se nos ha ido la olla, en una especie de enajenación colectiva. Le habrán echado algo al agua, o tal vez se propague por esporas… Yo qué sé.

O, a lo mejor, pero sólo a lo mejor, ¿eh? (que esto no es más que una idea, una filosofada que estoy haciendo aquí en voz alta), digo que, a lo mejor, eso es lo que quieren que creamos. Quizás nos están vendiendo la moto de que estamos locos para desacreditarnos. Tal vez estén asustados porque, en el fondo, saben que llevamos más razón que un santo. Y tienen miedo de que los demás se den cuenta. Porque si la gente se les empieza a subir a las barbas, van apañados. Se les descuajeringa el chiringuito.

El caso es que lo venían pidiendo a gritos desde hace tiempo. Por eso a mí hay una cosa que me extraña, que sigue sin encajarme. No dejo de preguntarme qué ha cambiado. Eso es lo que me interesaría saber. No que me estén manipulando, que es algo que llevan haciendo toda la vida. No. Al margen de eso, lo que yo quiero saber es por qué ahora sí he reaccionado. Por qué se me han hinchado las narices. Por qué yo, un ciudadano del montón, anodino, que vive en Gamonal desde que nació, más interesado en el fútbol que en el anarquismo, que no se ha puesto detrás de una pancarta en su vida, como no sea ésa que dice “Hakuna Matata, vive y deja vivir”, de la escuela de Timón y Pumba,  acostumbrado con resignación a que se la jueguen y a que le den palos, ha decidido que ya estaba bien y se ha convertido sin proponérselo en un contestatario, en un resistente. Si ya me habían recortado casi todos mis derechos básicos y no me había levantado, no había movido ni un dedo… Qué es eso tan gordo que me han hecho esta vez para decidirme a abandonar mi confortable  sofá y salir a la calle…

Pues mira, ahora que lo he dicho en voz alta (está bien esto de reflexionar en voz alta) es cuando me he dado cuenta. Ahí está la clave. En la calle. He salido a la calle cuando han intentado tocármela. El pueblo muchas veces no sabe lo que tiene. Por eso, cuando se lo quitan, titubea. Pero con la calle, no. Con la calle lo tenemos claro. A ese patrimonio no se renuncia. Otra cosa no, pero la calle… ay, la calle. Queridos míos: la calle es nuestra.

***

Foto de portada: Urbanización en el barrio de Gamonal (Burgos). (Foto: Wikimedia)

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