Estiramientos

El único pecado serio, cuando se maneja una lengua, es la inexactitud. Uno puede usar frases tan recargadas y sinuosas como le vengan en gana, pues al final todo se reduce al empleo consciente o velado de la hipotaxis o de la parataxis, las cuales, valiéndose de la recursividad de las estructuras gramaticales, pueden prolongarse sin merma alguna para el sentido de lo dicho, si bien una longitud exagerada provoca hastío en el lector, o hasta falta de atención, a causa del esfuerzo que –sobre todo, si hay mucha subordinada– tal complejidad exige. Tampoco la riqueza del vocabulario supone un obstáculo para el limpio entendimiento (o para la limpia expresión, que es lo mismo), mientras se usen palabras igualmente precisas. Casi ninguno de ustedes sabrá qué son la hipotaxis y la parataxis; pero si les digo que son otros nombres para la coordinación y la subordinación lo entenderán en seguida; y si siguen sin enterarse, les aclararé que la primera se refiere a las estructuras oracionales en paralelo (ya saben, las separadas por “y”, “o”), y la segunda a las que se incrustan en mitad de la frase y que funcionan como nombres, adjetivos o adverbios (“El chico que vino ayer es Juan”, en vez de “El chico es Juan”). Quizá no hayan nunca oído nada sobre la recursividad, pero es la capacidad de las lenguas de prolongar la frase o los sintagmas ad infinitum (el hijo que vino el martes que llovía tanto que María tuvo que coger el paraguas que nos habían regalado en la feria que…).

En cualquier caso, la oscuridad de un vocabulario técnico o desconocido se nos esfuma en cuanto su significado preciso queda revelado. El problema no se debe pues a lo inconcebible o torpe de los vocablos, sino a nuestra falta de pericia; falta, por fortuna, perfectamente subsanable.

No se alarmen: no voy a proseguir con la clase de gramática. Sólo quería aclarar lo siguiente: no importa cómo nos expresemos. Redactemos una carta o escribamos una novela, la sencillez debería ser la primera y única regla. Cierto que a tan amplio precepto bien se le pueden añadir unos tres millones de matices (el lector impertinente preguntará: “¿Hasta para escenificar la confusión hay que ser claro?”; a lo cual responderemos: “Habrá que ser claro al construir el recurso que nos escenifique la confusión”), pero si un texto no se entiende, o se contradice, o es incoherente, o sus palabras no se aplican a lo que deberían aplicarse… entonces estaremos escribiendo mal. Y el acto de escribir, como el de pensar (suponiendo que pensar sea un acto; que yo ahora mismo tengo mis dudas), siempre puede mejorarse.

Veamos dos yerros muy habituales en la prensa. El primero puede corregirse con un poco de atención; el segundo afecta a la riqueza léxica, y es bastante más serio.

Archisílabos

Hasta donde me consta, el autor de este neologismo es Aurelio Arteta. Hace ya unos cuantos años empezó la labor de recopilar y descubrir las formas en que la prensa o los políticos, que hablan el mismo lenguaje casi siempre, alargan las palabras más usuales añadiéndoles sufijos innecesarios. No aventuraremos explicaciones psicológicas para explicar este fenómeno; bástenos con recordar que, en este país, para ser político, no se necesita de labia ni de un discurso férreo o inteligente; y hay quienes, como carecen de arte para hablar, pero han de vérselas sin embargo con el público (las masas, la morralla),  enmascaran el vacío de las ideas mediante los conceptos ampulosos. Lo mismo hacen los malos periodistas. Suponen ellos que queda mejor, más elevado, más fino.

Hablo de culpabilizar en vez de culpar; culpabilidad en vez de culpa; limitación en vez de límite; regularizar en vez de regular; influenciar en vez de influir; credibilidad en vez de crédito; o fin en vez de finalidad. Y todavía estas son bastante usuales; pero, si quieren que descendamos a los avernos de la invención lingüística, agárrense los oídos –o las orejas–, y atiendan a los siguientes engendros: medicamentación por medicación; ociosidad por ocio; rumorología por rumores; ejemplarizante por ejemplar; merecimiento en vez de mérito; o institucionalizar por instituir.

El mismo Arteta extiende este vicio, no sólo al estiramiento de las palabras normales, sino al uso compulsivo de vocablos más largos, especialmente cuando se dispone de un sinónimo más breve, y recuerda una de las reglas estilísticas más repetidas en el mundo de la cultura anglosajona, cuyo propagador (de la regla, no de la cultura) fue George Orwell: “Never use a long word where a short one will do”. No es cuestión de ponernos más papistas que el Papa, pero sí de recordar que a veces conviene una pizca de sentido común para que el fluir de las frases sea lo más efectivo posible, y también lo menos pedante (pues en una exhibición gratuita de la propia [in]cultura es en lo que consiste la pedantería).

