El lobo de Wall Street: La fiesta infinita

“Fairy dust” (polvo de hadas).Esas son las palabras que emplea el recientemente ascendido a monstruo de la interpretación, Matthew Mcconaughey, en su única y estelar secuencia en El lobo de Wall Street, para definir lo que es para él la bolsa. Dinero que se mueve incesantemente de un lado para otro sin materializarse nunca. El dinero de mentira que una vez que entra en el loco fluir de la bolsa rara vez vuelve a la realidad. Ellos se encargarán de impedirlo. Los Robin Hoods de la postmodernidad. Y se llevarán comisión por ello.

En El lobo de Wall Street todo está subordinado al disfrute. Scorsese ha vuelto a hacer Casino o Goodfellas, pero tomando una decisión crucial para su apuesta: convertirla en una comedia. La voz en off del protagonista, los juegos con la cámara, la música molona o el montaje macarra siguen estando ahí, pero se borra del mapa todo atisbo de drama. No hay representación de los cientos de estafados por los personajes y las drogas solo enseñan su cara más feliz.  Todo para que el espectador pase tres horas -¡tres horas!- pegado a la butaca sin pestañear y gozando como un chancho revolcándose en el barro.

Muchos círculos considerarán lo que ha hecho Scorsese como un ejercicio de arte menor. Mentira. Entretener es dificilísimo. Entretener tanto y durante tanto tiempo seguido es un milagro reservado a artistas como él. Y falta lo mejor de todo. Consigue poner en medio de todo esto a un bróker sin escrúpulos, una de las figuras que más ha visto devaluada su imagen en los últimos años, y consigue que le adores, que le envidies y te identifiques. Que abraces el mal y que cantes con él golpeándote el pecho.

Esta glorificación del exceso no encuentra el límite en el lanzamiento de enanos a una diana, ni en el récord histórico de “fucks” en una película. Ni siquiera en la cocaína, esnifada en billetes de dólar que luego se van a la basura y presentada como una fuente de superpoderes digna del mismísimo Panoramix. Y la función tiene un solo dueño, un Leonardo Di Caprio que se mimetiza con el ecosistema e inventa un nuevo método de actuación: la sobreactuación naturalista. Porque la exhibición de muecas, gritos y despliegue físico del que en un tiempo lejano protagonizó Titanic, se merece todos los premios del mundo. De momento ya ha conseguido uno inmaterial al haber construido un personaje para la historia.

Y esa es precisamente una de las grandes virtudes de El lobo de Wall Street. La podrías volver a ver de nuevo al día siguiente. Y la volverás a ver dentro de dos años, y de cinco y de diez. Y recitarás de memoria sus escenas míticas con tus amigos. Y llevarás camisetas de Jordan Belfort en las que ponga “I am not gonna die sober”. Además, gracias al último plano que nos concede Scorsese, podremos hacerlo sin sentirnos culpables. Porque, pese a todo, es una película crítica, que presenta al capitalismo como el sumidero en el que el ser más despreciable puede renacer de sus cenizas, encontrar su nicho de mercado y volver a hacerse rico. Y que siga la fiesta.

Lo que dije de El lobo de Wall Street

Sí, Di Caprio y Scorsese juntos otra vez y sí, Scorsese volviendo a contar una historia de ascenso y caída de un criminal. Pero si os estáis quejando por estas cosas, que por otro lado son ciertas, es que sois unos infelices. Deberíais estar celebrando que el director haya asumido el zeitgeist y haya cambiado a los gangsters por brokers, y que además lo haya hecho en tono de comedia. Estemos agradecidos porque la cosa promete.

Y lo que promete lo cumple. Hacía años que no disfrutaba tanto con una película. No va a cambiar tu visión del mundo ni cuestionará el suelo que pisas, pero te lo vas a pasar en grande.

Para empezar, tenemos a Di Caprio, que sabemos que es un fenómeno y se puede merendar este personaje tan apetecible. Por otro lado tenemos a Jonah Hill, que si sale victorioso de esta puede consolidarse como uno de los mejores secundarios de Hollywood. El guion, para añadir más leña al fuego, lo firma un señor que se llama Terrence Winter y que es responsable nada menos que de la serie Boardwalk Empire y muchos de los capítulos más memorables de Los Soprano. ¿Quieres más? Creo que no queda nada que decir de Martin Scorsese, el director que mejor sabe conjugar una buena historia con un sentido del ritmo y del entretenimiento que la mitad de directores americanos (no te estoy mirando David O. Rusell) intentan emular sin llegar nunca a su nivel.

Aprovecho para mencionar aquí a los olvidados en la crítica. Si Di Caprio es Batman, Jonah Hill es el mejor Robin posible. La vis cómica de este chico es una absoluta barbaridad. La pareja es simplemente perfecta. Por otro lado, Terrence Winter es como mínimo tan responsable como Di Caprio o Scorsese de que la película sea tan redonda. Ya hemos hablado de frases míticas o momentos extraordinarios, pero pensad en la presentación de cada nuevo personaje que va apareciendo o pensad en un momento en el que no os importaría ir al baño. Todo eso es mérito suyo.

Desfase, mucho desfase y muchísimas risas es lo que me espero. Una montaña rusa del parque de atracciones de la que salga abrumado pero en la que me quiera montar otra vez en cuanto salga. Si no se han cortado un pelo, y viendo el tráiler no lo parece, voy a volver aquí el martes dando muchos gritos y obligándoos a que vayáis a verla. Como veis, tengo unas poquitas ganas.

Me esperaba muchísimo y me ha dado más todavía. Es una película que recomendaré a todo el mundo, a vosotros antes que a nadie. Lástima que internet no me permita arrastraros de la oreja al cine. A veces Google progresa más despacio de lo que me gustaría.

¿Qué gafas me llevo?

 El-lobo-de-wall-street-gráfico-prejuicioso

Entonces: ¿voy a verla?

Si no tienes a algún familiar agonizando y/o no estás agonizando tú mismo, ve ahora mismo a tu sala más cercana.

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2 Respuestas a “El lobo de Wall Street: La fiesta infinita

  1. “…pensad en un momento en el que no os importaría ir al baño”.

    Yo a partir de la hora y media quería ir al baño, pero a meterme diez rayas de coca y marcharme a montar en helicóptero por ahí con cinco o seis putas.

  2. Uf, pues yo a la hora y media sí que me quería ir al baño. No sé si a drogarme o a tener un receso entre tanta droga y depravación, que por repetitivas acaban siendo incluso cansinas. Di Caprio está de lujo y la conversación inicial con McConaughey (o como se escriba) es de lo mejor de la peli, así como la conversación con el poli en el yate, pero yo si hubiera tenido delante al guionista me hubiera cargado al menos un par de arengas del amigo ‘broker’.

    Y una de provocación para El Crítico Prejuicioso. Para mí, porque lo firma Scorsese, pero si llevara otro nombre no te importaría titular la crónica como “Un ¿colega, dónde está mi coche? en Wall Street”. Que igual, por otra parte, no es algo tan alejado de la realidad de los tipos de la bolsa norteamericana.

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