La desolación de Smaug: yo, mí, me, conmigo y el mundo de Tolkien

En un agujero en el suelo, vivía un director de cine. No en un agujero húmedo, sucio,  con restos de gusanos y olor a fango, ni tampoco un agujero seco desnudo y arenoso sin nada que sentarse o que comer: era un agujero-hobbit, y eso significa comodidad.

Esto es, en pocas palabras, lo que, al parecer, destila Peter Jackson: comodidad. Pero la comodidad es, a veces, muy peligrosa. Después de las extravagancias de El Hobbit: un viaje inesperado, el director neozelandés estaba a punto de ingresar en la Liga de George Lucas (ese señor que estropea cosas) y nada hacía presagiar que La desolación de Smaug fuese algo más que un gran tostón de lembas. Mi sorpresa mayúscula cuando descubrí que esto no era del todo cierto.

Con un punto de partida bien distinto —un sencillo libro de aventuras, mucho más ameno y humilde que el solemne, oscuro y ribeteado Señor de los Anillos— Peter Jackson mantiene ese lenguaje que forzó ligeramente en Un viaje inesperado, una nueva puesta en escena destinada a convertir la trilogía en una apuesta divertida para toda la familia a la vez que en un simpático premio de consolación para los exigentes fanáticos de El señor de los Anillos.

Curiosamente, aquello que Peter Jackson convirtió en virtud durante el rodaje de ESDLA —la optimización de recursos y un pulso narrativo sin excesos debido a la enorme y compleja historia —es ahora un impedimento para que La desolación de Smaug llegue a buen puerto: Jackson sabe que esta vez puede (y debe) permitirse todos los caprichos como fanático de El Hobbit; pero también, sabe que se le aceptarían, además,   las pataletas de un director borracho de cine fantástico que pretende dominar a toda costa los cuatro puntos cardinales en el mapa de la narratología Tolkiana. Y, en este sentido, Jackson está más por la borrachera.

Esta doble faceta del director, hace de La desolación de Smaug una película muy ambiciosa de un libro humilde, y este tratamiento conlleva altibajos: es cierto que el film encuentra momentos puntuales de templanza narrativa, escenas rodadas con mimo que acercan realmente la magia al espectador —la escena de Bilbo con Smaug evoca en la memoria todo un imaginario fantástico de historias de caballeros y dragones en la literatura y el cine; desde el poema Saint George and the Dragon hasta la palomitera Dragon Heart (1996)—; pero la mayor parte de la película peca de argamasa narrativa  a ratos predecible, a ratos divertida; con cierta tontuna y sin excesiva capacidad de entretenimiento —la imposible (e innecesaria) batalla de los barriles en El Bosque Negro o las tretas que preparan los enanos para atrapar al dragón, recuerdan más a los niveles de un videojuego desprovistos de cualquier encanto que a las correrías de una aventura desenfadada—.

Con ritmo más reposado y contundente que en la primera parte de la trilogía, Jackson no abandona las tramas recolectadas de diferentes libros de Tolkien y otras sacadas del bolsillo mágico del director: la aparición de Légolas, la invención de los Trasgos, la inclusión de la búsqueda del Nicromante por parte de Gandalf —narrada someramente en el Silmarillion, pero en ningún caso en las páginas de El Hobbit—; tramas que el director neozelandés reubica (de manera bastante más inteligente y elegante que en Un viaje inesperado, todo hay que decirlo) para redondear la historia  y agilizar el guión. Al llegar al clímax, Jackson ya cocina más de tres líneas argumentales y hace uso de esos malabarismos de montajes en paralelo, con los que se siente tan cómodo, para aumentar la tensión y el suspense.

Este almizcle amable de grandilocuencia y épica desbordante, vicia el filme con cierto tufillo a Tierra Media previsible e impostada: un panfleto de navidad propio de Toys“R”Us, de bastones de madera-poliéster; sfumato de luz artificial y cartón piedra millonaria que instauró Un viaje inesperado y que Jackson no acaba de disipar con esta segunda entrega, aunque sea, en esencia, más prometedora que la anterior. En la dirección artística, repite la inestimable y exquisita mano de Alan Lee, ilustrador recurrente de la saga, creando uno de los entornos más bellos y originales a la altura de la anterior trilogía. Ni que decir tiene que la nominación al Oscar a los mejores efectos visuales y sonoros está más que justificada: todo un espectáculo visual que guarda como colofón al dragón Smaug.

Aun teniendo en cuenta todas sus virtudes (que son pocas, pero muy certeras) y sus defectos (que son bastantes), hay que decir que la oportunidad que brindaba La desolación de Smaug se ha desaprovechado. Y se ha desaprovechado porque, tomando todo esto en conjunto, con una historia fresca y modesta como la de El Hobbit, se podría haber planificado una película entretenida y con encanto sin ningún afán de convertirla en la sombra precursora de ESDLA; y, en vez de eso, ya sea por su partición en tres películas o por su tono difuso, cuesta creer que este Hobbit de Peter Jackson crezca más de lo ya demostrado en La desolación de Smaug. Jackson está haciendo equilibrismos entre dos aguas (el nuevo lenguaje comercial y predecible en esta nueva trilogía y el lenguaje mimado de ESLAD). Veremos si en la tercera es capaz de abandonar su agujero de excentricidades cómodas, centrar las tramas abiertas de manera concluyente, alejarse de excesos simpáticos sin pies ni cabeza, armarse definitivamente en guardia y salir, de una vez, al encuentro de un dragón escupe fuego desde el minuto uno.

¿Qué gafas me llevo?

hobbit-grafico-prejuicioso

Entonces: ¿voy a verla?

Si te confiesas Tolkeniano te hará pasar buenos ratos (si eres transigente) o te exasperará dulcemente (si eres de los míos). En el extraño caso de que un dragón no represente un aliciente para ti, mejor pasa.

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