Parece que este muchacho, en vez de alargar las palabras quiere alargar otra cosa

Parece que este muchacho, en vez de alargar las palabras quiere alargar otra cosa

Para saciar la curiosidad del sediento lector, le dejo como muestra dos artículos del propio Arteta, hábil en cazar como al vuelo cualquier archisílabo, uno aquí y otro acá; y los completo con esta lista de la wikilengua.

Si se fijan en el final de esa lista, verán que algún anónimo internauta ha incluido también locuciones como “en el supuesto de” o “si llegara a presentarse el caso de que” como archisílabo del condicional “si”. Yo creo que se pasan un pelo; a eso yo no lo llamaría archisílabo, sino un andarse por las ramas de los laureles de la retórica barata. Pero me viene como picha al culo (que reza el muy soez refrán popular) para presentarles el segundo de los yerros anunciados: que consiste en el empleo de perífrasis pobres para suplir la falta de vocabulario. Aunque no se trate de un error en sí, resulta siempre peligroso: porque de ahí al regodeo hortera en el propio estilo, cual chancho que se deleita hozando el légamo, hay sólo un pequeño paso. Tanto más fácil de dar cuanto más se deba a la pura ignorancia.

Dígamelo con locuciones

Llamamos “locuciones” a la unión de dos o más palabras que funcionan sin embargo como una unidad léxica de significado propio. No va mi censura contra el uso de las locuciones, y nada de lo que aquí abajo voy a criticar debería tomarse como un error expresivo; sin embargo, el abuso de estas construcciones sí resulta a la larga pobre y limitador, y basta con leer una retahíla de ellas en un artículo periodístico para que al lector sensible, si acaso queda alguno, le sobrevengan unas dudas muy razonables sobre la competencia profesional del que lo haya escrito.

Me refiero a esas gentes que escriben dar explicaciones en vez de explicar; dejar claro en vez de aclarar; caer en saco roto en vez de desperdiciar; dejar atónito en vez de sorprender o pasmar. Sé que, puestas así en fila, no parece muy grave el asunto. ¿Qué problema hay?, se me preguntará, ¿no puede usar uno las locuciones que le apetezcan o le vengan en gana (que también es una locución)? Sí, sí, lo concedo generoso; pero su frecuencia, siempre en aumento, está engendrando hordas de escribidores incapaces de dar con el verbo o la palabra precisos; y que, por lo tanto, no sólo abusan de ellas, lo cual de por sí resulta lamentable, sino que… ¡se inventa otras! Poco les importa practicar así con la gramática y el sentido de la lengua común el equivalente lingüístico a una sacrílega violación anal zoofílica y post morten (con la diferencia quizá de que la lengua sí está viva mientras no se la traiciona), y fabrican, por ejemplo, atrocidades como esta que les copio(y perdonen la impiedad de no citar las fuentes, pero no quiero ensañarme con un periodista concreto, sino tan solo tomarlo como ejemplo de lo general, pues tal estilo se extiende por Internet como las setas por el monte en octubre). Habla el texto de cómo la represión emocional de la cultura japonesa ha provocado, con la llegada de los valores capitalistas y occidentales, determinadas neurosis sexuales que se manifiestan en una gran cantidad de parafilias. Atentos a las negritas, que las he puesto yo.

Tal represión lleva a ciertos ciudadanos a desarrollar conductas, gustos y aficiones cargadas de perversión para alimentar el morbo de sus más calenturientas ocurrencias y deseos. Es factible, sin tener que recurrir a locales clandestinos ni ilegales, toparnos con tiendas de varios pisos donde estos “pícaros” intentan satisfacer sus más primitivos instintos. Comercios que pueden parecer simples tiendas de DVD’S o de cómics son desvelados como sex shops en las plantas superiores. Toda suerte de revistas contenedoras de fotografías en las que aparecen niñas posando de manera sugerente o vídeos que siguen la misma línea pero con el añadido del movimiento en las imágenes, que siempre consigue mayor atracción, copan los estantes. 

 ¿Desarrollar conductas? ¿Cuántas veces no habrán escuchado ustedes esa expresión? ¿No equivale a conducirse? ¿Cargadas de perversión? ¿Qué aporta cargadas a la frase? ¿Puede una ocurrencia, que es una idea o imagen repentina, ser calenturienta, o sea, excitarse con facilidad, o ser exaltada o desbordante, como la imaginación o las apetencias, que no son repentinas y que, por lo tanto, sí pueden definirse por rasgos temporales prolongados? ¿Cuántas veces han leído ya por ahí el tópico de los más primitivos instintos? ¿Y Seguir la misma línea? ¿Por qué se introduce una pasiva infame como son desvelados, que parece salida del inglés, y que encima es aquí agramatical? ¿Qué pinta el adjetivo factible, que aplicado sobre algo quiere decir que ese algo “puede hacerse”? ¿Por qué copar, si ‘copar’ significa “conseguir en una elección todos los puestos”? Se comprende que una película cope las nominaciones a unos premios; pero, ¿qué elección hay en unos estantes? Y personalmente me hace bastante gracia que el articulista se digne explicarnos que el video se diferencia de la fotografía en que incorpora además movimiento; una maravilla de la tecnología japonesa que aún estoy tratando de comprender.

