‘Cool Runnings’

Sergio Menéndez | Falso 9

A los certámenes de belleza les viene ocurriendo desde hace ya varias décadas lo mismo que al festival de Eurovisión. En lo que al público español se refiere, el fervor con el que este tipo de citas se seguían en el pasado nada tiene que ver con el actual, sus adeptos se cuentan por menos a cada edición y comienzan incluso a ser vistos con cierta desconfianza entre la masa social, como si se tratasen de bichos raros. Sólo una situación realmente anecdótica les otorga hoy la posibilidad de que los espectadores reserven un lugar en su memoria de cara a la posteridad.

En el caso de Eurovisión, por ejemplo, el siempre dispuesto Jimmy Jump o candidaturas del estilo Rodolfo Chikilicuatre constituyen la manera más efectiva de conseguirlo; en los certámenes de belleza, sin embargo, las posibilidades reducen al típico gazapo de la Afrodita de turno. Junto a las Helen Lindes o Eva González, por mencionar a dos recientes a las que todavía conseguimos identificar, quizá uno de los escasos recuerdos que ha dejado Miss España en los últimos tiempos sea el de aquella melillense que en 2001 se vio en el aprieto de contestar en 25 palabras a la pregunta del por entonces embajador de Rusia en base a los conocimientos de la muchacha sobre su país natal, todo un desafío contra ese cliché de que las guapas son tontas al que la criatura únicamente logró balbucear (previa reformulación de la pregunta) nociones políticas un tanto ambiguas, lo maravilloso de sus gentes y un “gracias” que sonó a “te espero a la salida”.

Menos mal que la pregunta incluía a la Federación en su conjunto. De haberle tanteado por Sochi, la localidad caucásica que desde el próximo 7 de febrero acoge los XXII Juegos Olímpicos de Invierno, lo mismo le viene a la cabeza un entrenador del Milan. Y qué decir si le llega a sondear por el bobsleigh. No importa siquiera el hecho de que nuestra protagonista hubiese nacido en Finisterre y tirase más bien a fea.

Hagan la prueba, salgan a la calle y mencionen al primer transeúnte si conoce la disciplina. Lo normal es que se encuentren con un estrepitoso “¡¿Quiéeeeeeen?” o “ ¡¿Bob, qué?!” por respuesta, pensando que se trata quizá de un tal Robert al que se les refiere de manera un tanto familiar. Sólo después de aclarar que te refieres a ese deporte incluido en la inminente cita de Sochi donde dos o cuatro personas se lanzan en trineo por una pista helada con el objetivo de completar el recorrido en menos tiempo que sus rivales, habrá quien lo relacione con Ander Mirambell. Tú le dirás entonces que no, apuntándole que aquel barcelonés que comenzó a entrenar con ralladores de queso en las suelas de sus zapatillas para no resbalarse compite en skeleton, una prueba similar.

Y será en ese preciso instante cuando, no sin algo de suerte, tu interlocutor caiga en la cuenta de que, efectivamente, un grupo de jamaicanos logró en su día escribir su propia página en la historia del bobsleigh al clasificar por primera vez a su país para unos Juegos Olímpicos de Invierno, en este caso los que se celebraron en Calgary en 1988.

Fueron dos hombres de negocios estadounidenses, George Fitch y William Maloney, los que parieron la idea de crear un equipo nacional de bobsleigh en la isla caribeña. Todo a raíz de presenciar en Kingston una competición de Pushcart Derby, un pasatiempo de bastante calado entre la población de Jamaica consistente en tirarse cuesta abajo sobre carros como los que se suelen utilizar para la venta ambulante reconvertidos en  bólidos de carreras susceptibles de alcanzar una velocidad cercana a los 100 kilómetros por hora. Dadas las semejanzas existentes con el bobsleigh a la hora de poner en movimiento el vehículo, George y William centraron sus esfuerzos en perfeccionar la salida, un objetivo para el que decidieron acudir a la enorme cantera de velocistas jamaicanos y reclutar cuatro hombres explosivos capaces de lanzar el trineo tan rápido como les permitieran sus piernas.

Y nunca mejor dicho, teniendo cuanta que la negativa de todos los atletas con los que contactaron les obligó a buscar un plan B y probar suerte en el ejército. Allí dieron con Dudley Stokes, Michael White, Samuel Clayton y el carismático Devon Harris, conocido entre su círculo de confianza por ‘Pelé por su afición al fútbol y su pasado como jugador durante la escuela secundaria.

Un cuarteto que, bajo las órdenes del Howard Sirley, bobsledder retirado que en el pasado había competido a nivel profesional con Estados Unidos, en contra de lo que hubiese cabido pensar teniendo en cuenta el origen tropical de sus miembros y lo inédito de la disciplina en un país con 25 grados de temperatura media durante todo el año, además de cuajar una actuación más que decente pese a quedar últimos en la clasificación, sentaron un precedente contribuyendo tanto a la popularización del bobsleigh en Jamaica como a su perfeccionamiento y erigiéndose como uno de los países a tener en cuenta desde entonces en cualquier competición internacional, incluyendo los Juegos Olímpicos de Sochi. Tanto es así que varias plataformas en el país pusieron en marcha una iniciativa para recaudar fondos a través de una colecta y que sus representantes concurran a la cita rusa sin tener que preocuparse por los problemas de financiación.

 

Ni la mismísima factoría Disney pudo resistirse al gancho de la historia y decidió llevar a sus protagonistas a la gran pantalla convirtiéndolos en iconos de la mano de la película Cool Runnings, un filme protagonizado por ese actor con alma de tío-niñera llamado John Candy  que lució en las carteleras de nuestro país como Elegidos para el triunfo. De hecho, si Walt no se hubiese adelantado a los acontecimientos sometiéndose a ese proceso de criogenización a medio camino de la leyenda urbana con el que teóricamente pretendía eludir una muerte segura, presenciar el caso de estos pioneros hubiese bastado por sí solo para dejarlo completamente helado.

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Foto de portada: Equipo de bobsleigh jamaicano participando en unos Juegos Olímpicos (Foto: Jamaicanbobsled.com)

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