La prueba

Se baja los pantalones y las bragas y se sienta en la taza del váter. La loza fría le asesta una punzada en la parte trasera de los muslos. Pero ella no la siente. Está abstraída. Con demasiadas cosas entrechocando en la cabeza.

Una de ellas es el recuerdo de aquel sábado de finales de abril. Una noche preñada de estrellas, a la que le revientan por las costuras los aromas y las hormonas de la primavera. Una noche que ha nacido únicamente para que la goce la juventud. Y Javier está allí. Y la mira como nunca. Y ella le quiere como siempre. Si Dios no quisiera que pecase, no existirían noches como la de ese sábado de finales de abril. Si Dios no quiere que peque y permite que existan noches como ésa, es que Dios está jugando sucio. Porque esa noche es una trampa para la carne y para la piel. Y el argumento último que alega el abogado de la defensa es que con subirse al coche después de la fiesta y dar carta blanca a las caricias no está haciendo daño a nadie. Todo el mundo trata alguna vez de sentirse vivo por un rato, porque si no, al final, ¿qué es lo que nos queda?

Pues queda el recuerdo de la voz del padre Anselmo, encaramada a su alzacuellos. La tenía estropajosa. Se la interrumpían con frecuencia unas cuchilladas de tos certera. Siempre decía que la vida estaba por encima de todo. Pero, ¿qué vida? Hay tantas pugnando por el mundo. Y qué dilema nace cuando hay dos bullendo en el mismo cuerpo. Vida batiéndose a muerte por conquistar cada palmo de entraña y de aliento.

“Porque es muy fácil culpar a los demás. Y también cargarlos con fardos que no vas a tener que soportar sobre tus propias espaldas. Y eso le produce una estocada de rabia”

Y también está la voz de sus padres, que le enseñaron muy pronto y muy bien que la responsabilidad de los propios actos era el primero de todos los deberes. Por eso, en el fondo, sabe que no es de recibo escurrir el bulto. Que se sentirá culpable por hacerlo. Pero, a la vez, no puede evitar preguntarse si no se acaba cayendo en la injusticia de culpar al que ha venido a casa sin avisar, en el momento más inoportuno, cuando estabas con el baño empantanado y con las tareas domésticas a medio terminar, por mucho que el visitante intempestivo no merezca tu rencor, por más que le hayas invitado a venir tú.

Porque es muy fácil culpar a los demás. Y también cargarlos con fardos que no vas a tener que soportar sobre tus propias espaldas. Y eso le produce una estocada de rabia. Aún tiene espacio en la atestada cabeza para que se la ronde la imagen de un señor orondo y encorbatado que, en esos momentos, está decidiendo por ella, desde la tribuna empinada de sus leyes, desde la tranquilidad de saber que nunca tendrá que arremangarse las faldas y bajar a bregar con la incertidumbre, con ésa que te muerde en medio del vientre y que se alimenta de tu sangre, hasta crecer y desbordar la torrentera del miedo.

El miedo por el mañana. Por su mañana, que ha salido a balancearse en la cuerda floja, mientras ella lo mira desde abajo, pendiente de cada paso que da en falso, para asustarla, para burlarse de ella. Ella, que lo contempla con el corazón en un puño y con espanto, mientras él le dedica muecas desconcertantes con su boca pintarrajeada de rojo. Su futuro es un funámbulo que pende de un hilo, que hace malabares, con demasiadas pelotas para tan pocas manos. Ha arriesgado tanto que quizás merezca caerse desde las alturas. Bajar a la tierra envuelto en el dolor de un mamporro. Porque ella se lo ha buscado. Pero tal vez el sacrificio sea excesivo.

“Aún tiene espacio en la atestada cabeza para que se la ronde la imagen de un señor orondo y encorbatado que, en esos momentos, está decidiendo por ella, desde la tribuna empinada de sus leyes, desde la tranquilidad de saber que nunca tendrá que arremangarse las faldas y bajar a bregar con la incertidumbre”

¿Una noche de finales de abril puede definir cómo será el resto de tu vida? Está claro que sí. Pero el pragmatismo se le subleva por dentro. Cuando las consecuencias proyectan una sombra tan larga, deberías tener el derecho a decidir, por mucho que refunfuñe el padre Anselmo desde la atalaya del alzacuellos. ¿Dónde está el derecho a rectificar? ¿Y el de la segunda oportunidad? Aunque el que ella tenga dos oportunidades hace que el otro no tenga ninguna. Es egoísta, sí. Pero es que lo que está en juego, convertido en torrecillas de fichas blancas y rojas, es tu propio destino. ¿Quién es el temerario que pone a girar la ruleta a la ligera con una apuesta tan alta sobre el tapete?

Son tantas las cosas que rebotan en su cabeza, como las bolas metálicas de un pinball, que se ha hecho un lío. Está aturdida. Como para que entiendan todo ese barullo los médicos que tendrían que juzgar si puede acogerse a uno de los supuestos que le permitirán abortar en caso de estar…

La caja de cartón está levemente humedecida, por el sudor que impregna sus dedos. La abre. Tiene el pulso un poco trémulo. Saca el predictor. Lo mira con aprensión. Reúne aire. En fin. Lo sitúa entre sus piernas. Comienza a correr la orina y, al mismo tiempo, el corazón se le desboca. En esa meada viene escrito el resto de su vida.

***

Foto de portada: Martillo de juez (Foto: Siglo21)

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