Esforzándome para ustedes, les parafraseo en una traducción libre al castellano lo que el periodista quería decir:

La represión provoca en los ciudadanos unas comportamientos sexuales atípicos, pervertidos incluso. Por eso mismo proliferan los locales –tolerados por la ley– que ofertan pornografía en sus plantas superiores, aunque muchos de ellos no lo aparenten. Los estantes se abarrotan de revistas y de películas pornográficas o eróticas, preferentemente centradas en muchachas de aspecto colegial.

Les confieso que a veces, para matar el aburrimiento, leo artículos enteros y los sintetizo con un lenguaje más llano. Hoy mismo, en El País, me he encontrado con una frase, entre otras muchas, que decía (negritas mías: fíjense en que hay cuatro locuciones en sólo 24 palabras) “El retraso pone de relieve la falta de atención por parte de nuestro mundo editorial hacia la literatura de los latinos de Estados Unidos”, y que podría haberse escrito así: “El retraso evidencia la desatención de nuestras editoriales hacia la literatura latina estadounidense”. No me digan que no gana en precisión y limpieza.

Sueldo mensual aproximado de un periodista que abusa de las locuciones, si le pagaran los artículos por palabras

Sueldo mensual aproximado de un periodista que abusa de las locuciones, si le pagaran los artículos por palabras

¿Caeremos nosotros de vez en cuando en semejante vicio de la multiplicación de los panes y los peces locutivos? Mucho me temo, ay, que sí; que incluso yo mismo, pese a este tono de sabelotodo que con tanta impunidad empleo, me expreso mal a veces, suelto una frase lamentable, o se me escapan algunos anacolutos. Como bien dijo Jesús, “el que esté libre de pecado, que tire la primera piedra”. Por si acaso, convendría que anduviéramos, al leer, con el oído bien atento a lo que se nos dice.

Y, como ya se nos hace tarde, dejo que el lector rumie ya él por su cuenta sobre lo hoy debatido.

Dentro de quince días, más.

***

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5 Respuestas a “Estiramientos

  1. … “yo incluso diría más”, cómo continuamente repetían los inefables Hernández y Fernández de Tintín, y cambiaría el verbo “ofertar” por el de “ofrecer” -tan bonito él- en la traducción del artículo “japonístico” ;)

  2. Mmmmm, sí, me parece un buen cambio.

    “Ofertar” queda más moderno y distinguido; “ofrecer” es mucho más carpetovetónico. Así que gana por goleada…

  3. Interesante artículo, querido pecador.

    Es interesante, desde luego, que en su primera línea se destaque la exactitud como lo más relevante a la hora de escribir, asegurando después de la introducción que “no importa como nos expresemos” con el ímplicito “siempre que el mensaje sea preciso y claro”, para más tarde girar hacia el análisis y crítica de ciertos modos de expresión. Me quedan dudas sobre si dichos modos de expresión ensucian el mensaje, o simplemente ensucian los ojos y la mente del incauto que los lee, quedando el mensaje intacto. Es decir, ¿qué es lo que influye en nuestra manera de pensar? ¿Las ideas que se quieren transmitir o acaso la forma de expresarlas? Tal vez ambas dos, por lo tanto fallaría la base del artículo: no es la inexactitud el único pecado serio al manejar una lengua, aunque haya muchas mujeres que no tal vez no piensen lo mismo.

    Pregunta: ¿¿se puede rumiar sobre algo??

  4. Más que ensuciar el mensaje, lo vuelven innecesariamente pobre y extenso. Como aquella frase que se le atribuye a Ockham: “No hay que multiplicar los seres sin necesidad”. Yo encuentro más sencillo y sucinto el modo de escribir eludiendo en lo posible las locuciones, que otro texto repleto de ellas. Hay pecados mayores. Cuando hable del lenguaje político puro, o de cómo los economistas disfrazan la carencia de ciencia mediante el uso de términos semi-místicos, o incomprensibles para las gentes del común, o ambiguos, descenderemos a los infiernos del lenguaje. Como digo, las muchas locuciones no constituyen un error en sí.

    La inexactitud sería tal vez el único pecado serio debido a que el lenguaje pobre, aunque no trate de confundir, tiende a ser inexacto, demasiado amplio. Pero hay quien puede deslumbrar con poquísimas palabras. Cabrían aquí un sinfín de matices. Cosa que, por cierto, ya digo en el arriba: “Cierto que a tan amplio precepto bien se le pueden añadir unos tres millones de matices”.

    En cuanto a lo de rumiar sobre algo: es fácil. Si uno coge a una vaca mientras, y la alza en volandas sobre un campo de amapolas, tal vaca estará, sin duda, rumiando sobre amapolas. Parece mentira que tenga uno que explicarlo todo.

    Que con semejante metáfora esté llamando ‘vacas’ a los lectores es algo con lo que disiento totalmente.

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